28 feb. 2018

Filología Europea

Quienes nos dedicamos al latín y al griego recibimos el apelativo de ‘freaks’ por parte de gente que cree que el latín y el griego es cosa de romanos y griegos. No. Es cosa de Europa y de Occidente: Erasmo, Vesalio, Newton, Descartes o Leibniz escribieron en latín. Hasta 1922, un examen de latín era obligatorio para acceder a cualquier carrera de las universidades anglosajonas. Y hasta el s. XVIII, las tesis doctorales se tenían que escribir en latín en Europa. Hasta el siglo XIX la geometría se enseñaba con los Elementos de Euclides, a veces incluso leídos en griego clásico. Las fórmulas y definiciones del derecho civil se aprendían en latín hasta bien entrado el siglo XX. Más del 80% del vocabulario médico actual contiene raíces griegas y latinas. Hasta 1962, las misas se hacían en latín. Todavía hoy, todas las especies de la biología reciben nombres latinos. Las falacias reciben nombres latinos en filosofía, y las abreviaturas de los elementos de la tabla periódica responden a su nombre latino. El himno de Europa está en latín, así como el himno de las universidades y los lemas de los países occidentales. La palabra “Filología Clásica” es una invención reciente. Antes, el latín y el griego eran las Litterae Humaniores, “las letras más humanas”. Quizás valdría la pena renombrarla “Filología Europea” o “Occidental” para recuperar su espíritu.

27 feb. 2018

Nieve

Non semper imbres nubibus hispidos 
manant in agros aut mare Caspium 
vexant inaequales procellae 
usque nec Armeniis in oris,  
amice Valgi, stat glacies iners 
mensis per omnis aut Aquilonibus
querceta Gargani laborant 
et foliis viduantur orni.  
No siempre las lluvias caen sobre los campos salvajes desde las nubes, ni los vendavales caprichosos sacuden el mar Caspio, ni, amigo Valgi, el hielo inerte se mantiene por todos los meses en los confines de Armenia, ni los robles del Gargano caen con los vientos nórdicos, ni los fresnos se quedan viudos de hojas. 
Horacio, Odas, II, 9, vv. 1-8
...Y precisamente por ser excepcional por estas tierras, como ya lo era para Horacio, la nieve me fascina. A continuación, una foto del rey de la casa desde Solsona hecha por mi pareja.

26 feb. 2018

La mayoría de los hombres

Henry David Thoreau, Walden, 1854 (trad. Marcos Nava García, 2017, Madrid, pg. 30):
La mayoría de los hombres, incluso en este país relativamente libre, por mera ignorancia y error, está tan preocupada con los cuidados facticios y las tareas rudas pero superfluas de la vida que no puede recoger sus mejores frutos. Sus dedos, de tanto trabajar, son en exceso zafios y tiemblan demasiado para ello. En realidad, el hombre trabajador y esforzado carece de tiempo libre para desarrollar una vida cotidiana íntegra y propia, ni siquiera puede mantener las relaciones más viriles con otros hombres, pues su trabajo se depreciaría en el mercado. No tiene tiempo de ser otra cosa que una máquina.

Cf. Walter Burkert, Creation of the Sacred: Tracks of Biology in Early Religion, 1996 (Harvard University Press, pgs. 3-4, mi traducción):
Por encima de todo hay similitudes básicas en todas las formas de la cultura humana, en tanto que en todas partes la gente come, bebe y defeca, trabaja y duerme, disfruta del sexo y procrea, enferma y muere. No hay objeción alguna en el carácter general o biológico de estos procesos. Los antropólogos culturales dirán que son triviales: son sólo las elaboraciones y diferencias culturales que hacen estos fenómenos interesantes de alguna forma. Pero están ahí.

Jean François Millet, El Ángelus

25 feb. 2018

La bondad propia

Michel de Montaigne, Ensayos, 1595, vol. I, cap. XIV (Que la apreciación de los bienes y de los males depende en gran manera de la opinión que tenemos sobre ellos, traducción propia):
La fiance de la bonté d’autruy est un non leger tesmoignage de la bonté propre: partant la favorise Dieu volontiers. 
La confianza en la bondad de las otras personas es una gran prueba de la bondad propia: por lo tanto, Dios la favorece con gusto.

Recuerdo haber leído hace tiempo una entrada en Laudator Temporis Acti sobre el tema. Los hombres juzgan a los demás tomándose a ellos mismos como referente, ya sea esto algo bueno o malo. Piensa el ladrón que todos son de su condición, decimos por aquí.

