23 jul. 2018

Primero, la fe

πρὸς τί δὲ καὶ ἀπιστεῖς; ἢ οὐκ οἶδας ὅτι ἁπάντων πραγμάτων ἡ πίστις προηγεῖται; τίς γὰρ δύναται θερίσαι γεωργός, ἐὰν μὴ πρῶτον πιστεύσῃ τὸ σπέρμα τῇ γῇ; ἢ τίς δύναται διαπερᾶσαι τὴν θάλασσαν, ἐὰν μὴ πρῶτον ἑαυτὸν πιστεύσῃ τῷ πλοίῳ καὶ τῷ κυβερνήτῃ; τίς δὲ κάμνων δύναται θεραπευθῆναι, ἐὰν μὴ πρῶτον ἑαυτὸν πιστεύσῃ τῷ ἰατρῷ; ποίαν δὲ τέχνην ἢ ἐπιστήμην δύναταί τις μαθεῖν, ἐὰν μὴ πρῶτον ἐπιδῷ ἑαυτὸν καὶ πιστεύσῃ τῷ διδασκάλῳ; εἰ οὖν γεωργὸς πιστεύει τῇ γῇ καὶ ὁ πλέων τῷ πλοίῳ, καὶ ὁ κάμνων τῷ ἰατρῷ, σὺ οὐ βούλει ἑαυτὸν πιστεῦσαι τῷ θεῷ; 
¿Con qué motivo no tienes fe? ¿Acaso no sabes que la fe precede a todas las cosas? ¿Qué campesino podría recoger la cosecha, si no hubiese tenido fe primero en la semilla y en la tierra? ¿O quién podría atravesar el mar, si no hubiese tenido fe primero en el barco y en el capitán? ¿Qué enfermo podría curarse, si no hubiese tenido fe primero en el médico? ¿Quién podría aprender algún arte o ciencia, si no hubiese tenido fe primero en el maestro? ¿Y si el campesino tiene fe en la tierra, y el marinero en el barco, y el enfermo en el médico, tú no quieres tener fe en Dios? 
Teófilo de Antioquía, Para Autólico, I, 8.

Cf. William James, Las variedades de la experiencia religiosa. Un estudio sobre la naturaleza humana, cap. VIII, 1902 (ed. edicions 62, 1985, trad. mía a partir del catalán, pg. 153):
“Desde que la humanidad existe, ahí donde hay vida, también hay la fe que hacía posible vivir. La fe es el sentido de la vida, el sentido que impide al hombre no autodestruirse, sino continuar viviendo. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre no creyese que hay que vivir por alguna cosa, no viviría. La idea de un Dios infinito, de la divinidad del alma, de la unión de la acción del hombre con Dios, son ideas elaboradas secretamente en las infinitas profundidades del pensamiento humano. Hay ideas sin las cuales no habría vida; sin ellas, yo mismo no viviría” – dice Tolstoi-.

21 jul. 2018

Homo duplex

Alphonse Daudet, Notes sur la Vie, 1899, citado en William James, Las variedades de la experiencia religiosa. Un estudio sobre la naturaleza humana, cap. VIII, 1902 (ed. edicions 62, 1985, trad. mía a partir del catalán, pg. 142):
Homo duplex, homo duplex. La primera vez que me di cuenta de que yo era dos, fue cuando se murió mi hermano Henri y mi padre gritó dramáticamente: “¡Se ha muerto, se ha muerto!”. Mientras mi primer yo lloraba, el segundo pensaba: “Qué verdadero ha sido este grito, qué bien quedaría en el teatro”. Yo tenía catorce años. 
Esta horrible dualidad muchas veces me ha hecho reflexionar. Oh, este terrible segundo yo, que siempre se sienta cuando el otro está de pie, haciendo, viviendo, sufriendo, revolcándose. Este segundo yo a quien nunca he podido emborrachar, hacer llorar o dormir. ¡Y cómo penetra las cosas, cómo finge!

