23 abr. 2015

El razonamiento sobrio

Las confusiones y malentendidos que suscitó el concepto “hedonismo” y la escuela filosófica que lo defendía, el epicureísmo, pueden remontarse ya a sus primeros inicios. El mismo Epicuro se ve obligado a matizar en qué consisten los placeres que proporcionan la felicidad en su Carta a Meneceo:

ὅταν οὖν λέγωμεν ἡδονὴν τέλος ὑπάρχειν, οὐ τὰς τῶν ἀσώτων ἡδονὰς καὶ τὰς ἐν ἀπολαύσει κειμένας λέγομεν, ὥς τινες ἀγνοοῦντες καὶ οὐχ ὁμολογοῦντες ἤ κακῶς ἐκδεχόμενοι νομίζουσιν, ἀλλὰ τὸ μήτε ἀλγεῖν κατὰ σῶμα μήτε ταράττεσθαι κατὰ ψυχήν. οὐ γὰρ πότοι καὶ κῶμοι συνείροντες οὐδ’ ἀπολαύσεις παίδων καὶ γυναικῶν οὐδ’ ἰχθύων καὶ τῶν ἄλλων ὅσα φέρει πολυτελὴς τράπεζα, τὸν ἡδὺν γεννᾷ βίον, ἀλλὰ νήφων λογισμὸς καὶ τὰς αἰτίας ἐξερευνῶν πάσης αἱρέσεως καὶ φυγῆς καὶ τὰς δόξας ἐξελαύνων, ἐξ ὧν πλεῖστος τὰς ψυχὰς καταλαμβάνει θόρυβος. 

Cuando decimos que el placer es el fin que debe gobernarnos, no nos referimos a los placeres de los desamparados o al dormir placentero, como piensan quienes nos ignoran o discrepan con nosotros o quienes no nos aceptan, sino al no sufrir nada en el cuerpo y al no ser turbado en la mente. Ni la bebida ni las fiestas, ni el gozo con chicos o mujeres, o con el pescado y demás cosas que trae una mesa bien servida dan lugar a la vida placentera, sino el razonamiento sobrio y la búsqueda de las causas de lo que aceptamos o rehuímos, y el rechaze de las opiniones de las que vienen gran parte de los conflictos del alma. 

Epicur. Men. 131-132

A pesar de la aclaración, el mismo Horacio, epicureísta confesado, parece excederse en su oda I, 22, en la que sostiene que su amor por Lálage le proporciona una estabilidad interior que le permite incluso librarse del ataque de un lobo. El tono de la oda es indudablemente bromista, probablemente con una alusión irónica hacia la filosofía estoica, la gran competidora en época helenística con la corriente del epicureísmo. Sin embargo, y a pesar de su defensa tácita del epicureísmo, al final de la oda Horacio acaba por narrarnos un arrebato de amor que choca con los principios de Epicuro:

Pone me pigris ubi nulla campis
arbor aestiva recreatur aura,
quod latus mundi nebulae malusque
Iuppiter urget;
 pone sub curru nimium propinqui 
solis in terra domibus negata: 
dulce ridentem Lalagen amabo, 
dulce loquentem.  

Ponme en las llanuras estériles donde ningún árbol goza del viento estival, en la parte del mundo que la niebla y un Júpiter severo oprimen; ponme, demasiado cerca, bajo el carro del sol en una tierra hostil a las casas. Amaré a Lálage, la que ríe dulcemente, la que habla dulcemente.  
Hor. Od. I, 22 17-24

La antítesis irónica con el episodio del lobo anteriormente narrado salta a la vista. Ahora, Horacio parece ir más allá que Epicuro y sustituir el “razonamiento sobrio” por el amor hacia una muchacha. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario