13 mar. 2017

Los colores y las lenguas

The Joy of Painting, programa americano

Describir los colores es un viejo e interesante problema. El diccionario de la Real Academia Española en su última versión opta por definir los colores indicando elementos, en su mayoría sacados de la naturaleza, que tengan ese color. Así, se nos define el marrón como un color “semejante al de la cáscara de la castaña o el pelaje de la ardilla”, y el verde como un color “semejante al de la hierba fresca o al de la esmeralda”.

Es remarcable observar cómo, si cambiamos de lengua, las asociaciones entre colores y elementos que los tengan también pueden cambiar. Por ejemplo, en la Ilíada se nos define numerosas veces el mar como “color de vino” (οἶνοψ, óinops), y existe un adjetivo en griego clásico, οἰνωπός, oinopós, cuya definición en los diccionarios ingleses es “black mixed with bright light”. ¿Negro mezclado con luz brillante? Es difícil de imaginar, pero seguramente las notables diferencias culturales nos den algunas pistas aquí.

Hay un ejemplo clásico al respecto, el de las lenguas esquimales que tienen una cantidad considerable de adjetivos para referirse al color blanco. Naturalmente, porque la necesidad de distinguir entre distintos tipos de nieve creó estas sutiles distinciones. Personalmente, creo que el “espectro crómatico” que es capaz de distinguir una cultura puede determinar su vocabulario. Quizás por eso las sociedades urbanas e industrializadas, que han perdido contacto con la naturaleza y sus inacabables tonos de verdes o amarillos, también han perdido las palabras para designarlos.

Naturalmente, esto es sólo mi opinión. Hoy quisiera llamar la atención sobre algunos puntos que pasan desapercibidos cuando hablamos de los colores y de su reflejo lingüístico.

El primero, que siempre hablamos de los colores como adjetivos. Para explicar frases en las que actúen como nombres (por ejemplo, en El rojo es mi color favorito), hablamos de una sustantivización adjetival. Es decir, damos al color la categoría de atributo, de complemento, de propiedad de alguna otra cosa. El lingüista Leonard Talmy ha hablado de ello en más de una ocasión: el color –igual que el tamaño, por ejemplo- no es una cualidad estructural de los nombres. Talmy ha argumentado que las cualidades estructurales no se expresan mediante adjetivos, sino mediante marcas morfológicas: por ejemplo, el número o el género sí que son cualidades estructurales, y por eso tienen un reflejo morfológico –por ejemplo, poniendo una –s para indicar plural o una –a para indicar femenino, en castellano-. No hay ninguna lengua en el mundo en que el color tenga una desinencia propia. Siempre se expresa con adjetivos.

Es muy posible que las cualidades no estructurales sean más subjetivas que el número (singular o plural) o el género. Más aún: es muy posible que sean graduales. La barrera entre el naranja y el amarillo está sujeta a interpretación, a veces. O, por lo menos, ésta es nuestra percepción al respecto. Al fin y al cabo, los fenómenos lingüísticos vienen determinados por nuestras capacidades y estructuras cognitivas.

En este sentido, lo esperable es que las diferencias entre lenguas al respecto tengan un arraigo cultural –y no biológico- muy fuerte. Hay un célebre poema de Safo en que la autora nos dice que cuando ve a su amado se queda “más verde que la hierba”. ¿Puede una persona estar verde? La mayoría de traducciones del poema optan por decir “más pálida que la hierba”, y es que en griego clásico hay una fuerte asociación entre el verde y el blanco – por ejemplo, en el adjetivo γλαυκός, glaukós, que designa un color verde muy claro-. Esta asociación (verde y blanco) seguramente será exclusiva de la cultura griega: en castellano, asociaríamos al verde con otros colores antes que con el blanco. 

¿O quizás hemos perdido colores respecto a las lenguas clásicas? Los romanos, siguiendo aquella famosa máxima, eran “soldados y campesinos”. Un breve apunte lingüístico al respecto: el latín es una de las lenguas con más adjetivos para distinguir tonos de colores. Quizás por eso ha sido siempre la lengua predilecta de los botánicos para su nomenclatura. Por ejemplo, el latín cásico distingue once verdes: 

 Extracto de Colores Latini

Quienes se dedican a pintar cuadros, por ejemplo, suelen añadir adjetivos a cada tono para distinguir entre distintos verdes, azules o incluso blancos. En el mítico programa de televisión americano The Joy of Painting, los colores se nombraban con un adjetivo delante: Midnight Black, Van Dyke Brown, Prussian Blue, Thalo Blue...Todo esto, incluso antes de mezclarlos en la paleta y conseguir colores nuevos.

Finalmente, tengo la impresión de que la percepción de los colores no varia mucho según la cultura o la lengua. Lo que sí que cambia son sus “asociaciones”. El mar color de vino o la persona pálida como la hierba son ejemplos en griego clásico de lo subjetivo que es atribuir a un nombre una cualidad cromática. Seguramente, si pusiéramos estos colores en una paleta no habría discusión en cuál es cuál, pero tenerlos que relacionar con algo nos llevaría a la discrepancia asegurada. Pero, como siempre, esto es sólo mi opinión.
 

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