18 nov. 2017

Algunos consejos para aprender griego antiguo


Creo que no existe un perfil único de helenista. Tengo muchos colegas que enseñan griego clásico y a todos nos interesan cosas muy distintas. Está, por ejemplo, el fanático de la historia antigua, el interesado en filosofía, el que sabe latín y el que no. El que viene de estudiar griego moderno y el que quiere centrarse en los textos clásicos únicamente. Todos ellos tienen su propia forma de estudiar y aprender griego antiguo, y seguramente todos nosotros deberíamos encontrar la nuestra. Lo que sigue son, simplemente, algunas orientaciones basadas en mi experiencia personal como estudiante y, a la postre, profesor de griego antiguo.


¿Por dónde empiezo?

Como en cualquier otra empresa de la vida, empieza por no cerrar tu mente. Quizás te interesa leer la Odisea en su lengua original y acabas descubriendo que tu pasión es la comedia antigua. Puede que no tengas ni idea de etimología y te acabe atrapando. Puede que empieces con un manual muy innovador, parecido al de las lenguas vivas, y te acabes pasando a otro más tradicional para entender algún punto confuso. De todos modos, hablaré de los materiales más adelante.

Hay otras cosas que también vale la pena dejar claras desde el inicio. Por ejemplo, que distinguirás siempre un buen helenista de un mal helenista por cómo leen el griego en voz alta. El alfabeto, aunque asuste al principio, será el menor de tus problemas, pero procura practicarlo mucho junto con los diftongos y los espíritus ásperos. Lee el griego en voz alta siempre que puedas.

Piensa que cuánto más griego sepas, mejor lo leerás. En cuanto te familiarices con las desinencias y afijos verbales los leerás de corrido porque los vas a reconocer de inmediato. Y esto me lleva a otro consejo: aprende siempre un poco de morfología, un poco de sintaxis y un poco de vocabulario juntos. No dejes ninguno de estos aspectos de lado. No pospongas aprender vocabulario, ni practicar con las declinaciones. Si no entiendes una construcción sintáctica, no pases la página. Planificar bien tu estudio te puede ahorrar meses de darte contra la pared sin avanzar.

El griego te enseñará a ser paciente

Estudiar griego cambiará tu percepción temporal. No es broma. Puedes llegar a dominar el latín en dos o tres años, pero esto será más complicado con el griego. Cuando leas a Platón con (cierta) soltura, te darás cuenta de que ese griego no te sirve con Homero. Si estudias el Nuevo Testamento, Sófocles te parecerá una lengua distinta. Aprender griego antiguo en tres años, sin saber latín ni griego moderno, es un objetivo demasiado ambicioso. En vez de esto, plantéalo como un camino de recorrido indefinido y, ante todo, disfruta del proceso.

Recuerda: el griego se digiere

Exactamente igual que las comidas navideñas. Los participios te costarán tiempo de memorizar y entender, pero cuando los recuperes un año después de haberlos hecho te parecerán lo más natural del mundo – puede, incluso, que los eches de menos en tu lengua materna-. Pasa lo mismo con el vocabulario, las preposiciones o la métrica. Muchos estudiantes de griego funcionan como los buenos cocidos: si los dejas reposar un tiempo son todavía más buenos.

El famoso ‘click’: ¡ya sé griego!

A mí nunca me pasó, pero lo he oído en repetidas ocasiones. Compañeros míos que hacían griego como quien descifra un jeroglífico, hasta que un buen día se levantaron por la mañana y entendían a la primera todas aquellas frases que antes parecían cifradas por el mismísimo Satanás. En el fondo, esto va relacionado con la ‘digestión’ de la que acabo de hablar.

¿Qué debo saber antes?

Saber latín o griego moderno es siempre un buen background, pero tampoco desesperes si no es tu caso. Lo que debes saber antes es que el griego es enormente divertido y que causa verdadera (y sana) adicción. Su curva de dificultad puede parecer enorme al principio, pero se estabiliza a lo largo y acaba bajando –a diferencia de lo que ocurre con otras lenguas-. También debes saber que el diccionario es una arma de doble filo. Te sacará de apuros pero puedes acabar muy intoxicado, a diferencia de lo que pasa con el latín. Lo mejor es que te vayas haciendo tu propio diccionario, escrito, mental o grabado en mp3.

Materiales

A mí me fue muy bien con el Athénaze de Vivarium Novum (no confundir con el de Oxford) y la Gramática de Berenguer Amenós para consultas puntuales. Reading Greek o Assimil también son buenas opciones. Si quieres algo más tradicional desde el inicio, Introduction to Attic Greek de Mastronarde puede ser tu libro. Eso sí: recomiendo vivamente buscar algún profesor particular, como mínimo los primeros meses, para coger carrerilla. 

11 nov. 2017

Diarrea, diagnóstico

Día de los muertos, Méjico
Todas las lenguas del mundo tienen algo parecido a las preposiciones. Pero en algunas lenguas estos elementos son más productivos que en otras. Por ejemplo, en inglés podemos sumarlas a un verbo para modificar su significado. El significado resultante del phrasal verb no siempre es deducible a partir de la preposición, como en 1-2:
1) John ate up the potatoes 
2) Laura grew up in Mexico
Up indica ‘hacia arriba’, en inglés, pero en 1-2 indica la compleción de la acción verbal. John se come las patatas del todo, hasta acabárselas; Laura creció del todo en Méjico. Si eat y grow son predicados “continuos” o “sin fin”, al sumarle la preposición up pasan a ser predicados acabados o finales. En lingüística, eat up y grow up reciben el nombre de predicados télicos (del griego télos, “fin”).