Qué ironía

Indro Montanelli, Storia di Roma, 1959, Milán (trad. Domingo Pruna, 1961, Barcelona, ed. Plaza & Janes, pg. 228):
Horacio, en lo más recio del combate, tiró yelmo, escudo y espada y se volvió a Atenas para escribir una poesía sobre lo noble y dulce que es morir por la patria.

21 feb. 2018

El latín en la adolescencia

Saturno

Los dioses grecorromanos han pervivido en nuestro imaginario. Y con ellos, sus nombres, representaciones artísticas y atributos. Por ejemplo, el dios guerrero Marte, el dios del trueno Júpiter o la diosa del amor Venus. Cuando les hablo de ellos, mis alumnos sonríen siempre. “Esto ya nos lo sabemos”, me vienen a decir. Sin embargo, es remarcable cómo obvian, y cómo solemos obviar también nosotros, al dios Saturno y a sus atributos.

Saturno es un dios viejo. Simboliza la perseverancia, la constancia ante las adversidades, una comprensión madura del paso y los efectos del tiempo. Cualidades todas ellas que no son especialmente llamativas. Marte o Apolo ganan, y por goleada, a Saturno en cuanto a popularidad, por lo menos en mis clases con adolescentes.

La adolescencia es un producto cultural. No todas las sociedades tienen adolescencia. La pubertad es un hecho biológico que coincide con la adolescencia, pero que acaba siendo muy sobrepasada por ésta otra. Hoy en día hay adolescentes de cuarenta años. En la antigua Grecia, en cambio, dejabas de ser niño para ser adulto mediante un rito de paso. Actualmente la adolescencia cubre este intervalo, alargándose ad libitum según la persona.

Los atributos de Saturno resultan extraños, pasados de moda y desconocidos para un adolescente. Saturno es el viejo sabio en el que no se quieren convertir. Y el latín, empiezan a sospechar, es su Saturno particular. Es un vehículo hacia una verdadera comprensión de su propia lengua, de su propia historia, tradición y referentes. Dominar el latín exige varios años y mucha dedicación. Abrir el smartphone para consultar los mensajes instantáneos del chat, no.

La adolescencia prioriza el momento presente y la inmediatez. Es lo más natural del mundo, porque es una etapa pasajera e irrepetible. Su egocentrismo inherente, bien llevado, puede ser de lo más excitante. Por eso es la mejor edad para empezar a estudiar latín. Es casi una pura cuestión de contrastes.

Todos hemos oído conversaciones adolescentes. Dos chavales que llevan un año saliendo juntos ante la admiración absoluta de sus compañeros. ¡Un año! Cuando tienes quince años, un año es una eternidad. Cuando tienes cincuenta, un año no es ni una décima parte de tu vida.

Estudiar latín durante tres años para darte cuenta (por ejemplo, leyendo a Virgilio) de que a duras penas sabes nada de latín es una sensación inconcebible para ellos. Y quizás por esto es muy interesante que la empiecen a concebir. Se habla mucho de ‘cultura del esfuerzo’ –una expresión de lo más saturniana, por cierto-, y muy poco de lo recompensante y enriquecedor de ésta, de los horizontes mentales que puede llegar a abrirte. La sola idea de que haya conocimientos, ciencias y artes de una inconmensurabilidad indiscutible les asusta. Es como saltar al vacío. Pero hacerse adulto también lo es, y tendrán que hacerlo tarde o temprano. El latín, bien explicado y llevado, puede ser el puente que les ayude en ello.

20 feb. 2018

Horacio

Amo te, ama me, de Alma Tadema

quid leges sine moribus?
 
¿De qué sirven las leyes sin un cambio en las costumbres? 
Horacio, Odas, III, 24, v. 35

Horacio se ha convertido en mi poeta latino favorito. Recuerdo haber leído en más de una ocasión cómo algunos latinistas lo tienen cruzado. Para ellos, el latín es la cosa más solemne e importante del mundo. Por eso prefieren siempre a Virgilio, un poeta serio, cristiano avant la lettre y de tema épico y guerrero. Ovidio, por otro lado, se ocupa de la mitologia y de los amores (temas sin duda mucho menos importantes al juicio de los latinistas), y Horacio... Horacio es irónico, es fino, delicado y ambiguo en ocasiones. Esto pone muy nerviosos a algunos profesores de latín. Quidquid latine dicitur altius esse videtur, decían los medievales: “cualquier cosa que digas en latín parece más solemne”. Horacio “rebaja” el latín y su seriedad. Hay gente que no puede con esto. Sin duda, ellos se lo pierden: Horacio es sensacional.