Síndrome de Estocolmo

καὶ τοῦ εἱργμοῦ τὴν δεινότητα κατιδοῦσα ὅτι δι᾽ ἐπιθυμίας ἐστίν, ὡς ἂν μάλιστα αὐτὸς ὁ δεδεμένος συλλήπτωρ εἴη τοῦ δεδέσθαι. 
(El filósofo) también ve el terrible engaño de esta prisión (sc., el cuerpo), pues a causa del deseo, muchas veces el mismo prisionero coopera en el aprisionamiento. 
 Platón, Fedón, 82e-83a

20 jul. 2018

Los sabios no viajan

καί μοι δοκεῖς εὖ βουλεύεσθαι οὐκ ἐκπλέων ἐνθένδε οὐδ᾽ ἀποδημῶν. 
(A ti, Sócrates) creo que te han aconsejado bien en no viajar desde aquí ni en mudarte. 
Platón, Menón, 80b 

Véase también:

οὕτως ἐκ τοῦ ἄστεος οὔτ᾽ εἰς τὴν ὑπερορίαν ἀποδημεῖς, οὔτ᾽ ἔξω τείχους ἔμοιγε δοκεῖς τὸ παράπαν ἐξιέναι. 
(Tú, Sócrates) ni sales de la ciudad ni visitas las afueras, y me parece que ni siquiera sales del recinto amurallado. 
Platón, Fedro, 230d

Cf. Lao-Tse, Tao Te Ching, 47 (trad. Claribel Alegría & Erik Flakoll Alegría, 2016):
Sin salir de casa puedes conocer el mundo
sin asomarte a la ventana, ver el Tao celestial.
Cuanto más viajas menos aprendes.


Tao Te Ching, 47

19 jul. 2018

Citas para uno mismo

Hemos socializado, compartido y hecho pública nuestra vida privada en las redes hasta tal punto que ésta sólo cobra sentido si es vista, compartida y aprobada por mucha gente. Esto, sumado a la era de la imagen y la tecnología, nos ha dado una época superficial y vana. Es posible que todas las épocas hayan sido más o menos superficiales y vanas, pero todas ellas se han buscado un pequeño refugio interior y privado. Desconozco dónde encontrar tal cosa hoy en día, si no es aquí.

Un renacentista se hubiese alarmado de que tener muchos lectores, o “visitantes”, fuese algo bueno y deseable. Un enciclopedista de la Ilustración, no tanto. Pero el sueño ilustrado de tener un vulgo leído y culto se ha vuelto borroso, lejano y risible. Internet nació como una posible panacea para cumplirlo, pero lo hemos hecho fracasar entre todos. Supongo y fantaseo con que ha seguido el recorrido de la imprenta: se empezó por imprimir la Biblia, libros de ciencia o literatura, y se acabó por imprimir, pongamos, novelas de vampiros. De un modo análogo, la televisión de los años setenta no tenía nada que ver con la que vendría en los años noventa.

Yo no escribo para el gran público, ni siquiera para un público pequeño; escribo para mí y para las Musas (ταῖς μούσαις καὶ ἐμαυτῷ), citando a Juliano el Apóstata. Por ello necesito, como mucho, la aprobación de mi yo futuro, a quien conozco y puedo prever sólo en parte. Esto me da libertad, pero ante todo, me infunde respeto, un sentido del pudor innegociable y la obligación moral de que haya,
Montaigne
aquí, un mínimo de calidad, siempre según mi criterio. Por eso mi blog no es un magnum opus, pero sí un opus honesto.