Entre otras, la función de los preverbios –preposiciones sumadas a un verbo- es telicizar los predicados. En latín, los verbos facio (“hacer”) y scribo (“escribir”) carecen de punto final en el tiempo, pero sumados a la preposición per (“a través de”) pasan a ser télicos. Así, perficio y perscribo pasan a significar, respectivamente, “completar una acción” y “escribir hasta el final”.

En griego clásico todo esto es mucho más interesante. Para empezar, en griego antiguo un solo verbo puede admitir tres o incluso cuatro preverbios. Naturalmente, y en estos casos, la preverbación acaba resultando en un mecanismo más de una lengua para crear nuevas palabras.

Sin embargo, en griego antiguo el preverbio diá- ("a través de") también suele telicizar predicados simples. Así, si féugo (φέυγω) significa “huir”, diaféugo (διαφέυγω) suele traducirse por “escapar”, es decir, “huir del todo”. También en diagignósko (διαγιγνώσκω), con el sentido de “conocer completamente, del todo”. La palabra diagnóstico viene de aquí y significa, en origen, “conocimiento completo, acabado”. En este sentido se opone a otros términos médicos formados con el preverbio diá­- en los que éste conserva su sentido espacial, como diarrea (“flujo que atraviesa”).

9 nov. 2017

Predicados rotos

Indios mohawk
Una de las formas más productivas que tienen las lenguas para hacer visible su información fonológica es el mecanismo de la afijación. Es decir, añadir prefijos o sufijos a una raíz, como en la frase castellana de 1:
1) Ellos canta-ba-n.
Donde canta- es la raíz verbal o tema, -ba- es una marca de pasado imperfecto y –n es una marca de tercera persona del plural. En griego clásico, algunas marcas de pasado imperfecto tenían la forma de un prefijo. Es decir, el verbo incorporaba una épsilon inicial para distinguirse del presente –lo que los helenistas conocemos con el tecnicismo de aumento (verbal).

Actualmente consideramos que todos los afijos o ‘marcas’ en los verbos son prefijos o sufijos. Digamos que aunque la sílaba –ba- en cantaban pueda parecer un infijo, el hecho de que no se añada en medio de la raíz verbal (canta-) ha cambiado la terminología de los lingüistas.

Que yo sepa, hay poquísimas lenguas que admitan infijos verbales. Un infijo rompe la raíz del verbo. Tengo entendido que esto es posible, por ejemplo, en árabe y hebreo... pero también en inglés, aunque no en los verbos. Por ejemplo:
2) This week we will go to Massa-bloody-chussets.
Naturalmente, hay reglas para esto. El nombre infijado o ‘roto’ debe tener cuatro sílabas por lo menos –algo, por cierto, no muy usual en inglés. Y el infijo que rompe el sustantivo debe adjetivarlo. Estos adjetivos, todo sea dicho, suelen pertenecer a un registro vulgar: bloody, fucking...

Finalmente tenemos el mohawk, una lengua iroquesa hablada en la frontera canadiense de Estados Unidos. El mohawk usa el mecanismo de la afijación para incorporar los objetos directos al verbo. Las siguientes frases están sacadas de M. Baker (2001), The Atoms of Language, Basic Books, Nueva York:
3) Owira’a        wahrake’    ne   o’wahru. 
    Bebé             comió        la     carne. 
 4) Owira’a    waha’wahrake’.     
     Bebé         carnecomió  
La traducción de ambas frases es idéntica: "El bebé comió la carne". Este fenómeno está regulado tanto a un nivel morfológico como sintáctico. De hecho, sólo los verbos transitivos y un grupo cerrado de intransitivos permiten hacerlo. ¿Cuáles? En la entrada Lenguas y estados mentales lo explico con más detalle.

8 nov. 2017

Pasar el tiempo en latín y en inglés

Hoy quisiera llamar la atención sobre los siguientes verbos castellanos:
absolver, abdicar, absorber. 
Los tres vienen del latín y son verbos ‘compuestos’. Compuestos por un verbo simple y la preposición ‘ab’. En latín, ab indica desde. Es decir, indica procedencia o punto de partida. Pero cuando lo sumamos a un predicado, esta preposición pasa a indicar otra cosa. Esencialmente, indica la extracción o expulsión del complemento verbal. Por ejemplo:
1) El juez absolvió al acusado de sus cargos 
2) El rey abdicó de sus funciones 
3) La esponja absorbe el agua del suelo
Los cargos son ‘extraídos’ del acusado; el rey ‘extrae’ sus funciones de si mismo; y la esponja ‘extrae’ el agua del suelo.

Podemos representar nocionalmente el valor de ab de la siguiente forma:


La flecha discontinua indica un proceso; los puntos negros, el objeto directo; y el marco, el punto de partida o el estado anterior de cosas.

Ahora consideremos esta construcción inglesa:
4) She danced the whole night away
La escena ‘conceptual’ de esta frase es la siguiente: una chica que invierte todo el tiempo de la noche en bailar. Un apunte: la idea tras 4) no es, en absoluto, que ‘la chica se pasó toda la noche fuera de casa bailando’. Insisto: la chica gasta toda la noche en bailar. El verbo dance away tiene a the whole night como su complemento directo.

