31 jul. 2017

La palabra como intercesora

Últimamente me ha venido a la cabeza una de las clases de lingüística teórica que tuvimos en el Máster. Un reputado lingüista nos advirtió que lo que entendemos por lenguaje humano en la actualidad es el resultado, biológicamente hablando, de una serie de coincidencias evolutivas. A saber: tenemos un aparato fonétrico (como los primates); tenemos capacidad de simbolismo y abstracción (como los neardentales); tenemos una facultad recursiva o sintáctica para encadenar y combinar unidades (como los pájaros), etcétera. La idea darwiniana del tinkering encaja con esto: la naturaleza es ahorradora, y el lenguaje es producto de una serie de factores preexistentes que se combinaron para dar lugar a algo nuevo.

Con esto quisiera hacer hincapié en el hecho de que nuestra facultad para hablar no debería estudiarse de forma aislada. La lengua hablada es casi un accidente en la historia de la evolución humana. Ésta es una idea reciente que choca con una percepción histórica que podríamos remontar hasta los griegos, para quienes el rasgo distintivo del ser humano era, ante todo, que podía hablar – por cierto, The Talking Greeks: Speech, Animals, and the Other in Homer, Aeschylus, and Plato, John Heath, Cambridge University Press, 2005, explica esto a la perfección.

Partiendo de esta óptica más moderna, resulta curioso observar el papel histórico que se ha dado a la palabra para interactuar con la realidad –y me refiero aquí a la realidad inerte, no a otros seres humanos o animales-. Éste papel mágico puede ser observado en fenómenos como el ritual (una boda, por ejemplo, con sus fórmulas preestablecidas y fijas), la maldición, la blasfemia, la ‘palabra mágica’ (Ábrete sésamo), la plegaria... Pero también en prácticas como el psicoanálisis o la autosugestión. Por cierto, recuerdo haber leído de algún antropólogo que los seres humanos “somos los únicos que construyen historias sobre su dolor y lo explican”, facilitando así la tarea para los médicos –si un ser humano no hablara, saber de qué padece sería bastante complicado-.

Una de mis películas favoritas, basada en una obra de teatro, ilustra esta fuerza de la palabra a la perfección. Se trata de Ordet (1955), “La palabra”, de Carl Theodor Dreyer. Esencialmente es la historia de dos familias enfrentadas por motivos religiosos. Al final, y tras la prematura muerte de un personaje, la palabra de quien cree de verdad acaba por hacer lo imposible, por obrar el milagro.

El evangelio de Juan empieza, precisamente, equiparando a Dios con la palabra. La palabra para decir palabra, valga la redundancia, también es curiosa: λόγος, lógos. Este vocablo griego significa muchas más cosas: tratado, ciencia, razón... A los helenistas se nos suele explicar que Homero usa indistintamente tres palabras para decir palabra: λόγος, lógos, ἔπος, epos y μῦθος, mythos. Con el tiempo, en griego antiguo cada uno de estos vocablos se especializaría para designar distintos tipos de discurso: el racional (lógos), el épico (épos) y el mítico (mythos). De nuevo, me resulta curioso que Juan elija lógos en su evangelio.

Ordet (1955)
Naturalmente, en todas las religiones la palabra tiene un papel intercesor. Desde la famosa ‘blasfemia contra el espíritu santo’ de la que nos advierten Marcos y Mateo hasta cualquier ritual o práctica mágica hablada, pasando por los mantras del yoga. El psicoanálisis, por más laico y científico que se nos presente, parte exactamente de la misma hipótesis: que la palabra cura o hace enfermar. Y Platón dice algo muy similar al final de su Fedón:

εὖ γὰρ ἴσθι, ἦ δ᾽ ὅς, ὦ ἄριστε Κρίτων, τὸ μὴ καλῶς λέγειν οὐ μόνον εἰς αὐτὸ τοῦτο πλημμελές, ἀλλὰ καὶ κακόν τι ἐμποιεῖ ταῖς ψυχαῖς.
Ya sabes bien, querido Critón, que la impropiedad en el uso de las palabras no sólo perjudica la expresión de las ideas, sino que también conlleva un daño a las almas.
Platón, Fedón, 115e
Como siempre, hay opiniones para todo. La palabra puede ser un accidente biológico (sin duda, de los más útiles) o una ventana hacia uno mismo o, incluso, el más allá. Es posible, al fin y al cabo, que ambas visiones no sean tan contradictorias.