El Secretum de Petrarca, las Meditaciones de Marco Aurelio o los Ensayos de Montaigne iban en la misma dirección. Estoy a años luz de mis maestros, por supuesto, pero creo comprenderles un poco. Sobre todo, por usar el mecanismo por excelencia de la tradición intelectual en Occidente: la cita. Josep Pla, preguntado por su opinión sobre Montaigne, dijo que le parecía un grandísimo escritor pero que lo entorpecían sus constantes citas clásicas. Sin embargo, creo entender perfectamente a Montaigne cuando las intercalaba en sus ensayos.

No sólo es difícil decir algo nuevo en este mundo: me parece impúdico el solo hecho de pensar que uno puede hacerlo. La cita es siempre garantía de honestidad intelectual; en ningún caso de soberbia. Pero además, citar ayuda a inserir nuestra herencia dentro de un discurso propio. Montaigne debía de recordar mejor a los clásicos después de citarlos cuando tocaba. Una enciclopedia total es un libro frío y objetivo: pero una selección parcial es un libro personal y subjetivo, y eso tiene un gran valor para uno mismo. Es como hacer tu propio diccionario, un collage razonado con tus referentes.

Personalmente, encuentro algo placentero en ver que alguien ha dejado escrito pensamientos o experiencias que yo había vivido y sentido como privadas y propias. Muchos subrayados nacen de ahí, y mi blog son, sobre todo, subrayados varios en papel. Mi biblioteca me lo agradece, estoy convencido.

Una Ilustración imposible

José Ortega y Gasset, “Ideas sobre Pío Baroja”, X, en El Espectador, 1916-1934 (ed. Salvat, 1969, Madrid, pgs. 51-52):
La humanidad renacentista experimentaba un sentimiento muy diverso. Tenía la impresión de que las ideas y las normas morales de la Edad Media eran falsas y un ímpetu de renovación la proyectaba sobre una nueva vida. Hoy, por el contrario, presentimos que en gran parte nuestra ciencia es ciencia verdadera y nuestra moral también. Pero nos dejan fríos, no irrumpen dentro de nosotros ni nos arrebatan. Diríase que han perdido el contacto inmediato con los nervios del individuo y que entre ellas y nuestro corazón hay una larga distancia vacía.

Estoy consagrando este inicio de verano a la lectura de El espectador. Pocos autores han resonado tanto dentro de mí como Ortega y Gasset. Encuentro en él muchas ideas que yo había sentido a priori, y mi ejemplar está subrayado a lápiz cada cuatro o cinco páginas.

Este pasaje es especialmente interesante. A mi entender nos habla de la imposibilidad de un sentir único entre la sociedad, ilustrada o no. Del fin de los movimientos, de los ismos, ya a mediados de siglo XX. Una nueva Ilustración, un nuevo Renacimiento, me parecen francamente difíciles de acontecer también a mí.

Los motivos son pocos pero claros. Por un lado, quienes influyen en la sociedad ya no forman parte de ninguna élite intelectual, porque este mismo concepto ha sido devaluado, criticado y vilipendiado -Ortega y Gasset, por cierto, se refería a esto como plebeyismo en otro ensayo-. Presumir de tener capital cultural es ya también clasista. Hace cien años, el clasismo se basaba únicamente en el capital económico.

Pero además, el hogar, el hábitat natural de estas élites, ha sido siempre la universidad. Institución que se ha convertido en una pieza más en la cadena de montaje de los trabajadores óptimos y eficaces. Las Humanidades, la única rama del saber donde existe el pensamiento crítico de facto, no tienen cabida en esta cadena, ergo las facultades de letras caen en el academicismo –pues formar trabajadores óptimos y eficaces para la Academia sí que es rentable- sin intención alguna de repercutir en la sociedad. Y ésta sería, precisamente, la única vía hacia una nueva Ilustración.

17 jul. 2018

La enseñanza universitaria

Dag Norberg, Manuel pratique de Latin médiéval, 1968, París (reimpresión, 1980, pg. 92, trad. mía a partir del francés):
En la misma época de la construcción de grandes catedrales, cuando Léonin, Perotín y otros maestros creaban la música polifónica, los autores compusieron poemas latinos que por la riqueza de su forma y de su sonoridad marcaron época en la literatura occidental. La revolución lingüística de la escolástica se fue imponiendo, aunque estaba orientada en otra dirección, hacia la precisión lógica y la exactitud monótona que exigía la enseñanza universitaria.