Y, casualidades de la vida, la escena conceptual tras construcciones inglesas como 4) es la misma que hay en las construcciones castellanas de 1-3. La chica extrae todo el tiempo de la noche, y lo hace bailando; la esponja extrae el agua del suelo, y lo hace sorbiendo; el rey se extrae de sus funciones, y lo hace hablando; el juez extrae los cargos del acusado, y lo hace liberándolo. Y es que, en efecto, si le quitamos la preposición ab, los correspondientes verbos simples en latín de absorber, abdicar y absolver son sorbere (“sorber”), dicere (“hablar”) y solvere (“liberar”).

7 nov. 2017

El número cognitivo

American Beauty (1999)

El número lingüístico –singular o plural- es una característica tan esencial de los sustantivos, adjetivos o de los pronombres que tiene, para ella sola, una marca morfológica. En castellano, como en otras lenguas románicas, esta marca es una –s final. En teoría, si el singular indica uno y sólo uno, el plural indica un número igual o superior a dos. Este número nos es desconocido si no se nos especifica, como en 1-3:

1) Las chicas bailaron muy bien anoche.
2) Mis amigos odian la tele.
3) Los bárbaros saquearon Roma.

Sin embargo, esta teoría tiene algunos fallos. Muchas veces el plural no indica un número igual o superior a dos. Indica una pura relación entre conjuntos, como en 4-6:

4) Los trabajadores de la empresa irán a la huelga.
5) Los suspendidos tendrán que examinarse en setiembre.
6) Los franceses odian Italia.

En 4), sobreentendemos que todos los trabajadores de la empresa, cualquiera que sea su número, irán a la huelga. En 5), entendemos que cualquier persona que suspenda irá a setiembre, y que ese número puede ser cero. En 6), entendemos normalmente que muchos franceses odian Italia.

Si pasamos las frases de 4-6  al singular, el sentido cambia por completo. Un solo trabajador irá a la huelga, y un solo suspendido irá a setiembre. Con 6) podríamos discutir si “el francés” se refiere a una abstracción de los franceses, o a un francés en concreto.

Otras veces sobreentendemos un número concreto, aunque la marca de plural no nos dé tanta información. Véase 7-9:

7) Los vecinos se han pasado la noche gimiendo en la cama.
8) Me pican los ojos.
9) ¿Por qué discutís?

Aquí, sobreentendemos sistemáticamente el número dos. La frase de 7) podría referirse, en teoría, a todos los vecinos del bloque, pero entendemos que son sólo una pareja en concreto. En 8), entendemos dos ojos por una cuestión semántica elemental. Y en 9), asociamos el predicado discutir como una acción realizada normalmente entre dos –similar al verbo implícito de 7), acostarse con alguien.

Lenguas como el antiguo indio o el griego clásico tenían una marca específica para el número dos. Si el singular es uno y el plural es tres o más, en griego y en sánscrito, el número dos exacto tenía una marca de dual. En griego era una –o final en la flexión nominal, y otra marca específica en los verbos.

El latín tenía dual tan sólo de forma residual. Hoy en día poquísimas lenguas lo tienen. Pero no deja de ser interesante la peculiaridad que asignábamos cognitivamente al número 2, dándole una desinencia propia que los demás números nunca tuvieron (¡y hay infinitos competidores!).

5 nov. 2017

Impresiones sobre una 'gramática patológica'

El concepto chomskiano de 'gramaticalidad' fue revelador hace ya sesenta años. Antes de él, los lingüistas clasificaban las anormalidades lingüísticas como 'incorrecciones'. La frase "ayer hemos ido al cine" o la palabra "cactusal" son incorrectas en castellano. Y como éstas, muchas otras palabras o frases que, sin embargo, sí que son gramaticales en su mayoría.

Vayamos por partes. Chomsky empezó apuntando un "problema" al que nadie había prestado atención antes en lingüística: el hecho de que unos medios lingüísticos finitos dieran lugar a un número potencialmente infinito de producciones lingüísticas. Lo llamó el "problema de Humboldt" y lo relacionó con el innatismo: un niño escucha muy pocas frases en su infancia en comparación con las que será capaz de producir en su adultez. La lengua tiene unas reglas, y los niños las deducen con una facilidad asombrosa para aplicarlas años después sin ninguna dificultad. Estas reglas finitas son la gramática de una lengua.

Las palabras o frases son interpretables dentro de su gramática o no. 'Cactusal' no aparece en ningún diccionario del español, pero es una palabra gramatical porque la hemos formado siguiendo las reglas fonológicas de nuestra gramática: cactus-al, 'sitio poblado de cáctuses'. Chomsky añadió que todas las producciones o frases potencialmente infinitas de una lengua son predecibles dada su gramática. Su teoría, el generativismo, tomó su nombre de este último punto: todas las frases posibles de una lengua son generadas o generables a partir de la gramática, si le añadimos algunas reglas combinatorias o 'transformacionales'.

La gramaticalidad opera a varios niveles. Por ejemplo, el fonético: cuando oímos un trueno en medio de una tormenta no lo tomamos como un sonido interpretable dentro de nuestra gramática. También en el fonológico: cuando oímos la palabra inempleable por primera vez, la entendemos porque sigue las reglas fonológicas de nuestra gramática (in-emple-able), pero eso no pasaría con la palabra (inventada) racagumba. Y, evidentemente, también en el sintáctico: "las niñas dormimos televisión" es totalmente agramatical por motivos sintácticos.