30 jul. 2017

Un latinista y un helenista

Hace dos años citaba un prefacio de Dorothea Wender sobre las diferencias entre los latinistas y los helenistas. Hoy me gustaría recuperar la cita para comentarla; véase Dorothea Wender, Roman Poetry: From the Republic to the Silver Age, Southern Illinois University, 1980, pg. ix:
There are many ways of dividing up classics professors (...). But one of the sharpest divisions among them is that between Hellenists and Latinists, or students of Greece versus those of Rome. Hellenists, it is said, are Democrats; Latinists vote Republican. Hellenists have longer hair; Latinists wear three-piece suits. Hellenists are enthusiastic about Big Ideas; Latinists grow warm over fine points of style. Hellenists are perpetual adolescents; Latinists were born middle-aged. The clever reader no doubt gets the idea. 
Existen muchas maneras de dividir a los profesores de clásicas (...). Pero una de de las divisiones más fuertes entre ellos es la que distingue entre helenistas y latinistas, o los estudiosos de Grecia contra los de Roma. Los helenistas, se dice, son demócratas; los latinistas votan a los republicanos. Los helenistas llevan el pelo más largo; los latinistas visten vestidos de tres piezas. Los helenistas son entusiastas de las grandes ideas; los latinistas se acaloran por buenos detalles de estilo. Los helenistas son adolescentes perpetuos; los latinistas nacieron adultos. Sin duda, el lector perspicaz capta la idea.
Quede dicho de antemano que ésta me parece una excelente manera de empezar un libro de filología clásica, y que comparto el trasfondo del texto porque yo mismo he podido experimentarlo y corroborarlo con mis colegas de universidad.
De hecho, hace poco charlaba de ello con mi pareja. Se me ocurrió entonces comparar la actitud del helenista y la actitud del latinista con el simbolismo de la Escuela de Atenas de Rafael. Veamos.
Platón tiene el Timeo en su mano. El Timeo es el diálogo más ‘elevado’ de Platón: en él se expone su cosmogonía mítica, y fue catalogado como divino por los renacentistas. Esto encaja con el gesto de su otra mano, señalando al cielo, es decir, a las ideas puras, a la contemplación, a la introspección y al racionalismo. Todo lo opuesto al gesto de Aristóteles, que casi obliga a su maestro a poner los pies en la tierra, en una clara defensa del empirismo, de los hechos, de la inducción y de la obediencia a los sentidos.
Para mí, y obviamente esto es una lectura privada sin correlación con las intenciones del autor del cuadro, Platón encaja mucho con el perfil de ‘helenista’ y Aristóteles con el de ‘latinista’. El helenista, citando a Wender, es ‘entusiasta de las grandes ideas’, y añadiría yo, de las generalizaciones, de las teorías. El griego clásico es una lengua muy fluctuante: tiene artículo –a diferencia del latín-, y abunda en matices morfológicos –el latín también los tiene, pero a pequeña escala-. El latín clásico es una lengua más seca que el griego: abunda en adjetivos –por eso es la lengua de la botánica- y es enormemente conciso. El latinista es un ser detallista y práctico por naturaleza: la filosofía es cosa de los griegos, como la mayoría de ciencias teóricas (matemáticas), que los romanos encontraron interesantes sólo en la medida en que se pudieran aplicar al día a día: ya fuese elaborando una ética de corte práctico (Séneca, Cicerón), ya fuese edificando mediante la ingeniería. Las grandes ideas de la antigüedad son griegas; a los romanos -y a sus seguidores- les resta su aplicación práctica y una pasión por el detalle minucioso.
Estas distinciones sólo son generalizaciones y tendencias, naturalmente, pero son muy productivas también en otras ciencias. Por ejemplo, muchos filósofos dividen su disciplina entre la filosofía analítica e insular y la filosofía discursiva y continental; muchos lingüistas se dividen a ellos mismos entre los generativistas y los cognitivistas. De ello, incluso, se han llegado a inducir tendencias políticas, como Wender hace con los filólogos: ‘los helenistas, se dice, son demócratas; los latinistas votan a los republicanos’. Para mí, tiene mucho sentido.
Naturalmente, la mayoría de filólogos sabemos (y damos clase de) latín y griego. No son excluyentes para nada, sino complementarios. Pero pienso que todos tenemos nuestras preferencias. Las mías oscilan con los años. Últimamente me siento más latinista, por ejemplo, pero en los últimos siete años he sido muy filoheleno. Qué se le va a hacer...