16 jul. 2018

Interpelación

Desde los diecisiete años no había vuelto a leer el Fedón de Platón. Esta mañana lo he hecho, y me reencontrado con una frase que subrayé en aquel entonces: “vivir la vida presente y la futura sola y en ella misma” (καὶ οἰκεῖν κατὰ τὸ δυνατὸν καὶ ἐν τῷ νῦν παρόντι καὶ ἐν τῷ ἔπειτα μόνην καθ᾽ αὑτήν). El tiempo, circular, me ha llamado otra vez.

15 jul. 2018

Conciliación

Stanford Encyclopedia of Philosophy, entrada de Heráclito, 3.2 (trad. mía a partir del inglés):
Los contrarios son lo mismo por la virtud de constituir un sistema de conexiones: vivo-muerto, despierto-durmiente, joven-viejo. Los sujetos no poseen propiedades incompatibles al mismo tiempo, sino en momentos distintos.

Cf. José Ortega y Gasset, “Tierras de Castilla: Notas de andar y ver”, en El Espectador, 1916-1934 (ed. Salvat, 1969, Madrid, pg. 28):
Ahora bien: las gentes suelen mostrarse demasiado presurosas en decidirse por lo mejor: olvidan que cada acto de preferencia abre, a la vez, una oquedad en nuestra alma. No, no prefiramos; mejor dicho, prefiramos no preferir. No renunciemos de buen ánimo a gozar de lo uno y de lo otro; religión y ciencia, virtud y placer, cielo y tierra... Cierto que hasta ahora no se han resuelto las antítesis; pero cada hombre debe pensar que es él el llamado a resolverlas.

La esencia de un diccionario

Buscando términos como ‘azul’, ‘amarillo’, ‘nación’ o ‘muerte’ uno ve con claridad que un diccionario es un autoretrato de una cultura. Hemos hecho un catálogo con todo lo que sabemos y decimos, lo hemos puesto alfabéticamente y lo hemos definido de forma muy sucinta, procurando la objetividad. Una herramienta ortográfico-conceptual para los del presente, y un documento de valor incalculable para los del futuro.

El mismo hecho de que se procure la objetividad ya es sintomático de nuestra época. En este sentido, somos hijos de la Ilustración y del enciclopedismo. Pero además, la pretensión de objetividad es, a mi entender, una concesión. Puesto que un diccionario tiene autoridad, se molesta en ser objetivo, y no al revés. Noblesse oblige.

El orden alfabético y la disposición en entradas también forman parte de esta pretendida frialdad y objetividad con que se redactan. Estas son características esenciales de un diccionario, porque, si no estuviesen, y basándonos estrictamente en su propósito, no podríamos distinguirlos de otros documentos culturalmente identitarios. La Ilíada, por ejemplo, también fue un diccionario a su manera. O, mejor dicho, los diccionarios modernos son nuestra ilíada particular.

El diccionario, este catálogo total y completo de un IKEA entero, explica, además, cómo montar cada mueble. Ortografía, morfología y sintaxis correctivas se han ido incluyendo poco a poco. Porque esta selfie de una lengua, este álbum de fotos antiguas que se congelan con su publicación, tiene pretensiones de influir en el presente. La transmisión cultural, identitaria (nacional, incluso), pasa por la lengua, y preferimos conservarla a cambiar. Encontramos placer en hablar como nuestros antepasados. O, por lo menos, nos obligan a encontrarlo, y nos hablan de las maravillas de que todos lo hagamos. O tempora, o mores.

