8 feb. 2017

Un filólogo en la guerra



Tengo por costumbre visitar, por lo menos semanalmente, los blogs que están anotados a la columna de la derecha, en la sección ‘Otros blogs’. Y ha sido precisamente hoy, mientras hacía mi recorrido habitual, que me he topado con una nueva entrada en Maverick Philosopher sobre los filósofos en la política. Se trata de una reseña de un libro reciente donde se argumenta cómo muchos grandes pensadores del siglo XX perdieron su integridad intelectual al apoyar públicamente figuras tan cuestionables como Stalin o Mao, entre otras. Recomiendo la lectura de la entrada, aunque no tengo acceso al libro en cuestión.

Uno de los puntos que se discuten en ella es el posicionamiento de las instituciones filosóficas respecto a las guerras. Una entidad filosófica, se argumenta, no debería posicionarse al respecto. Naturalmente, y trasladando la cuesión a los Estudios Clásicos, no he podido evitar pensar en Friedländer y Wilamowitz durante la Primera Guerra Mundial. Ambos eran respetados profesores de griego clásico en Alemania; el primero combatió en la guerra, y el segundo perdió a su hijo en ella. Más aún, Wilamowitz signó varios manifiestos a favor de la intervención alemana en la Gran Guerra. La correspondencia entre alumno y profesor, editada y parcialmente traducida en 1999, es accesible desde archive.org.

Yo mismo la he consultado en alguna ocasión, especialmente la de los años 30, escrita en latín. Mis nociones básicas de alemán no son suficientes, por ahora, para leer las cartas anteriores. Sin embargo, hay una serie de cartas de Friedländer a Wilamowitz traducidas al inglés al final del volumen, en su mayoría escritas durante la guerra. En ellas, Friedländer deja entrever un tremendo aprecio y respeto por su maestro, y escribe constantemente que le prohiben dar detalles de las operaciones. Una de esas cartas, escrita en noviembre de 1918 –pocos días después de la derrota alemana-, me ha llamado mucho la atención: un Friedländer destrozado anima a su maestro a volver a levantar Alemania. Deduzco de ella que Friedländer todavía no había sido trasladado de vuelta a casa, y que no había sido informado aún de la muerte en combate del hijo de Wilamowitz. Véase, 'The Wilamowitz in me': 100 letters between Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff and Paul Friedländer (1904-1931), ed. Buckler, Calder & Huss, 1999, Los Angeles, pg. 211-212 (traducción mía):

26 de Noviembre de 1918 
Friedländer a Wilamowitz 
Apreciado Profesor, 
¿Cómo está? Pienso cada día y cada hora en usted y trato de seguirle el pensamiento: hacia el Oeste, por si su hijo ya ha vuelto o todavía está en el ejército que cada día me preocupa más; por si llega a casa sin desmoronarse por completo. Hacia el Este, donde la comida polaca es transportada hacia su propio pueblo. Y en medio yace el Imperio, que usted ayudó a construir, y que ahora amenaza de colapsar en ruinas, y que ya ha colapsado en parte. He llorado como un niño, pero ahora vuelvo a tener paz, y vengo a decirle: debemos hacer algo nuevo, y para ello necesitamos la ayuda y la bendición de los antiguos, y, por encima de todo, le necesitamos a usted. Su libro sobre Platón, escrito durante la guerra, es el símbolo de que Alemania no ha cesado de existir como símbolo intelectual. Y usted debe estar aquí, para advertirnos, para ayudarnos cuando volvamos a trabajar. ¡Porque eso debe llegar! Y entonces también veremos si nuestra fuerza se ha conservado para empezar de nuevo, aunque eso no pasará si usted abandona y no está ahí para aconsejarnos y ayudarnos. 
En todos estos años he aprendido mucho, y por esta experiencia estoy convencido ahora más que nunca: ¡esto no puede seguir así! La mentira y la maldad fueron inmensas. Pero si hubiera esperado que llegara la reforma, no hubiese creído que tuviera que llegar mediante la revolución. Ahora la revolución lo ha sacudido todo hasta el desgarro, pero no puedo quejarme. Dios ha querido que ocurriese así, quién sabe lo que Él pretendía. Si sobreviviremos o no a los siguientes meses es algo que todavía no sé. Pero si es que sí, entonces debemos trabajar como nunca hemos trabajado. ¡Cuidese para ayudarnos en la faena! 
Salude a su esposa de mi parte, por favor. 
Sinceramente suyo, 
P. Friedländer.

Personalmente, estas palabras me infunden tristeza, al pensar en la desoladora y, a posteriori, convulsa situación de la Alemania de entreguerras.

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