9 ago. 2017

Perversiones semánticas

Que la lengua es de los hablantes es una máxima aceptada ya, incluso, por las instituciones lingüísticas más oficiales que tenemos. El mismo paso del tiempo vuelve inevitables los cambios lingüísticos, por lo general evidentes cuando se trata de préstamos que oímos por primera vez (hipster, smartphone, selfie...), pero no tanto cuando operan a un nivel mucho más sutil. Me refiero aquí a la semántica, es decir, a cambios en el significado de palabras que ya existían.

Me vienen ahora a la memoria algunas ‘perversiones semánticas’ castellanas que comprobé cuando estudiaba latín. Por ejemplo, en latín una vagina es una funda de una espada; semen significaba ‘semilla’, excrementum, ‘poso’ y violare, ‘volver violeta’, si mal no recuerdo. De un modo análogo, un profesor de griego nos comentó, en primero de carrera, que en griego clásico la palabra filólogo (φιλολόγος) significaba ‘charlatán’, y que no fue hasta la época helenística que se especializó para designar el trabajo de los archivistas de la biblioteca de Alejandría.

Pero exceptuando este último caso, lo más habitual es que una palabra se ‘degrade’ en su semántica. Hace ya un tiempo que hemos presenciado la sutil degradación de un adjetivo que, además, me concierne profesionalmente: ‘magistral’. En origen, ‘magistral’ (del latín magister, ‘maestro’) era una cualidad cien por cien positiva, pero los pedagogos se encargaron de devaluarla: una clase magistral, una explicación magistral o un libro magistral ya no son vistos con buenos ojos. Que te digan que eres un profesor magistral es ya peyorativo.

En otra línea, se han llegado a convertir en sinónimos dos palabras latinas que, en origen, eran opuestos. Me refiero aquí a ‘radical’ y ‘extremo’. Se usan indistintamente, pero ‘radical’ deriva de radix, ‘raíz’, y hace referencia a algo nuclear y esencial, mientras que ‘extremo’ deriva de extremus, ‘último’, y hace referiencia a algo postrero y tangencial. Por ejemplo, el ‘cristiano radical’ debería ser aquél que toma la doctrina cristiana como base, mientras que el ‘cristiano extremo’ es el que la lleva a sus últimas consecuencias. Un matiz que se ha perdido por completo, desgraciadamente.

Hay también un problema con las ‘fobias’. Stricto sensu, la ‘xenofobia’ es el miedo a los extranjeros. Si tu vecino es un racista, quizás el término más adecuado sería ‘misóxeno’. La cosa se complica con términos como ‘homofobia’, literalmente ‘miedo a los iguales’. Naturalmente no vamos a cambiar nada de esto, pero sigo pensando que empobrecer la lengua es empobrecer el pensamiento.

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