Mi yo, mis líderes

Me resulta curioso leer las críticas a los dirigentes políticos extranjeros. Nos escandalizaba Berlusconi, nos escandalizan Trump, Putin o Macron, porque muy posiblemente nunca los votaríamos en nuestro país. A veces creo que nuestro sentir político interior se nutre de una ilusión muy concreta y definida. Una ilusión tribal, digamos. Me explico.

Pensamos en los cargos políticos como en nuestros líderes, no como en nuestros servidores. Pero, además, los valoramos más simbólicamente que políticamente. Vemos en ellos el carácter nacional de cada país. Para nosotros son casi como la representación humana y terrenal de la idea del pueblo francés, americano o catalán. Su política, decisiones y hechos importan poco, a la hora de juzgarlos.

Hay quien opina que hay que votar siempre en base a la ideología. De otro modo, argumentan, se caería en la tecnocracia. En mi opinión ya vivimos en ella, pero nos ilusiona –literalmente- pensar en nuestros políticos como en nuestros jefes de tribu. El ser humano ha cambiado poquísimo, interiormente, y desde luego nuestro sentir político no se ha adaptado a las instituciones modernas. De hecho, es muy posible que ni siquiera nos interese hacerlo. Acabo, y cito a Demóstenes:
ῥᾷστον ἁπάντων ἐστὶν αὑτὸν ἐξαπατῆσαι: ὃ γὰρ βούλεται, τοῦθ᾽ ἕκαστος καὶ οἴεται. 
La cosa más fácil de todas es el autoengaño: cada cual cree en aquello que desea. 
Demóstenes, 3.19

14 jul. 2018

Artesanos y teóricos

Cartel soviético

Leía tiempo ha un reportaje en el que se afirmaba que en Estados Unidos se tiende a pensar en los escritores y pintores como en unos artesanos (craftsmen), mientras que en Europa se les considera intelectuales. Puede que el oficio de pintar cuadros o escribir novelas también difiera según el continente: el arte abstracto es más europeo, y el figurativo más americano. La prosa poética es continental, y las novelas río (Dickens, por ejemplo), son anglosajonas. Naturalmente, generalizo adrede, pero creo que voy por el camino correcto.

Huelga decir que no se trata de dos vertientes incompatibles, sino complementarias. Pero, en mi opinión, para ser un teórico, un intelectual, uno debe haber sido antes un artesano. De otro modo se cae, en mi experiencia, en la pedantería, la simplificación o la soberbia. Es difícil que te enseñen a pensar en abstracto. En la universidad tuve profesores que se dedicaban exclusivamente a construir castillos de aire, a comentar corrientes teóricas, a hacer un trabajo vaporoso y englobador, y el resultado fue siempre catastrófico. Digamos que tocar los datos, conocer tu técnica –el trabajo empírico-, baja los humos y a mí, personalmente, me ha dado siempre una lección de humildad. “Para romper las normas antes tienes que conocer las normas”, dicen los artisas, y no les falta razón. Es la traducción artística de esta idea, digamos, más científica.

Los teóricos opinarán que no les interesa para nada ensuciarse las manos con la artesanía. Yo les diría que no hay nada más sano para ellos. A mí me encanta leer y comentar a Platón, pero para llegar ahí de una forma honesta he tenido que aprender griego clásico, y eso me ha llevado más de cinco años de arduo trabajo. Digamos que uno se gana el derecho a teorizar a pulso, y que ésta, por ser una actividad tan elevada, a veces cuesta distinguir cuándo se hace bien y cuándo no. Sin embargo, con la artesanía, con el trabajo empírico –dominar una lengua, en este caso-, resulta clarísimo y fácilmente comprobable cuando alguien sobresale en ello. Claro que, si nos ponemos así, a mucha gente se le acabaría el cuento, supongo.