El léxico mental proporciona elementos (palabras) a la sintaxis mental, opinan los generativistas. Pero no sólo eso: también le proporciona información sintáctica sobre esa palabra. Con qué se puede combinar, en qué orden de la frase suele ir, si admite marcas morfológicas (de plural, de femenino, de tercera persona del singular, etcétera).

Muy recientemente, algunos biolingüistas han apuntado que la sintaxis 'congela' el léxico. Por poner un ejemplo muy llano, cuando nos despedimos y decimos adiós no procesamos gramaticalmente esta palabra (en el sentido en que no entendemos 'vete con Dios'). En mi lengua materna, el catalán, este hecho es clarísimo en palabras como siusplau ("si os place") o expresiones como Déu n'hi do ("Dios puso de su parte en esto").

Hoy he estado mirando la entrada de 'afasia' en un reconocido diccionario enciclopédico de medicina. Se describen sus síntomas a un nivel lingüístico con más o menos precisión: a veces se habla de "letras" para decir "fonemas", y otras veces se habla de la "incapacidad de producir partículas y morfemas", aunque ninguna lengua románica tiene partículas hoy en día, por lo menos no en el sentido en que son denominadas en lingüística. Pero más allá de esto, en la mayoría de afasias descritas hay una suposición implícita: que estas producciones son gramaticales. Es decir, que son (más o menos) interpretables.

Y, evidentemente, mi aportación acaba aquí. Mi total desconocimiento sobre neurología no me permite ir más allá. Hay una idea, sin embargo, que no me quito de la cabeza: que algunas de estas producciones estén formadas por elementos 'congelados', es decir, privados de su información sintáctica inherente. 

3 nov. 2017

El cognitivismo



Adele Goldberg es una gran lingüista. Es, además, una de las pocas mujeres destacadas en un ámbito marcadamente masculino. Hace años consulté su A construction grammar approach to argument structure (1995) y lo encontré excelente.

Goldberg es cognitivista: su teoría conecta el lenguaje con otras facultades cognitivas generales. Se opone a los generativistas, a quienes critica en el inicio de este vídeo por su aproximación innatista. En dos minutos hace un repaso muy sucinto de las dos grandes teorías lingüísticas de los últimos cincuenta años.

El final del vídeo, no obstante, es más interesante si cabe. Cuando le preguntan qué es la gramática, Goldberg se hace un lío. Empieza separando los aspectos formales de una lengua de los aspectos semánticos, para después decir que están unidos.

A mi entender, éste es el gran problema de los cognitivistas. Son difíciles de criticar porque son poco específicos. Entienden la sintaxis y la semántica como un continuum. En generativismo, una gramática es una teoría de una lengua. Las gramáticas generativistas son ordenadas, claras, detallistas, aportan contraejemplos y los solucionan delante del lector. Los cognitivistas, en cambio, son etéreos y vaporosos. Nunca sabes por dónde van a salir...

Sintaxis de colores

Supongamos que yo os doy un juego de mesa. En este juego hay un tablero y unas tarjetas. El tablero está dividido en tres casillas: entidades, relaciones y procesos. La casilla de las entidades es de color rojo, la de las relaciones es azul y la de los procesos es verde. Una entidad es arrelacional y autónoma. Para relacionar dos entidades necesitas un proceso. Una relación es algo complementario que se junta con una entidad o con un proceso.

Las tarjetas de nuestro juego contienen frases en castellano, y nosotros hemos decidido pasar la tarde clasificando, por sentido, cada uno de los elementos de las tarjetas en una casilla del tablero. Sacamos una tarjeta y leemos esto:

El amante de los animales negó enérgicamente haber ido a la manifestación taurina.
Reconocemos dos entidades autónomas: el amante y haber ido, unidas por el proceso negó. La primera entidad se junta con la relación de los animales; el proceso negó se junta con la relación enérgicamente, y la entidad haber ido se junta con la relación a la manifestación taurina. Nos queda algo así:

 El amante de los animales negó enérgicamente haber ido a la manifestación taurina.
Ésta es, muy grosso modo, una forma de analizar frases propia de algunas teorías cognitivistas e inspirada en la psicología de la Gestalt. La explicación sintáctica de esta frase en gramática tradicional, por el contrario, es complicadísima: el sujeto deriva de un verbo (amar) y tiene un argumento reminiscente de su antiguo estatus verbal (de los animales); el verbo es transitivo y su objeto directo es una subordinada de infinitivo concertada en la que el sujeto se elide por coincidir con el de la oración principal (el amante); de los animales es complemento del nombre, enérgicamente es complemento circunstancial de manera, y a la manifestación taurina, complemento de régimen verbal.

Realmente, con este segundo análisis mucho más técnico obviamos algunos hechos clave: por ejemplo, que las categorías léxicas (nombre, adverbio, adjetivo...) tienen fronteras difusas (Haber ido es un verbo, pero al estar en infinitivo actúa a modo de nombre). Más aún: obviamos que las funciones sintácticas pueden proyectarse de formas muy distintas; en efecto, en nuestro juego de mesa hemos dado la misma categoría de ‘relacional’ a un sintagma nominal que a un adverbio.

