1 oct. 2016

El ocaso de la filología


En su famosa novela, Marguerite Yourcenar decía, en boca del emperador romano Adriano, que «lo mejor que han escrito los hombres se ha escrito en griego». Ésta es una frase con la que muy poca gente simpatizaría en la actualidad, incluso dentro del ámbito cultural o del académico. La proliferación de las filologías modernas –por oposición a la clásica-, la relativización del cánon literario o el auge de los Cultural Studies son factores externos a los Estudios Clásicos que han contribuido al desplazamiento progresivo del latín y del griego de la enseñanza no ya obligatoria, sino también avanzada y universitaria. La misma filología clásica se ha adaptado a sus circunstancias o, incluso, puede que haya influido en ellas.

Me explico. La filología (clásica) es una ciencia con nacimiento en Alejandría, con continuidad en el mundo romano y cristiano, y en menor medida en el medieval. Pero nuestra filología tal y como la entendemos hoy es, ante todo, heredera de dos países: en orden cronológico, de Italia primero y de Alemania después. El Humanismo renacentista con sede en Italia consideraba la literatura clásica como la más alta expresión de los valores culturales y estéticos del ser humano: podemos sintetizar su perspectiva humanista diciendo que se consideraba a las obras clásicas como “monumentos”. Todo lo opuesto a la refundación alemana de la filología hecha en el siglo XIX, de carácter historicista y para la cual las obras de la antigüedad eran “documentos”; el estudio de las fuentes, la Altertumwissenchaft (“ciencias de la antigüedad”), el redescubrimiento del sánscrito... todo ello propició un cambio de perspectivas notable en el cual la filología –el estudio de los textos- pasa de ser aquella ciencia autónoma del Renacimiento para ser una rama de la historia. Una rama fundamental y básica, pero una rama.

Lo que entendemos por filología o estudios clásicos en la actualidad es, grosso modo, hijo de estas dos tradiciones, primero la italiana y luego la alemana, que –curiosamente- resultan ser casi opuestas en algunos aspectos. La segunda escuela, la historicista, es, sin embargo, la clara predominante. Esencialmente a ella debemos la distinción entre crítica textual, epigrafía, lingüística, arqueología clásica, etcétera. Es decir, con ella vino la especialización de nuestra ciencia.

En última instancia, esta especialización de las clásicas, como escribiría John Chadwick para el Times en 1998, condujo a unos avances científicos incuestionables, pero también a la fragmentación de las clásicas y, lo que es peor, a que pasasen de ocupar el primer puesto en la educación de cualquier persona cultivada a luchar por sobrevivir tanto en las aulas de secundaria como en las universitarias. Resulta triste comprobar cómo, en poco más de un siglo europeo, las matemáticas ya no se enseñan con los Elementa de Euclides; cómo las nuevas enfermedades ya no se bautizan con cultismos griegos; cómo el derecho civil pasa a enseñarse separado de la docencia del latín; etcétera y más etcétera.

Por un lado, los clasicistas se lamentan de este desplazamiento, pero por el otro, en la mayoría de los casos se ocupan exclusivamente de la antigüedad. Cabe destacar también que el método histórico tal y como lo entendemos hoy bebe de la metodología positivista de Leopold von Ranke, para quien el pasado debería estudiarse “tal y como sucedió”, sin importar si tiene alguna repercusión en el presente. La filología es, sin duda, una especie de primer motor aristotélico para las ciencias históricas, pero la filología clásica, más concretamente, había sido, siglos antes de su giro historicista, mucho más que eso.

Como decía, la frase de Yourcenar nos ha quedado desfasada. Personalmente, desconozco si la filología clásica de corte historicista tiene demasiada cabida en un mundo que ha relegado las humanidades al puro divertimento, en el mejor de los casos. Tampoco sé si una vuelta al cánon estético renacentista es posible a estas alturas. Lo que sí que pienso, a título personal, es que una combinación entre una ciencia histórica, que se ocupa de la antigüedad, y otra de más propedéutica, que se ocupa de desarrollar las competencias del alumnado sin importar si es de ciencias o de letras, es posible y necesaria. El latín y el griego son las únicas disciplinas en las que el estudiante ejerce la memorización (morfología), el pensamiento abstracto (sintaxis) o la inteligencia lingüística (traducción) mediante el acceso a las obras fundacionales de Occidente. En el fondo, son disciplinas muy equilibradas y “sanas” si se plantean bien. Creo que éste es precisamente nuestro gran reto: volver a plantearlas en medio de unas circunstancias adversas. Per aspera ad astra y χαλεπ τά καλά, que decían.