2 may. 2016

No somos islas



El poeta inglés John Donne (1572-1631) ha tenido la desgracia de ser un hombre de una frase, es decir, de pasar a la historia por una o dos sentencias dentro de su extensa obra. Ambas se encuentran, además, en el mismo apartado; en la Meditación XVII, accesible en la Wikipedia inglesa:

No man is an island.

Ningún hombre es una isla.

(...)

For whom the bell tolls;

Por quién redobla la campana;

De esta última, Hemingway sacaría el título para su novela sobre la Guerra Civil española. La primera frase, por su parte, se convertiría en una máxima bastante citada para referirse a la necesidad de la convivencia y empatía entre humanos. 

Si en una entrada reciente citaba a Zimmermann y su elogio de la soledad, ahora me referiré a un par de citas sobre la identificación entre hombres. La primera está sacada del sensacional blog Graveyard Masonry; James Ashcroft Noble, "The Charm of Autobiography," en Impressions & Memories (Londres, 1895, pg. 38):

Nearly everybody, certainly every young person, is fully convinced that some of his experiences are peculiar to himself; and because of this conviction he dare not disclose them, lest he should subject himself to certain misunderstanding and probable reprobation. Then, in some fortunate moment, he takes up the ideal autobiography, the volume in which some other man has disclosed the secrets of his soul, and he finds that what he has supposed to be his own peculiar property or his own peculiar torment, is the property or the torment of this other man as well ; and if of him, why not of a hundred, of a thousand men — of the greater number of the race?

Casi todo el mundo, y ciertamente toda persona joven, está plenamente convencida de que algunas de sus experiencias le son peculiares; y a causa de esta convicción no se atreve a descubrirlas, por no ser sujeto él mismo de malinterpretación y de una probable reprobación. Luego, en algún afortunado momento, coge la autobiografía ideal, el volumen en el cual otro hombre ha puesto al descubierto los secretos de su alma, y encuentra que lo que él suponía ser propiedad peculiar suya o su tormento peculiar, es la propiedad o el tormento de otro hombre también; y si es suyo, ¿por qué no de un centenar, de un millar de hombres – de un número más alto de la raza?

Cf. Jaime Gil de Biedma, prefacio a Compañeros de viaje, 1959:

Un libro de poemas no viene a ser otra cosa que la historia del hombre que es su autor, pero elevada a un nivel de significación en que la vida de uno es ya la vida de todos los hombres, o por lo menos –atendidas las inevitables limitaciones objetivas de cada experiencia individual– de unos cuantos entre ellos.

Anoto también aquí un pasaje de una mis recientes lecturas, y que creo que viene al caso. Cf. Emmanuel Carrère, El reino, 2014 (trad. Jordi Martín Lloret, ed. Anagrama, 2015, pg. 51, traducción mía a partir del catalán):
Prepárate para dudar, para desesperar, para acusar al Señor de ser injusto y de exigirte demasiado. Cuando pienses esto, recuerda esta historia: esto es un hombre que se rebela, que se queja como te has quejado tú, y como continuarás quejándote, de llevar una cruz más pesada que la de los demás. Un ángel lo oye y se lo lleva bajo las alas hasta el rincón del cielo donde se almacenan las cruces de todos los hombres. Millones de cruces, de todos los tamaños. El ángel le dice: escoge la que quieras. El hombre prueba unas cuantas, las compara y escoge la que le parece más ligera. El ángel sonríe y le dice: era la tuya.

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