Es francés

En una entrevista de El País al historiador británico Robin Lane Fox hecha en 2008, el académico de Oxford desacredita a un orientalista, Pierre Briant, porque “es francés”.


29 jul. 2017

La dieta del pomelo

αἱ λεπταὶ καὶ ἀκριβέες δίαιται, καὶ ἐν τοῖσι μακροῖσιν αἰεὶ πάθεσι, καὶ ἐν τοῖσιν ὀξέσιν, οὗ μὴ ἐπιδέχεται, σφαλεραί. καὶ πάλιν αἱ ἐς τὸ ἔσχατον λεπτότητος ἀφιγμέναι δίαιται, χαλεπα: καὶ γὰρ αἱ πληρώσιες αἱ ἐν τῷ ἐσχάτῳ ἐοῦσαι, χαλεπαί.

La excesiva y rigurosa dieta es arriesgada, tanto en las enfermedades largas como en las agudas, en que no es conveniente. Los efectos de un régimen debilitante y prolongado son difíciles de reparar, y lo mismo sucede con los de una repleción extrema y continuada.

Hipócrates, Aforismos, 1.4

25 jul. 2017

Epicuro no fumaba

τὰς φαύλας συνηθείας ὥσπερ ἄνδρας πονηροὺς πολὺν χρόνον μέγα βλάψαντες τελείως ἐκδιώκομεν. 
Desterremos los malos hábitos como desterraríamos a unos hombres que nos hubieran estado perjudicando mucho tiempo. 
Epicuro, Sentencias Vaticanas, 46.

Palo verde

En castellano, la Parkinsonia aculeata recibe nombres vulgares como ‘cinacina’, ‘espino de Jerusalén’ o ‘palo verde’. Este último nombre ha trascendido al inglés, donde la llaman ‘Mexican palo verde’. Me fascina la enorme inventiva del creador de su nombre.

Parkinsonia aculeata

24 jul. 2017

El doble de amigos

Nam in hominum aetate multa eveniunt huius modi: 
capiunt voluptates, capiunt rursum miserias, 
irae interveniunt, redeunt rursum in gratiam. 
Verum irae si quae forte eveniunt huius modi 
inter eos, rursum si reventum in gratiam est, 
bis tanto amici sunt inter se quam prius.  

Porque en la vida de los mortales ocurren muchas cosas de la siguiente manera: obtienen placer, y luego penas, se interponen los enfados, y luego vuelven a ser amigos. Cierto es que si los enfados que han venido de esta manera entre ellos se vuelven amistad, entonces esos dos son el doble de amigos que antes.  

Plauto, Anfitrión, 938-943.

20 jul. 2017

La bicicleta de Platón

Ramon Casas, Ramon Casas i Pere Romeu en un tàndem

Recuerdo haber ido al festival romano Tarraco Viva hace ya unos cuantos años. Pude asistir a las luchas de gladiadores y a un mercado romano. Vi a abogados con toga y a legionarios con un casco Gálico-imperial. Había un centurión, caballos y garum. Me impresionó, igual que a todos, ver hasta qué punto era distinto y exótico para mí aquel mundo de hace dos mil años.

Exótico es la palabra. El mundo clásico es exótico para nosotros cuando lo vemos representado. Las armas de hierro, los vestidos, los peinados, la comida o la bebida no son los de nuestra época. Tampoco sus edificios, su escultura o sus costumbres. Quizás, en parte, por eso nos fascina tanto. En otro sentido, sin embargo, el mundo clásico es de lo menos exótico que hay.

Me refiero aquí al aspecto intangible de nuestra cultura. Hoy en día nadie que viva en Francia, España o Estados Unidos diría que es romano o griego, en gran parte porque la Edad Media y los nacionalismos del siglo XIX supusieron un corte en nuestra percepción identitaria. Y, no obstante, tengo la impresión de que somos herederos directos de aquel mundo en todo cuanto no sea material.

