24 jul. 2015

Filohelenismo

Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, 1951, París:

Hasta el fin de mis días estaré agradecido a Escauro por haberme animado desde joven al estudio del griego. Era todavía un niño cuando ensayé por primera vez trazar con la pluma los caracteres de aquel alfabeto desconocido: comenzaba mi gran desarraigo, y mis grandes viajes y el sentimiento de una elección tan deliberada y tan involuntaria como el amor. Me gustaba aquella lengua por su flexibilidad de cuerpo en buena forma, por su riqueza de vocabulario donde, en cada palabra, se hacía patente el contacto directo y diverso de las realidades, y porque prácticamente todo lo mejor que han dicho los hombres se ha dicho en griego.

Releyendo la famosa novela de Yourcenar me ha venido a la cabeza una entrevista que leí hace un tiempo con un exitoso profesor de inglés. Éste decía que, en las primeras clases con sus alumnos, no les hablaba en inglés, sino del inglés. Es decir, de todas las cosas que podrían hacer cuando dominaran esta lengua. Yo pienso que con el griego también habría que poner el caramelo en la boca de los alumnos; decirles que poder leer a Platón o a Sófocles en su lengua original no tiene precio; que tener acceso de primera mano a los autores fundacionales de Occidente es un auténtico lujo. Que la literatura clásica es un tesoro, en definitiva.

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