En tercero de carrera lo traduje. Es un autor complicadísimo, como ilustra la cita que encabeza esta entrada. Horacio es sintético, conciso y parco en las palabras: hay que interpretarlo constantemente. Literalmente, quid leges sine moribus? significa “¿Por qué (hay) leyes sin costumbres?”, pero la traducción castellana debe especificar el sentido de la frase. El latín de Horacio –el buen latín- es siempre seco, como ya dije tiempo ha. El griego, en cambio, es más fluctuante y disuelto. Si el griego es un vino o una cerveza, el latín es puro licor. Es intenso por definición. Preguntad a Tácito, si no.

Además de la dificultad formal, Horacio presenta otros problemas. Me refiero aquí a los referentes que cita constantemente, y que hemos perdido por completo. Todos tenemos en mente, más o menos, los dioses grecolatinos y sus nombres y atributos, pero ¿y los nombres de los vientos romanos, de los vinos, de las fuentes, de los peces? Horacio se nutre de todas estas cosas. Es complicado de entender incluso en traducción. Yo diría que necesitas un filólogo al lado para comprender bien Horacio.

Un buen colega mío me dijo hace unos años que los romanos reconocían a sus tres grandes poetas –Virgilio, Horacio, Ovidio- por la musicalidad de sus versos. Los filólogos clásicos estamos a años luz de conseguir esto. Nos dedicamos a analizar la métrica latina, cuando esto es algo que debería entrar por el oído mientras comprendemos el poema. Sé de sobras que Horacio ya era difícil para los romanos (¡cómo no va a serlo para nosotros!), pero, citándole a él mismo, post equitem sedet atra Cura: “tras el jinete cabalga la negra Disciplina”. Es decir, vale la pena esforzarnos para entender a Horacio. Yo llevo un tiempo haciéndolo y la recompensa no tiene precio. Es más relajante que una clase de yoga, y, ante todo, es precioso. Es una pura delicia.

17 feb. 2018

Los únicos animales que hablan

La recursividad en un disco de Pink Floyd

Los únicos animales que hablan somos nosotros, los seres humanos. Uno puede comunicarse con su perro (incluso mediante palabras), con un delfín o con un gato, pero consideramos que hablar es una propiedad exclusiva del homo sapiens. El por qué de ello nos lleva a la pregunta por la esencia misma del lenguaje.

Los pájaros vocalizan. Los simios gesticulan. Los delfines entienden ciertas órdenes. Los neardentales tenían aparato fonétrico. Elementos todos ellos que, tomados por separado, son parte esencial del lenguaje. Podríamos decir que el ser humano los tiene todos. O, mejor aún, que tiene todas esas propiedades asociadas a la facultad del lenguaje.

Hay poquísimas cosas en las que estén de acuerdo todos los lingüistas. Una de las más aceptadas, sin embargo, es que la propiedad más esencial y nuclear del lenguaje humano es la ‘recursividad’. Como si de un juego de muñecas rusas se tratase, el mecanismo de la recursividad nos permite encadenar elementos a un nivel sintáctico. Por ejemplo:
1) La casa que está en la playa que se llena de turistas que visitan el pueblo que tiene una torre que parece un pez que...
Hasta el momento presente se considera que las producciones ‘lingüísticas’ de un pájaro o de un primate no tienen este mecanismo bien desarrollado y, por lo tanto, no podríamos referirnos a sus actos comunicativos como ‘lenguaje’. La recursividad permite abstraer, expresar ideas complejas, etcétera. Un lenguaje no-recursivo es puramente referencial, instantáneo y funciona solamente ad hoc para el momento presente.

Biológicamente se tiende a pensar que el lenguaje humano es una ‘casualidad’ evolutiva. Digamos que se juntaron nuestra capacidad cognitiva para el simbolismo y la abstracción, nuestro aparato fonétrico y nuestra capacidad recursiva para combinarse en un objeto que, paradójicamente, siempre hemos visto como algo monolítico: el lenguaje. Es muy posible que el lenguaje sea una combinación de elementos biológicos que, por separado, estén presentes en otras especies.

Los pájaros usan la recursividad para tejer sus nidos, por ejemplo. Una operación complicadísima que, además, realizan con su pico. Y es muy posible que tengan este mecanismo más desarrollado que nosotros, porque en la frase anterior de 1), rápidamente perdemos el hilo de lo que se nos estaba contando. Un golpe más al antropocentrismo...