Curiosamente, los defensores de la ‘economía de medios’ en las teorías lingüísticas suelen ser más partidarios del análisis tradicional. El problema con ello es que hemos repetido tantas veces palabras como ‘Complemento directo’ o ‘Oración subordinada’ que ya no percibimos por qué los gramáticos alejandrinos, romanos y medievales los llamaban así. Son puras categorías que atribuimos a la sintaxis sin entender qué significan. Espero que mi súper juego de mesa os haya ayudado a ‘rellenarla’ de sentido.

2 nov. 2017

¿Qué es el amor? (lingüísticamente)

West Side Story (1961)

Juan y Luisa llevan cuatro años juntos. En los últimos meses algo ha empezado a ir mal, hasta tal punto que Luisa quiere cortar con él. Supongamos que tienen la siguiente conversación:
-  Juan, nuestra relación no va a ninguna parte. Tenemos que separarnos. 
-  Pero, Luisa, ¡mira qué lejos que hemos llegado!
En las frases pronunciadas por Luisa encontramos dos veces un mecanismo que será empleado después por Juan. Me refiero a la metáfora, en un sentido cognitivo. El mecanismo de la metáfora es universal: consiste en atribuir cualidades del campo A al campo B. El campo A suele ser algo más tangible, físico y concreto que el campo B, por lo general más abstracto. Aquí, el campo A es un viaje y el campo B es el amor. Al concebir el amor como un viaje -o un trayecto que se recorre entre dos personas-, su expresión lingüística da lugar a estas frases: una relación que “no va a ninguna parte”; dos personas que “tienen que separarse”; Juan y Luisa, que “han llegado muy lejos”.

En Metaphors we live by (1980), el lingüista George Lakoff desarrolla la teoría de la metáfora cognitiva y de su reflejo lingüístico. Naturalmente, no hay metáforas cien por cien universales, pero lo que sí que es universal es el mecanismo en si mismo. El libro en cuestión es altamente recomendable, y además es enormemente sugerente por reintroducir en lingüística la vieja ‘hipótesis Whorfiana’.

Whorf era un estructuralista americano quien propuso, en los años 30 del siglo pasado, que ‘cada lengua humana comporta una forma propia de ver el mundo’. Pocos años después de esto, alrededor de 1950, la llegada de Noam Chomsky y el generativismo barrerían esta sugerente idea. Chomsky insistió tanto en las similitudes (sintácticas) entre las lenguas humanas que las diferencias entre ellas pasaron a un segundo plano.

A partir de los años 90 del siglo pasado, la lingüística sufrió un nuevo giro con los partidarios y fundadores del cognitivismo, que en su mayoría eran antiguos generativistas ‘escindidos’ de su primer enfoque. Y la hipótesis de Whorf volvió a estar sobre la mesa, pero, añadiría yo, de una forma invertida: primero pensamos, y luego hablamos. Es decir, puesto que concebimos el amor como un viaje, esto da lugar a una serie de asociaciones lingüísticas inconscientes, y no al revés.

1 nov. 2017

Mujeres, hombres y sintaxis

Death Proof (2007)

Una de las críticas más frecuentes que recibe el generativismo como teoría lingüística es que es ‘sintáctico-céntrico’. Distingue muy claramente los distintos niveles de análisis lingüístico –fonología, léxico y sintaxis- heredados de la gramática tradicional y los eleva a la categoría de ‘reales’. Es decir, la sintaxis ya no es sólo un nivel en el análisis de una lengua, sino un auténtico proceso “mental” separado de los demás.

Separado de otros procesos mentales y separado de otros procesos lingüísticos. Para explicar la relación entre el léxico y la sintaxis, el generativismo habla de ‘interfaces’. Imaginemos que nuestra facultad para hablar está compuesta por dos elementos: una especie de diccionario y una especie de calculadora. La calculadora toma elementos del diccionario y los combina para crear frases siguiendo una serie de principios y reglas. En nuestra comparación, el diccionario es el léxico (mental) y la calculadora, la sintaxis (mental).

La relación entre ambos se explica a modo de interfaz. Más aún: como el sistema combinatorio consta únicamente de la sintaxis, se desatiende el léxico y se lo trata como a una especie de pozo lleno de recursos.

Cuando yo investigaba en lingüística había una hipótesis sobre la mesa. Era la idea de que la adquisición del léxico en niños difiere según su sexo. En esencia, se propuso que los niños aprenden las palabras una por una, y que las niñas las aprenden haciendo ‘campos semánticos’. Por ejemplo, un niño aprende helicóptero, mesa y primo por separado, pero una niña aprende primo, abuelo y tía juntos, estructurando las relaciones entre esos términos.

Si el niño se ‘concentra’ en una palabra, la niña se ‘concentra’ en las relaciones de esa palabra con las demás. De este modo, el léxico (mental) ya no es un pozo o un diccionario que proporciona elementos a la sintaxis. Es algo con vida y operaciones propias.

Un último apunte: esta (hipotética) diferencia entre sexos en la adquisición del léxico encaja con otros datos y diferencias entre sexos en cognición visual. Los varones nos hemos especializado, visualmente, en fijar la atención en un solo punto, y las mujeres en fijar la atención en más de uno. Para entendernos, si los hombres somos muy buenos haciendo un zoom in, las mujeres son muy buenas haciendo un zoom out. ¿También cuando aprendemos a hablar? Chi lo sa...