En general, se perciben las lenguas clásicas como unos artefactos anticuados. Saber latín y griego clásico es como saber manejar un submarino de 1930, o el avión de los hermanos Wright, o, para enlazar con el título de esta entrada, como saber manejar una bicicleta del siglo XIX. Nosotros ya no hablamos latín ni griego, se opina, del mismo modo en que tampoco viajamos en submarinos, aviones o bicicletas anticuados.

Yo tengo la impresión de que hay algo que falla en esta comparación. Saber latín y griego no es equiparable a saber manejar un velocípedo de 1830. Es más equiparable a saber explicar el modelo de las bicicletas actuales. Y es que, en efecto, la lengua, la ciencia, la cultura, el pensamiento y la política –nuestra bicicleta, en definitiva- están impregnados de una serie de cuestiones hereditarias.

Problemas ‘actuales’ como la justa repartición de la tierra son, realmente, milenarios - en época romana, los hermanos Graco perdieron la vida intentando solucionarlos; las humanidades no tenían futuro ni siquiera en la Roma imperial, nos advierte Juvenal en su sátira séptima; la difusa frontera entre el arte y la pornografía ya fue advertida por Augusto, quien censuró los poemas de Ovidio; el hecho de que siempre se absuelva al acusado en caso de duda es una idea genuinamente romana; saber que la naturaleza no siempre es amiga nuestra es una noción griega que los médicos de hoy en día tienen clarísima. Etcétera y más etcétera.

Nuestro calendario, alfabeto, lengua, derecho, religión, costumbres y moral son romanos. Todos hablamos un mal latín la mayor parte del tiempo, y los científicos, cuando quieren hablar y pensar de forma más específica, se pasan siempre al griego. Y es que por más curioso que nos parezca su mundo material, yo creo que la bicicleta de Platón es nuestra bicicleta, porque no hemos dejado de ser ni griegos ni romanos en muchos sentidos.

19 jul. 2017

Glaucopis

En la Ilíada y en la Odisea, el adjetivo o epíteto por excelencia de Atenea es γλαυκῶπις, glaucopis, “de mirada verde”. Así en los siguientes pasajes:


τὸν δ᾽ αὖτε προσέειπε θεὰ γλαυκῶπις Ἀθήνη:
ἦλθον ἐγὼ παύσουσα τὸ σὸν μένος, αἴ κε πίθηαι,
οὐρανόθεν: πρὸ δέ μ᾽ ἧκε θεὰ λευκώλενος Ἥρη
ἄμφω ὁμῶς θυμῷ φιλέουσά τε κηδομένη τε.

A éste respondió a su vez Atenea de mirada verde: “He venido desde el cielo para hacer cesar tu ira, si obedeces; Hera, de brazos blancos, me ha enviado porque os quiere a ambos y se preocupa por vosotros”.

Homero, Ilíada, I, 206-210

Cf.:
αὐτὰρ Τηλέμαχος προσέφη γλαυκῶπιν Ἀθήνην,
ἄγχι σχὼν κεφαλήν, ἵνα μὴ πευθοίαθ᾽ οἱ ἄλλοι:

Telémaco le habló a Atenea de mirada verde, con su cabeza cerca, para que los demás no se enterasen.

Homero, Odisea, I, 156-157


El adjetivo glaucopis no sólo se lo encuentran los helenistas que lidian con Homero, sino también los biólogos, pues una especie de picaflor suramericano lleva el nombre de Thalurania Glaucopis.

Thalurania Glaucopis

No es lo que parece

οὔ μοι δικαίως μοιχὸς ἁλῶναι δοκεῖ
Κριτίης ὁ Χῖος ἐν κασωρικῷ δούλῳ.

Me parece que es injustamente como ha sido convicto de adulterio Critias el de Quíos en un burdel.

Hiponacte, Fragmento 30.

18 jul. 2017

Ascendencia

crede non illam tibi de scelesta
plebe dilectam, neque sic fidelem,
sic lucro aversam potuisse nasci
matre pudenda.