15 feb. 2018

Un rap ofensivo

Las comedias de la antigua Grecia estaban en verso. Esto no significa que las frases rimaran, sino que tenían una musicalidad basada en una alternancia concreta de vocales largas y breves. Una especie de hip hop, digamos. Resulta curioso, cuanto menos, que dos personajes se mofen e insulten mutuamente en una de estas comedias, prácticamente a modo de rap:
Πισθέταιρος: ταυτὶ τοιαυτί: μὰ Δί᾽ ἐγὼ μὲν πρᾶγμά πω γελοιότερον οὐκ εἶδον οὐδεπώποτε. 
Ἐυελπίδης: ἐπὶ τῷ γελᾷς; 
Πισθέταιρος: ἐπὶ τοῖσι σοῖς ὠκυπτέροις. οἶσθ᾽ ᾧ μάλιστ᾽ ἔοικας ἐπτερωμένος; εἰς εὐτέλειαν χηνὶ συγγεγραμμένῳ.  
Ἐυελπίδης: σὺ δὲ κοψίχῳ γε σκάφιον ἀποτετιλμένῳ. 
Pistéter: Aquí lo tienes; por Zeus que yo nunca había visto nada más gracioso en mi vida. 
Evélpides: ¿De qué te ríes? 
Pistéter: De tus pequeñas alas. ¿Sabes a qué te pareces mucho, con estas alas? A una oca pintada por un perdedor. 
Evélpides: Pues tú te pareces a un mirlo mal afeitado. 
Aristófanes, Pájaros, 801-6

13 feb. 2018

El nacimiento de una ciencia: Saussure y Chomsky



(Una breve introducción a la lingüística moderna)

El interés occidental por las lenguas y por el habla puede remontarse hasta tiempos muy remotos, pero no así el enfoque actual y científico que damos al estudio del lenguaje y de sus producciones. Si observamos las obras y esfuerzos de la filología alejandrina, de los gramáticos romanos y medievales y de los humanistas italianos del Renacimiento, veremos un interés por la lengua que va muy ligado a la escritura y a los textos, a la prescripción estilística y que se incluye siempre dentro del ámbito de las disciplinas humanísticas. Es posible que la única excepción a esta tendencia pueda encontrarse, tal vez, en las disquisiciones epistemológicas de Aristóteles y en la idea griega del habla como característica definitoria del ser humano. Si así fuera, entre la época de Aristóteles, el siglo IV a.C., y hasta la llegada de los gramáticos alemanes en el siglo XIX, todos aquellos que estudiaron el lenguaje y las lenguas se ocuparon siempre de asuntos muy distintos (estilo, corrección, ortografía) de los que preocupan actualmente a los lingüistas.

En efecto, la lingüística como ciencia es una invención relativamente reciente. Aunque no haya unanimidad al respecto, podemos considerar como el primer lingüista moderno a Sir William Jones. Orientalista y voraz políglota, Jones empieza a observar patrones en varias lenguas y a sistematizarlos ya en 1788. Por ejemplo, observa que palabras como los numerales o los términos familiares (madre, padre, abuelo...) son sospechosamente similares en su fonética en varias lenguas europeas y asiáticas. Sirva de ejemplo la palabra para el numeral cardinal siete:

Latín: septem
Persa: hafta
Griego antiguo: heptá
Inglés: seven
Antiguo indio: saptá
Alemán: sieben
Avéstico: hapta
Irlandés: seacht

Jones aplica ésta y otras comparaciones al latín, al griego antiguo, al gótico, al celta y al sánscrito (antiguo indio), lenguas que ha aprendido previamente, y deduce que estas similitudes no pueden ser fruto de la casualidad. Poco después, en 1816, Franz Bopp compara sánscrito, griego, latín, germánico y persa y observa una estructura y unos patrones idénticos en todas estas lenguas. Se propone entonces que la mayor parte de las lenguas europeas y algunas lenguas de Oriente Próximo provienen de una lengua anterior no documentada que llamamos proto-indoeuropeo.

Lo interesante ahora no es la caracterización del proto-indoeuropeo como tal –sus fonemas, estructura, evolución, etc.-, sino qué supuso para los gramáticos un descubrimiento de tal magnitud.
Franz Bopp
En primer lugar, situó la lingüística dentro de las llamadas “ciencias comparadas”, y, añadiría yo, también diacrónicas: el estudio de las lenguas se vuelve enciclopédico, enormemente descriptivo y por lo general empírico. Su objetivo es detallar una evolución histórica, con sus etapas y procesos. A su vez, conceptos como la ley fonética se asientan y estos gramáticos alemanes se reivindican como positivistas y científicos. Los primeros lingüistas modernos son todos indoeuropeístas en su origen y formación. Es decir, conocen perfectamente no sólo el latín y el griego sino también el sánscrito, el persa o el gótico, y estudian las relaciones y la evolución de todas estas lenguas a lo largo de los años.