30 oct. 2017

Lenguas y estados mentales

Morning Sun, Edward Hopper
El reflejo lingüístico de los estados psicológicos (triste, enamorado, contento...) presenta un grado de unanimidad considerable en todas las lenguas del mundo. Veamos algunos ejemplos ingleses:

1 - He went mad
2 - Laura fell in love with John
3 - I fell into depression

En estos tres casos, el estado psicológico va acompañado de un verbo de movimiento, metafórico o real. El estado (loco, enamorado, deprimido) nos lo indica un nombre o un adjetivo, y la relación entre ese estado y el sujeto, un verbo intransitivo (go, fall).

Precisamente, uno de los descubrimientos más fructíferos de la lingüística moderna es el de la distinción entre verbos intransitivos. Un verbo transitivo requiere un complemento directo (yo como manzanas), y un verbo intransitivo no lo requiere (yo sonrío). Pero este segundo grupo presenta algunas diferencias sutiles entre sus integrantes.

Verbos intransitivos como nacer, morir, sonreír o florecer se comportan de forma distinta a otros como bailar, llorar, gritar o caminar. El segundo grupo admite objeto directo interno o ‘repetido’ (bailar un buen baile, caminar un largo camino); el primero no. El primer grupo admite construcciones absolutas (muerto el perro, se acabó la rabia); el segundo no (*bailados los jóvenes, se fueron a casa). En lenguas como el francés o el italiano, el primer grupo requiere el auxiliar être/essere en el tiempo pasado; el segundo requiere el auxiliar avoir/avere. En las lenguas amerindias que permiten incorporar morfológicamente los complementos al verbo (yo ‘escalerascamino’), esto sólo es posible con el segundo grupo.

Los integrantes del primer grupo reciben el nombre de ‘inacusativos’, y los del segundo el de ‘inergativos’. Las diferencias sintácticas y semánticas entre ellos son casi universales.

Y, de hecho, la principal diferencia entre ambos es que en el primer grupo el sujeto es el afectado por la acción del verbo, y en el segundo no. En lingüística, decimos que los primeros son verbos no-agentivos. Los estados psicológicos se reflejan, lingüísticamente, con los verbos inacusativos del primer grupo, es decir, que no son nunca agentivos. La acción del verbo recae sobre el sujeto; el agente o ‘sujeto nocional’ suele ser desconocido. De alguna forma, es como si tuviéramos la noción “innata” de que los estados psicológicos no los producimos nosotros de forma voluntaria. Por lo menos, las lenguas humanas así lo reflejan. 

29 oct. 2017

Conversar con un pulpo

Bob Esponja
Wittgenstein afirmaba en sus Investigaciones filosóficas (1953) que “si un león pudiera hablar no lo entenderíamos”. La idea tras esta enigmática afirmación era poner de manifiesto hasta qué punto un león percibe el mundo de una forma distinta a la nuestra. Si nuestra habla viene condicionada por nuestra forma de ver el mundo, la comunicación entre dos seres con visiones muy distintas del mundo es imposible.

Realmente, un león es un muy mal ejemplo. Wittgenstein no era ni biólogo ni lingüista, así que no podía saber que la forma de percibir la realidad de un león no es tan distinta a la de un ser humano. Entre otras cosas, porque un león también es un ser vertebrado y mamífero.

Supongamos que quien hablara fuese un pulpo. Un pulpo es un ser invertebrado y cefalópodo. Esto marca una diferencia notable a nivel cognitivo. Nosotros, seres vertebrados y mamíferos, nos hemos perdido conduciendo por la autopista marítima, y un amable pulpo se dispone a darnos indicaciones para llegar a nuestro destino.

El lingüista Leonard Talmy ha argumentado que la forma de expresar el espacio lingüísticamente viene condicionada por nuestra cognición visual vertebrada. Cuando miramos –cuando fijamos la atención visual en un solo punto- atribuimos diversas categorías al espacio: distinguimos un Fondo estático, y una Figura dinámica o estática sobre la que fijamos la atención. Las relaciones entre el Fondo y la Figura son, entre otras, el Movimiento simple (moverse o quedarse quieto), el Trayecto (la forma de ese movimiento: subir, bajar, salir, entrar, atravesar, rodear...) o el Evento de soporte (la manera de ese movimiento: corriendo, saltando, bailando...).

Las lenguas humanas codifican lingüísticamente estos elementos en diferentes categorías léxicas (verbos, nombres, participios...). De hecho, hay dos ‘tendencias’ al respecto: codificar el Trayecto en el verbo (e.g., El chico salió del supermercado) o codificarlo en un satélite (e.g., The boy went out from the supermarket). El chico y el supermercado serían, respectivamente, Figura y Fondo.

Desconozco cómo mira un pulpo. Pero si hablara, su codificación lingüística del espacio como invertebrado sería muy distinta a la nuestra. Creo, para nuestra desgracia, que no conseguiríamos salir de la autopista marítima con éxito.

28 oct. 2017

Lenguas perfectas, lenguas imperfectas

Ramón Berenguer IV
¿Hay lenguas más difíciles que otras? No para un niño que está aprendiendo a hablar, desde luego. Pero un adulto que quiera aprender una lengua ‘exótica’ puede encontrar más dificultades en algunas lenguas, y menos en otras.

La explicación más tradicional es que todo depende del punto de partida. Un castellanohablante encontrará fácil de aprender el italiano, y mucho más difícil el ruso. Un holandés aprenderá más rápido el inglés que un francés, probablemente.