Créetelo: no la has escogido de la vil plebe; una chica tan fiel, tan desinteresada, no puede haber nacido de una madre infame.

Horacio, Odas, II, 4


La cuarta oda de Horacio loa a una chica de clase baja y a su amante, a quien el propio Horacio advierte que no sospeche de sus intenciones pues el poeta acaba de cumplir ya cuarenta años. Es posible que el adjetivo desinteresada (lucro aversam) sea irónico.

Sea como fuere, me parece interesante ver cómo el poeta romano pone de manifiesto la importancia de la ascendencia en los últimos versos, como si la villanía de las clases bajas se heredase. En el Nuevo Testamento éste será un argumento recurrente.

Entradas relacionadas:

· El fruto de los árboles

17 jul. 2017

Los poetas no tienen futuro

Michael von Albrecht & al., A History of Roman Literature, 1994, Munich (ed. inglesa de 1997, Brill, vol. I, pg. 1020):

7: (Intellectuals in Rome): There is no future for poets (1-97), historians (98-104), advocates (105-149), teachers of rhetoric (150-214), or grammarians (215-243).
7: (Intelectuales en Roma): No hay futuro para los poetas (1-97), historiadores (98-104), abogados (105-149), profesores de retórica (150-214), o gramáticos (215-243).


Este es el resumen de von Albrecht de la sátira séptima de Juvenal. Es posible que las humanidades nunca hayan tenido demasiado futuro...

14 jul. 2017

El intelectual

José Ferrater Mora, Del intelectual y de su relación con el político, 1945, en Variaciones sobre el espíritu, ed. Sudamericana, Buenos Aires, pg. 23-24:

Alguien me replicará que el intelectual se pone con frecuencia al servicio de ideas erróneas, de sentimientos mezquinos, de valores falsos. Es absolutamente cierto. Pero es precisamente entonces cuando el intelectual deja de serlo. Porque no hay duda: cuando la inteligencia trabaja honradamente, no descubre jamás realidades torpes.

pg. 24:

Pues el auténtico intelectual es siempre humilde, humilde ante las cosas y las ideas, aunque a veces sea desenfadadamente orgulloso ante ciertas personas, que no son precisamente las que poseen escasas luces, sino las que se creen con el derecho de proyectar sombra sobre todas las luces. 
(...) 
El verdadero intelectual sabe, en cambio, que toda idea implica siempre su contraria y que su misión no es imponerlas, sino descubrirlas y averiguar sus límites. 
(...) 
(El intelectual) es todo lo contrario del hombre de una sola idea y de un solo libro.

pg. 38:
El fanático es lo inverso del intelectual, como es lo inverso del político, porque es, podríamos decir, un híbrido producto de estos dos seres.

pg. 39:

Aunque hijo de su época, el intelectual está siempre un poco al margen de toda época.

Ferrater Mora

9 jul. 2017

Heliotropo

El género de plantas heliotropium recibe su nombre de las palabras griegas sol (ἥλιος) y girarse hacia (τρέπω). Yo propongo aplicarlo a los turistas británicos de la Costa Brava.

Heliotropo

Jamás doy mi opinión

καὶ ὅπερ ἤδη πολλοί μοι ὠνείδισαν, ὡς τοὺς μὲν ἄλλους ἐρωτῶ, αὐτὸς δὲ οὐδὲν ἀποφαίνομαι περὶ οὐδενὸς διὰ τὸ μηδὲν ἔχειν σοφόν, ἀληθὲς ὀνειδίζουσιν. 
Y como muchos ya me han acusado, pregunto a los demás, pero yo mismo jamás doy mi opinión sobre nada, precisamente por no saber nada de nada. Esto es totalmente cierto. 
Platón, Teeteto, 150c

Cleopatra

Indro Montanelli, Storia di Roma, 1959, Milán (trad. Domingo Pruna, 1961, Barcelona, ed. Plaza & Janes, pg. 202):
No muy guapa, pero rebosante de sex-appeal, rubia, serpentina, sabia maestra en polvos de arroz y cosméticos, con una voz melodiosa que no correspondía en absoluto, como a menudo sucede, a su temperamento ambicioso y calculador, lo suficientemente intelectual para sostener con brío una conversación y absolutamente ignorante de todo cuanto pudiera parecerse al pudor, ...