Éste es el caso de Ferdinand de Saussure, sanscritista suizo cuyo Curso de lingüística general (1916) marcaría un antes y un después en la historia de nuestra ciencia. Las contribuciones de Saussure siguen vigentes actualmente en campos como la antropología, la sociología o la filosofía, aunque en el ámbito estrictamente lingüístico la mayoría de sus propuestas y su método fueron barridos con la llegada del Generativismo a mediados de los años cincuenta del siglo pasado. No obstante, Saussure marcó un antes y un después al dar preferencia al estudio sincrónico de las lenguas por encima del diacrónico o histórico. El lingüista suizo, además, dejó constancia de la arbitrariedad del signo lingüístico, una contribución elemental pero no por ello poco interesante. Con ella nos referimos al hecho de que no hay una relación real entre el signo lingüístico (la palabra en sí) y lo que éste significa: llamamos mesa a la mesa como podríamos llamarla de otra forma.

La otra gran contribución de Saussure, y que nos interesa mucho más aquí, es la distinción entre langue y parole. Para Saussure, la langue es la abstracción de un idioma, sus reglas y convenciones como sistema independiente, mientras que la parole son sus producciones concretas, sus frases, las derivaciones regidas por el sistema de la langue. Siguiendo una comparación del propio Saussure, si langue son las reglas del ajedrez, parole son los movimientos de los jugadores.

Saussure inaugura, en los años veinte del siglo pasado, la corriente lingüística del Estructuralismo, que acabaría por adaptarse al estudio de la literatura, de la antropología, de la mitología, etc. en casi todas las universidades europeas. Podemos considerar el Estructuralismo como la última gran tentativa del pensamiento occidental de sustentar distintas ciencias humanísticas bajo unos mismos principios teóricos. El fracaso definitivo de esta corriente, como mínimo en el ámbito lingüístico, tardaría unos treinta años en llegar.

Ferdinand de Saussure
Hay, sin embargo, tres aspectos del Estructuralismo que vale la pena comentar muy brevemente. Uno de ellos es la preferencia ya comentada por el estudio sincrónico de las lenguas por encima del diacrónico o histórico. Éste es un primer paso fundamental para poder comparar y observar afinidades entre lenguas más allá de si tienen o no una filiación histórica – cabe decir que hasta el momento, las lenguas sólo se comparaban si eran de la misma familia-. Las tipologías lingüísticas modernas –agrupaciones de lenguas por características comunes, sin importar su filiación histórica- deben su existencia a este primer paso metodológico de los estructuralistas.

Otro aspecto a destacar del Estructuralismo es que entiende el lenguaje como un sistema de unidades interconectadas, como una red de elementos que tienen sentido en la medida en que forman una estructura.

Finalmente, el Estructuralismo distingue distintos niveles lingüísticos heredados de la gramática tradicional, y que siguen siendo bastante operativos en la actualidad: fonemas, morfemas, categorías léxicas, sintagmas, oraciones y sintaxis oracional. Estos niveles son estudiados por la fonética, la fonología, la semántica y la sintaxis, disciplinas más o menos relacionadas en algunos puntos.

Para mediados de los años treinta del siglo pasado, las distintas aproximaciones de la lingüística entienden las lenguas humanas de las siguientes formas:

(i) Como una abstracción regulada de una serie de producciones
(ii) Como un fenómeno histórico, social y/o cultural
(iii) Como una herramienta de comunicación

Algunas concepciones, como (ii) y (iii), son compatibles entre ellas, pero en otros casos es más complicado conciliar las dos o más visiones. En cualquier caso, es interesante remarcar que tanto la Gramática comparada como el Estructuralismo operan en un nivel descriptivo, y son teorías altamente taxonómicas o clasificatorias. Con esto nos referimos a que se limitan a describir las producciones lingüísticas y algunos de sus patrones de funcionamiento.

Para encontrar una teoría que, además de describir las lenguas humanas, ofrezca una explicación en términos cognitivos del lenguaje humano, nos tendríamos que esperar a las aportaciones de Zellig Harris y especialmente Noam Chomsky a mediados del siglo pasado. Hasta ese momento, las relaciones entre la mente humana y nuestra facultad para hablar parecieron no interesar a la lingüística; de hecho, quienes se ocuparon de esto habían sido filósofos como Wilhelm von Humboldt en el siglo XIX. Quizás la única excepción a esto fueron las sugerencias sobre Relativismo lingüístico (hipótesis Whorfiana) hechas por algunos antropólogos y estructuralistas americanos, en las que se defendía que cada lenguaje humano comporta una forma propia de pensar y ver el mundo.