La verdad es que esto es así sólo en algunos puntos: el aprendizaje del léxico, por ejemplo. La morfosintaxis cambia muchísimo de una lengua a otra, incluso siendo de la misma familia. El francés tiene pronombres expletivos (Il y a); el castellano no. El italiano hace distinciones aspectuales entre verbos auxiliares (essere o avere); el portugués no. El francés pone siempre el sujeto en sus oraciones; el italiano no. El catalán puede hacer concordar en género y número un participio con su pronombre; el castellano no (Les he vistes vs. Las he visto). Etcétera.

La pregunta es obligada: ¿hay lenguas morfosintácticamente más sencillas que otras? Y la respuesta es diacrónica: sí. De hecho, es un hecho empírico que las lenguas simplifican su morfosintaxis con los años.

El griego moderno ha simplificado la declinación del griego antiguo. El latín tenía declinaciones, y el castellano no. El catalán medieval hacía distinciones entre auxiliares (ésser o haver) y el catalán actual no.

Naturalmente, tanto antes como ahora la comunicación entre hablantes es satisfactoria. En última instancia, eso significa que simplificar la morfología no simplifica la sintaxis. La sintaxis –entendida como proceso cognitivo o mental- sigue operando igual con una morfología rica (declinaciones) que con una morfología pobre (sin declinaciones). De otro modo, os aseguro que simplificar la morfología de una lengua no nos permitiría comunicarnos.

Los filólogos del siglo XIX se apasionaron por el sánscrito, la lengua de la antigua India. La describieron como una lengua ‘más perfecta que el latín y el griego clásico’. Con ello se refererían a que su morfología era más rica (el antiguo indio tenía más declinaciones, más raíces por verbo, etcétera, que el latín y el griego). Con la declinación india podías expresar cosas inexpresables (sólo) con la declinación griega, se argumentó.

Todas las lenguas son perfectas desde el momento en que la comunicación con ellas es satisfactoria. Insisto: no hay lenguas más perfectas que otras. La única diferencia es que hay lenguas que ‘proyectan’ morfológicamente información que en otras lenguas se da por sobreentendida. Es posible –pero sólo posible- que las lenguas tiendan a eso con el paso del tiempo. A dejar sobreentender más, y cada vez más. El tiempo nos lo dirá.

27 oct. 2017

Christopher (continuación)


Herramientas de la Edad de Bronce

Mi entrada El autismo y las lenguas cíclope ya acumula más de 300 visitas. Al final del escrito había prometido dar mi opinión sobre el experimento en cuestión. Intentaré formularla y justificarla en las líneas que siguen. Recomiendo, antes que nada, leer la primera entrada antes de ésta para saber de qué va el tema.

En esencia, mis objeciones como lingüista “retirado” al experimento de Christopher son personales y subjetivas. Quiero dejar claro que esto no es un artículo académico ni científico. Es solamente mi opinión.

Esta opinión mía puede resumirse en una frase: dicho experimento da un salto ilícito. Veamos.

La idea de la “gramática universal” fue muy revolucionaria hace décadas. En Aspects of the Theory of Syntax (1965), Chomsky formuló que caracterizarla mediante el estudio de las lenguas humanas era la tarea primordial de la lingüística. Los lingüistas lo hicieron, desde los años sesenta hasta finales de los años noventa del siglo pasado, con gran éxito. Documentaron casi todas las lenguas del mundo y ajustaron su funcionamiento (sintáctico) a los paradigmas teóricos del generativismo. Sin embargo, es remarcable observar cómo los generativistas han “adelgazado” muchísimo su gramática universal en menos de treinta años.

No es fácil encontrar principios generales para todas las lenguas del mundo. Más aún: no es fácil hacerlo partiendo de las lenguas. Hoy en día, la idea que había tras la gramática universal ya no es revolucionaria. La mayoría de lingüistas están de acuerdo hoy en que las lenguas humanas tienen puntos en común. En lo que muchos ya no están tan de acuerdo es en cómo se deben estudiar y analizar esos puntos en común, y de dónde se debe partir para encontrarlos.

Si la gramática universal es un hecho biológico, su caracterización y explicación no pueden ser lingüísticas. Hay una diferencia entre estudiar algo de manera formal y que ese ‘algo’ sea formal. En mi incendiaria opinión, la lingüística como disciplina autónoma e independiente o se replantea y ‘acota’ o acabará en el cajón de la etología, de la frenología y de la alquimia.

Supongamos que el lenguaje es biológico. Supongamos que las lenguas son culturales. Supongamos que hay una conexión entre la biología y la cultura. Supongamos que la gramática universal es esa conexión. Esos ‘principios y parámetros’ universales con existencia biológica... ¿se explican partiendo de la biología?

No. Se explican partiendo del análisis sintáctico de todas las lenguas del mundo. De esta manera, estas propiedades no tienen entidad biológica. Tienen entidad ‘cultural’ o ‘lingüística’. Como mucho, son un reflejo cultural de algo biológico. Algo biológico que los lingüistas no se molestan en investigar.

Supongamos que los dedos son biológicos. Supongamos que las herramientas son culturales. Supongamos que hay una conexión entre la biología y la cultura. Supongamos que las propiedades de un arco, un bastón o una taza (la ‘herramienta universal’) es esa conexión. Esos ‘principios y parámetros’ que siguen todas las herramientas documentadas... ¿tienen entidad biológica?