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13 jul. 2018

Voces

καινά γε μὴν δαιμόνια πῶς ἂν ἐγὼ εἰσφέροιμι λέγων ὅτι θεοῦ μοι φωνὴ φαίνεται σημαίνουσα ὅ τι χρὴ ποιεῖν; καὶ γὰρ οἱ φθόγγοις οἰωνῶν καὶ οἱ φήμαις ἀνθρώπων χρώμενοι φωναῖς δήπου τεκμαίρονται. βροντὰς δὲ ἀμφιλέξει τις ἢ μὴ φωνεῖν ἢ μὴ μέγιστον οἰωνιστήριον εἶναι; ἡ δὲ Πυθοῖ ἐν τῷ τρίποδι ἱέρεια οὐ καὶ αὐτὴ φωνῇ τὰ παρὰ τοῦ θεοῦ διαγγέλλει; 
¿Cómo iba yo a introducir nuevos dioses, sólo por decir que la voz de un dios se me manifiesta para decirme lo que debo hacer? Porque quienes usan el canto de los pájaros o las palabras de los hombres, sacan indicios de las voces. ¿Va alguien a discutir que un trueno no es una voz, y también el presagio más grande? La sacerdotisa que se sienta encima del trípode en Pitos, ¿no es por la voz que anuncia la voluntad del dios?  
Jenofonte, Defensa de Sócrates, 12.

12 jul. 2018

Una cultura en vídeo

La filología clásica, la ciencia que estudia los textos clásicos, sentó sus bases en el siglo XV dando lugar en muy poco tiempo a un momento de esplendor artístico, científico y literario nunca visto antes, el Renacimiento. Una de las ideas principales de esta ciencia era que el estudio de los textos clásicos nos ponía en contacto con los valores estéticos y morales más elevados que había conocido la humanidad. Por eso, antes de filología, esta ciencia había recibido nombres como Humanismo o Litterae Humaniores.

Hay una idea muy sutil tras hacer del estudio de los textos, clásicos o no, una auténtica ciencia: la suposición implícita de que el conocimiento o el arte se transmiten y conservan mediante la tecnología de la escritura. De que la escritura no tiene rival para conservar una cultura y sus producciones. Incluso muchos historiadores insisten hoy en que las fuentes escritas tienen prioridad para estudiar el pasado –provocando, naturalmente, la suspicacia de los arqueólogos, quienes lidian con las fuentes materiales-.

Un antropólogo le diría a un filólogo que la transmisión cultural no se hace mediante la escritura, sino mediante los seres humanos. Madres, padres, maestros, profesores, y un (casi) infinito etcétera de personas se ocupan de inculcar en cada nueva generación los valores, conocimientos y artes de la suya, la anterior. Sin esto, de poco o nada sirve la escritura.

A pesar de estas objeciones, la filología tiene sentido porque es, precisamente, la única garantía de la transmisión cultural que le queda a una civilización cuando fallan las personas. Sin la escritura nunca hubiese habido un Renacimiento, y precisamente, la filología nació entonces para evitar una nueva Edad Media.

Hoy en día, la escritura tiene ya un serio competidor para la conservación y la transmisión cultural: el vídeo. Youtube se ha comido a blogger, a las librerías, a las bibliotecas –o, para ser más exactos, youtube se lo ha comido todo-. Quizás dentro de unos años tengamos especialistas en la interpretación y depuración del contenido de los vídeos, “filólogos de los vídeos”. Lo desconozco. Sólo espero que, cuando aparezca esta nueva ciencia, surja con ella otro Renacimiento. De lo contrario, se habrá demostrado que la escritura no tiene, ni tendrá nunca, rival para conservar nuestras producciones culturales más preciadas.