La gran crítica de Chomsky a los estructuralistas saussurianos fue su falta de una teoría explicativa en un sentido propio del término. Las teorías lingüísticas del momento se limitaban a describir algunas
Noam Chomsky
pautas y hábitos de un corpus cerrado de datos lingüísticos. Chomsky insiste en la idea de que la lingüística no debe describir primordialmente un conjunto finito de producciones (frases escritas en libros, grabadas en cintas, etc.), sino tratar de explicar y predecir todas las posibles (e ilimitadas) oraciones bien formadas de una lengua. Para Chomsky, el problema fundamental del lenguaje humano radica en que unos medios finitos dan lugar a un número potencialmente infinito de oraciones, un problema que nunca preocupó a los estructuralistas.

Pero además, aduce Chomsky, una teoría del lenguaje no puede limitarse a describir una serie de producciones lingüísticas, de la misma manera que un científico no puede limitarse a describir los fenómenos de la naturaleza, sino que busca una explicación para ellos y se sirve de éstos para experimentar. De este modo, Chomsky sitúa de lleno el lenguaje como una facultad cognitiva humana, es decir, lo naturaliza (lo hace objeto de estudio de las ciencias naturales), y al hacer esto distingue dos niveles que una teoría lingüística debe satisfacer: el nivel descriptivo y el nivel explicativo.

El nivel descriptivo se satisface cuando una gramática (es decir, una teoría de una lengua) consigue detallar la competencia de un hablante en su lengua nativa y consigue proporcionar las reglas con las que se forman las producciones (frases) de una lengua. Así, el concepto tradicional de “corrección” se sustituye por el de “gramaticalidad”: una producción ya no es correcta o incorrecta, sino posible e interpretable dentro de su gramática o no. Por ejemplo, la palabra inempleable no aparece en ningún diccionario del español, pero es gramatical porque la hemos formado siguiendo las reglas fonológicas de nuestra gramática (in-emple-able: que no puede ser empleado).

El nivel explicativo se satisface cuando una gramática consigue ofrecer una explicación del lenguaje en términos cognitivos. En una primera fase, Chomsky critica el Estructuralismo por estudiar el francés, el inglés, el italiano, etc. y obviar, en cambio, qué hace posible que podamos hablar en esas lenguas. Así, después de Chomsky, el lingüista es alguien que ha pasado de estudiar las lenguas humanas para estudiar la facultad humana del lenguaje, es decir, aquella capacidad cognitiva humana que nos permite hablar en francés, en inglés, en italiano, etc. En una primera fase, la tarea primordial de la lingüística es caracterizar el lenguaje humano a partir de las distintas lenguas del mundo.

De este modo, si comparamos dos lenguas sin filiación histórica, como el español y el zapoteca, a priori esperamos encontrar muchas diferencias en la morfología y el léxico: las palabras de ambas lenguas no tienen nada que ver en su fonética, ni tampoco sus marcas de plural, de primera persona o de femenino. No obstante, esperamos que español y zapoteca, por el mero hecho de tener un sustrato biológico común (lenguaje), por el mero hecho de ser hablados y entendidos por homines sapientes, compartan algunas características: una estructura jerárquica de los constituyentes, que presenten dependencias de larga distancia, que usen el mecanismo de la recursividad, que hagan distinciones aspectuales entre predicados, etc.

Las lenguas del mundo son muy diferentes entre sí tan sólo en algunos niveles. Como acabamos de ver, nos referimos aquí básicamente a la morfología. Pero en otros aspectos, como la sintaxis, creemos que todas las lenguas del mundo, incluidas las lenguas de signos, se rigen por unos mismos principios.

Encontrar y detallar estos principios es la tarea del Generativismo en una primera fase. El padre de esta corriente, Noam Chomsky, aboga por escalar desde el nivel descriptivo del estudio de las lenguas hacia el nivel explicativo. Así, la colosal tarea de detallar las lenguas humanas y su funcionamiento interno nos debería permitir caracterizar la facultad del lenguaje subyacente. Estos principios universales que todas las lenguas siguen son designados con el tecnicismo de Gramática Universal (GU).

El Generativismo ha ido “adelgazando” su Gramática Universal a lo largo de los años. Bajo un primer paradigma teórico del Generativismo que llamamos Rección y Ligamiento (inglés: Government & Binding, G&B), la Gramática Universal contaba con numerosas reglas y mecanismos relacionados con la asignación de caso (Rección) y la referencialidad de los constituyentes (Ligamiento). Para finales de los años ochenta del siglo pasado, Chomsky y Howard Lasnik reformularon su teoría bajo el nombre de Principios y Parámetros (inglés: Principles & Parameters, P&P), introduciendo la idea de que las lenguas humanas se pueden explicar con unos principios generales y comunes a todas las lenguas y unos parámetros específicos que pueden ser operativos o no en una lengua concreta. Los principios y los parámetros universales formarían la Gramática Universal que el Generativismo busca caracterizar.