A mí me parece evidente que no. Como mucho, podemos decir que esas propiedades se adaptan a nuestro pulgar, al tamaño de nuestra mano, etcétera. No que son reales.

Más adelante, si el trabajo me lo permite, explicaré algún otro experimento o teoría lingüística que sí que merece mi total aprobación. Estén atentos a sus pantallas.

25 oct. 2017

Tiempo verbal y tiempo real

El mítico libro de Xuriguera
En sexto de primaria mi promoción y yo tuvimos que aprendernos los tiempos verbales castellanos y catalanes. Es decir, saber qué era exactamente el imperfecto de subjuntivo activo (amase o amara, amases o amaras...) o el futuro perfecto de indicativo pasivo (habré sido amado, habrás sido amado...). Una auténtica tortura que, sin embargo, agradecí enormemente cuando me tocó estudiar latín en bachillerato.

Precisamente, hace poco charlaba de esto con mis alumnos. Les dije lo afortunados que eran de estudiar latín, y no griego, para la selectividad. Y se lo dije con los tiempos verbales en mente: el pluscuamperfecto de indicativo activo latino se traduce por el pluscuamperfecto de indicativo activo castellano o catalán; el pretérito perfecto de subjuntivo activo latino se traduce por el pretérito perfecto de subjuntivo activo castellano o catalán. Y así con todos.

Aunque la morfología de los tiempos haya cambiado, nuestros tiempos verbales son los del latín, ni más ni menos. Pero, ¡ah, el griego clásico!

El presente griego denota un hecho o una acción repetida en el tiempo –similar al present continuous inglés-; el perfecto griego denota una acción resultativa, es decir, que ha ocurrido en el pasado pero que tiene consecuencias en el presente; el aoristo griego, una acción puntual en el tiempo o una acción pasada. Por eso el pluscuamperfecto griego a penas era utilizado: su función (indicar el plus-quam-perfecto, es decir, el pasado del pasado) la absorbió el aoristo.

Consideremos las siguientes frases:
1) Prometeo muere.
2) Sócrates murió.
3) Péricles ha muerto.
En griego clásico, el verbo de la frase 1) estaría en presente –el mito de Prometeo nos cuenta que fue castigado a morir eternamente por una águila que le devoraba su hígado regenerador-; el verbo de la frase 2) estaría en aoristo –Sócrates murió una sola vez hace 2.500 años-; el verbo de la frase 3), dentro de un discurso fúnebre donde un orador lamentase la derrota de los atenienses ante los espartanos, estaría en perfecto –es decir, Péricles ha muerto y eso tiene una consecuencia en el presente-.

Si tú y yo vamos a visitar a un amigo y te pido, en griego clásico, que llames al timbre de su casa, será mejor que use un imperativo de aoristo para que llames una sola vez. Si uso un imperativo de presente, te estoy pidiendo que vayas llamando contínuamente al timbre. Si ayer hiciste los deberes de geografía y el profesor te los pide hoy, debes decirle, en griego clásico, que he hecho los deberes y conjugar el verbo en perfecto (los hiciste ayer, y los tienes hoy). Si has tomado hoy el té a las cinco de la tarde, debes especificar, en griego clásico, si es una costumbre tuya hacer esto (en cuyo caso usarías el presente) o si lo has hecho puntualmente hoy (en cuyo caso usarías el aoristo). Etcétera.

Lamento no dominar más lenguas ‘exóticas’ del estilo del griego clásico para contrarrestar ejemplos. Hasta el momento, he llamado la atención sobre el “imperfecto” reflejo del tiempo real que tenemos en cualquier lengua mediante el tiempo verbal.

La pregunta es obligada: ¿la lengua que hables condiciona o moldea tu percepción temporal? Y la respuesta –palabra de lingüista- es inmediata: no. La pragmática –el discurso en su contexto social e interpersonal- lo desmiente. Digamos que, aunque nuestros tiempos verbales heredados del latín puedan parecernos poco prácticos, nos entendemos sobradamente.

Hay, sin embargo, un detalle que a veces me corroe por dentro. No he leído bibliografía al respecto, y de hecho creo que no hay ningún artículo sobre esto. Lo haría yo mismo pero no tengo los medios para documentarlo en una variedad suficientemente amplia de lenguas. Me refiero a la centralidad del tiempo verbal dentro de la morfología de cualquier lengua. Me explico.

En castellano tenemos los llamados ‘verbos defectivos’. Son verbos que carecen de algunos tiempos: por ejemplo, el verbo aboler. Se conjuga siempre en pasado. No puedes decir yo abolo, así, en presente de indicativo. Lo sorprendente, a nivel morfológico, es que este tipo de características estructurales de los verbos suelen depender de su tiempo verbal, no de su modo (indicativo, subjuntivo), persona (primera, segunda o tercera), número (singular o plural) o voz (activa o pasiva).

También en otras cuestiones morfológicas, el tiempo suele ser el que manda. En inglés, la alternancia de raíces verbales (sing-sang-sung) está condicionada por el tiempo, y no por el modo, la persona, el número o la voz. En griego clásico existen los temidos ‘verbos polirrizos’, es decir, verbos con cuatro raíces distintas, una para cada tiempo. Y volvemos a lo mismo: una para cada tiempo. No una para cada persona, modo, voz o número. El por qué de esto nos lo tendría que aclarar algún neurobiólogo. ¿Voluntarios en la sala?