6 jul. 2017

Una naturaleza hostil

Recientemente, en Laudator Temporis Acti se ha publicado una entrada con un fragmento de las Epístolas de Pseudo-Hipócrates. Me ha parecido un excelente ejemplo de cómo algunas ideas griegas han influido directamente en la ciencia y la medicina actual. Veamos el pasaje:
οὐχ' ὁρῇς, ὅτι καὶ ὁ κόσμος μισανθρωπίης πεπλήρωται; ἄπειρα κατ' αὐτῶν πάθεα ξυνήθροικε. ὅλος ἄνθρωπος ἐκ γενετής νοῦσός ἐστι· τρεφόμενος ἄχρηστος, ἱκέτης βοηθείης· αὐξανόμενος ἀτάσθαλος, ἄφρων διὰ χειρὸς παιδαγωγίης· θρασὺς ἀκμάζων, παρακμάζων οἰκτρός, τοὺς ἰδίους πόνους ἀλογιστίῃ γεωργήσας·  
¿Acaso no ves que incluso el cosmos está lleno de odio hacia los hombres? Habitan en él infinitos dolores para la humanidad. El hombre entero es una enfermedad desde el nacimiento: mientras se le alimenta, es inútil y suplica ayuda; mientras crece, es presuntuoso y un estúpido a las manos de su tutor; en su esplendor es insolente, y de viejo da lástima, con los muchos dolores que conlleva su insensatez. 
Pseudo-Hipócrates, Epístolas, 17.9

En efecto, los griegos fueron los primeros en formular la idea de que la naturaleza es de una hostilidad considerable para el hombre. Véase Roger James, Understanding Medicine, 1970, Harmondsworth, Middlesex (trad. Elena Armedo Soriano, 1994, ed. del Prado, Madrid, pg. 13-14):

Debe ocupar un pimerísimo lugar en la lista de las interpretaciones equivocadas el confuso concepto sobre la Naturaleza arraigado en la mentalidad de la gente por frases hechas del tipo “La Naturaleza nunca se equivoca”, y “hay que dejar actuar a la Naturaleza”.  Estos sustitutos del pensamiento son utilizados para apoyar posturas de desaprobación ante cualquier medida, desde la fluorificación del agua de bebida hasta la aceptación de medidas terapéuticas médicas de probada eficacia. Incluso si admitimos la dudosa posibilidad de conceder a la Naturaleza inteligencia y capacidad de lucha, no podemos olvidar la suposición implícita de que la Naturaleza está de nuestro lado, suposición que es una reminiscencia de la idea de que Dios, creador y preservador de toda la especie humana, se pone siempre de nuestro lado en cualquier combate. 
(...) 
Podemos decir, si queremos, que, en general, la Naturaleza está efectivamente de nuestro lado. Pero cuando sabemos que la Naturaleza está en contra nuestra, y cuando sabemos, gracias a anteriores experiencias, que las consecuencias de la falta de acción son el empeoramiento del proceso o la muerte, entonces nos interesa combatir a la Naturaleza, si vemos alguna posibilidad de vencerla.

2 jul. 2017

Satán era persa

Jesús Mosterín, Los judíos, 2006, Madrid, Alianza Editorial (reedición de 2015, pg. 69):

Durante los siglos de teocracia yahvista bajo tutela política persa, la influencia cultural de la religión de los persas se hizo sentir sobre el judaísmo, como era de esperar. En los textos de esa época aparecen por primera vez temas típicos de la religión mazdeísta, pero completamente ajenos al yahvismo preexílico, tales como la figura de Satán, las jerarquías de ángeles y demonios, el juicio final y la inmortalidad del alma. En el Iyyob (Job) y en el Dibré ha-yamim (Crónicas) aparece Satán como adversario de Dios y factor del mal, en claro reflejo de la concepción dualista persa. A la idea de un Satán opuesto a Dios se une la de un juicio final y una vida después de la muerte, con premios para los humanes (sic) que en esta vida hubieran estado con Dios y castigos para los que hubieran estado con Satán. Estas ideas persas, a través del judaísmo, acabarían pasando al cristianismo y al islam.

Les Trésors de Satan, de Jean Delville