El modelo teórico actual de los lingüistas generativistas sigue siendo Principios y Parámetros, aunque reformulado bajo las directrices del Programa Minimalista (inglés: Minimalist Program, MP), un marco de investigación que propone seguir las directrices de Principios y Parámetros pero considerando la Gramática Universal como un sistema perfecto. Para quienes siguen el Programa Minimalista, la Gramática Universal contiene tan sólo lo estrictamente necesario para que nosotros podamos comunicarnos lingüísticamente de forma satisfactoria.


(Continuará.)

12 feb. 2018

Orgías y muerte

Walter Burkert, Homo Necans, Berkeley, 1983, pg. 72:
Sexual reproduction and death are the basic facts of life. Mutually determinant and interwoven, both are acted out in the sacrificial ritual, in the tension between renunciation and fulfillment, destruction and reparation. The stele built on a grave can take the form of a phallus. Orgies and death are close neighbors. Thus, ritual itself serves in the process by which the group perpetuates its existence through death. 
La reproducción sexual y la muerte son los hechos básicos de la vida. Determinados mútuamente y entrelazados, ambos son representados en el ritual de sacrificio, en la tensión entre renuncia y compleción, destrucción y reparación. La estela sobre una tumba puede tomar la forma de un falo. Las orgías y la muerte son vecinos muy próximos. Así, el ritual mismo sirve en el proceso por el cual el grupo perpetua su existencia a través de la muerte. 

11 feb. 2018

El opio del pueblo



Karl Marx no había visto nada aún”, afirmaban Calvin y Hobbes sobre el ‘opio del pueblo’ y refiriéndose a la televisión. Yo añado: Calvin y Hobbes tampoco no habían visto nada aún. Que se hubiesen esperado a ver instagram o youtube.

A mí me encanta Marx. Es de los autores que más me han hecho pensar a lo largo de la vida. Quienes simpatizan con él suelen decirme que yo no soy marxista, pero quienes lo detestan me llaman marxista en seguida. En este sentido no sé cómo situarme. Digamos que compro el análisis materialista con la certeza in mente de que el materialismo no lo explica todo.

Hace poco leía una reflexión interesante. El marxismo es una de las corrientes teóricas con más tendencia a generalizar y a abstraer los grupos sociales y, por extensión, humanos. Se habla de ‘la burguesía’ o ‘del proletariado’ como entidades autónomas. Pero yo tiendo a pensar que a un nivel ético no tiene sentido hablar del Hombre (tampoco de la Burguesía o del Proletariado). De lo único que tiene sentido hablar es de los hombres, de los burgueses o de los proletarios, insisto, siempre que nos refiramos a la ética.  Me resulta difícil atribuir cualidades volitivas o responsables a una entidad abstracta.

Los analistas marxistas lo hacen con frecuencia. Por eso son deterministas. Yo creo en la libertad de los hombres –coartada en gran parte, eso sí, por las condiciones materiales-, y sobre todo creo en que debe cultivarse dicha libertad. No me refiero a las acciones, sino a un a prori para poder actuar. Me refiero a pensar, a la libertad de pensamiento.

Un concepto que nadie defiende, pero que es obligatorio para defender luego, por ejemplo, la libertad de expresión. La Universidad de Salamanca tiene un lema en latín: ‘Quod natura non dat, Salamantica non praestat’ (“Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo ofrece”). Y Gómez Dávila tenía aquella sensacional frase que decía “Hay un analfabetismo del alma que ningún diploma cura” (Escolios a un Texto Implicito, 1977, II, 469). Las dos frases van en la misma dirección y son muy poco materialistas. Nos hablan del deber a ejercer el pensamiento, seas de la clase social que seas.

Un materialista (no tiene por qué ser marxista) puede hablar de conceptos como ‘capital cultural’ y relacionarlo con el ‘capital económico’. Y puede que estadísticamente tenga razón: los ricos estudian más, tienen más acceso a la cultura, más conocimientos técnicos, etcétera. Pero el siguiente paso (¡ay!) es erróneo: atribuyendo cualidades humanas a una entidad abstracta, generalizar y obviar , por ejemplo, cuántas personas de este grupo ejercen realmente su pensamiento o su criterio.