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Influencias

J. P. Eckermann, Conversaciones con Goethe, martes 24 de marzo de 1829 (ed. Columna, 1994, Barcelona, trad. mía a partir del catalán, pg. 310):
“Cuanto más elevado es un hombre”, ha dicho Goethe, “tanto más está bajo la influencia de los demonios, y más falta le hace vigilar que su voluntad rectora no tome caminos equivocados.”
Ary Scheffer, La tentación de Cristo

11 jul. 2018

Una botella de champán

William James, Las variedades de la experiencia religiosa. Un estudio sobre la naturaleza humana, cap. VI, 1902 (ed. edicions 62, 1985, trad. mía a partir del catalán, pg. 120):
Los optimistas y de mentalidad sana viven habitualmente en el lado soleado de la línea de demarcación de la miseria, los depresivos y melancólicos viven en el lado opaco de la sombra y la aprensión. Hay hombres que parecen haber venido al mundo con una botella de champán en cada mano, mientras que otros parecen haber nacido al lado mismo del espectro del dolor, de forma que el más leve incentivo provoca fatalmente su percepción aguda.

Poseído

προσποιουμένου δὲ εἶναι Φάωνος αὐλητικοῦ καὶ ἔχειν φάσκοντος Μεγαροῖ χορόν, ‘ληρεῖς, ἔφη: ἐκεῖ μὲν γὰρ οὐκ ἔχεις, ἀλλ᾽ ἔχει.' 
Cuando Faonos presumía de ser un gran flautista y decía tener un coro en Mégara, (Estratónico) le dijo: ‘mientes; más que poseer nada ahí, eres tú quien está poseído’. 
Ateneo, 8.43

10 jul. 2018

El hombre medio

José Ortega y Gasset, “Ideas sobre Pío Baroja”, IX, en El Espectador, 1916-1934 (ed. Salvat, 1969, Madrid, pg. 47):
La creencia dogmática y fanática en los tópicos dominantes será siempre dueña de la sociedad, y los temperamentos críticos, originales, innovadores, habrán de sufrir ahora y dentro de mil años una temporada de lazareto que a veces no acaba sino después de su muerte. La sociedad es el área triunfal del hombre medio y el hombre medio tiene una psicología de mecanismo tradicionalista. Sobre ella no alcanzan influjo las ideas y las valoraciones hasta que no han cobrado pátina y se presentan como habituales, con un pasado tras de sí. 
Los credos políticos, por ejemplo, son aceptados por el hombre medio no en virtud de un análisis y examen directo de su contenido, sino merced a que se convierten en frases hechas. Y un escritor no empieza a ser “gloria nacional” hasta que no repiten que lo es las gentes incapaces de apreciar y juzgar su obra. El hombre medio piensa, cree y estima precisamenre aquello que no se ve obligado a pensar, creer y estimar por sí mismo en esfuerzo original. Tiene el alma hueca y su única actividad es el eco.
Ortega y Gasset

9 jul. 2018

Insignificante

John Edwin Sandys, History of Classical Scholarship, 1908, Cambridge, vol. III, pg. 418:
He once said, with an iconic smile, ‘I often think with pleasure that, unworthy as I am, I have to do with the greatest literature in the world’. 
(Benjamin Jowett) dijo una vez, con una sonrisa icónica, ‘A veces pienso con gozo que, siendo tan insignificante como soy yo, tengo que estudiar la mejor literatura del mundo’.

Benjamin Jowett (1817-1893) era helenista y profesor de griego en Gaisford.

8 jul. 2018

La tercera edad

Non est itaque quod quemquam propter canos aut rugas putes diu vixisse; non ille diu vixit, sed diu fuit. 
No creas, así pues, que uno ha vivido muchos años por tener canas o arrugas: no ha vivido mucho, sino que ha existido mucho. 
Séneca, Sobre la brevedad de la vida, VII, 9.

Cf. Henry David Thoreau, Walden, 1854 (trad. Marcos Nava García, 2017, Madrid, pg. 33):
Se podría dudar incluso de que el más sabio de los hombres, por el mero hecho de vivir, haya aprendido algo con valor absoluto. En la práctica, los ancianos no pueden dar consejos demasiado importantes a los jóvenes, porque sus propias experiencias han sido parciales y sus vidas han resultado miserables fracasos –siempre por razones coyunturales, según creen ellos-.

7 jul. 2018

Estudios superfluos

Persequi singulos longum est, quorum aut latrunculi aut pila aut excoquendi in sole corporis cura consumpsere vitam. Non sunt otiosi, quorum voluptates multum negotii habent. Nam de illis nemo dubitabit, quin operose nihil agant, qui litterarum inutilium studiis detinentur, quae iam apud Romanos quoque magna manus est. Graecorum iste morbus fuit quaerere, quem numerum Ulixes remigum habuisset, prior scripta esset Ilias an Odyssia, praeterea an eiusdem essent auctoris, alia deinceps huius notae, quae sive contineas, nihil tacitam conscientiam iuvant sive proferas, non doctior videaris sed molestior. 
Sería largo enumerar uno por uno quienes se pasaron la vida jugando al ajedrez, o a la pelota, o tostándose el cuerpo bajo los rayos del sol. No son ociosos quienes tienen mucho trabajo con sus placeres. En efecto, nadie duda ya que no hacen nada de provecho quienes se dedican a estudios literarios superfluos, de los cuales hay un gran número entre los romanos. Fue una enfermedad griega ésta de conocer cuántos remeros tuvo Ulises, si fue escrita primero la Ilíada o la Odisea, si son del mismo autor, y otras cosas de esta importancia que, si te las quedaras para ti, de nada satisfacerían tu conciencia, y si las comunicaras, tampoco parecerías más sabio, sino más molesto. 
Séneca, Sobre la brevedad de la vida, XIII, 1-2.

6 jul. 2018

Jamás disecó por sí mismo

José Babini, Historia de la medicina, 1980 (3a edición, 2017, Barcelona, pg. 64):
En un breve capítulo final se ocupa de la vivisección de los animales, pero en realidad uno de los notables resultados de la obra de Vesalio es el de reconocer que Galeno “jamás disecó por sí mismo un cadáver humano” y que, con pocas excepciones, tampoco había advertido las numerosas diferencias existentes entre la anatomía humana y la del mono.

Puro e inútil

José Ortega y Gasset, “Verdad y perspectiva”, en El Espectador, 1916-1934 (ed. Salvat, 1969, Madrid, pg. 17):
La guerra ha sorprendido al europeo sin nociones claras sobre las cuestiones últimas, aquellas que sólo puede aclarar un pensamiento puro e inútil.

5 jul. 2018

Los tradicionalistas

José Ortega y Gasset, “Tierras de Castilla: Notas de andar y ver”, en El Espectador, 1916-1934 (ed. Salvat, 1969, Madrid, pg. 25):
No se crea por esto que soy de temperamento conservador y tradicionalista. Soy un hombre que ama verdaderamente el pasado. Los tradicionalistas, en cambio, no le aman; quieren que no sea pasado, sino presente. Amar el pasado es congratularse de que efectivamente haya pasado y de que las cosas, perdiendo esa rudeza con que al hallarse presentes arañan nuestros ojos, nuestros oídos y nuestras manos, asciendan a la vida más pura y esencial que llevan en la reminiscencia.

Ciencias y artes

René Descartes, Reglas para la dirección de la mente, 1623 (ed. Aguilar, 1966, Buenos Aires, trad. Francisco de P. Samaranch, pg. 32):
Ellos ven que un mismo hombre no debe aprender todas las artes a la vez, sino que el que más fácilmente llega a ser el mejor maestro en su arte es aquel que no se dedica más que a uno solo; (...) Eso mismo creyeron también ellos respeto de las ciencias, y han pensado que, distinguiéndolas unas de otras según la diversidad de sus objetos, era preciso procurar adquirir por separado cada una de ellas en particular, haciendo caso omiso de todas las demás. Y es evidente que en ello se han engañado.