Insisto: existen hombres, no el Hombre. Salamanca y Gómez Dávila lo vieron con claridad: por más dinero, medios, recursos, padres educados y títulos de Máster que ostentes, tienes el deber de cultivarte. Si no, la diferencia entre tú y una oveja se limitará a dos factores: la biología y el capital económico. Y quien piense que estos dos factores lo explican todo y no hace falta ir más allá, o bien no me ha entendido o bien no será bien recibido en Salamanca.

Depredadores de ciencias

Cortar el limón, una tarea difícil

Estos días voy ojeando los Cuadernos azul y marrón de Wittgenstein. Digo ‘ojeando’ y no ‘leyendo’ porque son francamente ilegibles. Las dos obras, editadas conjuntamente, son un puro compendio de reflexiones muy dispares sobre el lenguaje humano basadas en las propias impresiones del filósofo austríaco. Ni una mención a los estructuralistas, a Saussure, a la biología o a la ciencia cognitiva. Todo queda entre filósofos.

Una cosa es formular una pregunta estrictamente filosófica y otra formular una pregunta corriente y responderla filosóficamente. Wittgenstein hace siempre lo segundo, ignorando todo cuanto han dicho las demás disciplinas sobre el tema. La cosa es preocupante, propia de diletantes y peca de ‘filosofocentrismo’ –perdón por la palabra-.

Digo ya de antemano que me gustan muchos filósofos modernos. Gadamer, Frege, Polanyi, Huizinga, Hume, Schopenhauer, Stuart Mill, Ortega y Gasset, Feyerabend... Pero también creo que algunos filósofos viven aislados en una burbuja. Sobre todo, aquellos que creen poder opinar sobre absolutamente todo desde la filosofía.

Insisto: una pregunta filosófica tiene una(s) respuesta(s) filosófica(s), pero una pregunta corriente no. Es estúpido preguntarle a un filósofo por las valencias del azufre, por ejemplo.

Algunos filósofos han convertido su disciplina en un depredador de otras disciplinas. Igual que lo que algunos historiadores han hecho con la (ciencia de la) historia. Un arqueólogo o un filólogo saben siempre de lo que hablan: tratan con las fuentes de primera mano y tienen conocimientos específicos. El historiador se limita a compilar, a ‘explicar’ las reglas del juego... sin haberlo jugado nunca.

El problema con ello es que cuando uno tiene conocimientos realmente específicos –por ejemplo, sobre lengua hebrea o sobre dialectos del griego- se da cuenta de lo complicado de inferir conclusiones. Sin haber tocado de primera mano los datos, esta percepción no existe. Todo parece más fácil de lo que realmente es. Sólo cuando has cortado el limón con la espada (véase la imagen de arriba), sabes qué esperar de la caballería. Es una pena que Wittgenstein nunca lo hiciera.

9 feb. 2018

Acrecienta el malestar de la cultura

Hans-Georg Gadamer, Verdad y Método II, 1986 (trad. Manuel Olasagasti, ed. Sígueme, 1992, Salamanca, pg. 43):
El concepto moderno de ciencia aparece marcado por el desarrollo de la ciencia natural del siglo XVII. A él debemos el creciente dominio sobre la naturaleza, y cabe esperar que la ciencia del hombre y de la sociedad nos permita alcanzar un dominio similar del mundo humano-histórico. Pero se espera aún más de las ciencias del espíritu al ver que el creciente dominio de la naturaleza, como producto de la ciencia, acrecienta el malestar de la cultura en lugar de reducirlo.

No estoy de acuerdo en que las ‘ciencias humanas’ nos permitan dominar el mundo humano; no estoy de acuerdo en que se espere nada de las ‘ciencias del espíritu’; y no estoy de acuerdo en que el creciente dominio sobre la naturaleza acreciente el malestar de la cultura. Pero las tres cosas son interesantes.

8 feb. 2018

Ifigenia o la idealización de Grecia

Eurípides siempre ha dado muchos quebraderos de cabeza a los helenistas. Nietzsche, por ejemplo, lo consideraba el “asesino” de la tragedia griega por ser excesivamente realista en sus retratos psicológicos. Y tiempo después, el episodio del ‘sacrificio de Ifigenia’, retratado en dos obras del dramaturgo griego, no ha hecho más que suscitar ríos de tinta entre los especialistas.

En esencia, la historia de Ifigenia es que fue sacrificada por su padre Agamenón cuando éste se encontraba sin poder seguir navegando. Parece un mito sin importancia alguna, una leyenda griega sin más, pero hay un detalle que no nos deja dormir tranquilos: el hecho de que haya un sacrificio humano en la antigua Grecia.

Siempre se insiste en que esto no es así. Que se trata de un mito sin valor documental. Pero el simple hecho de insistir en ello demuestra la importancia que se da a los mitos como ‘documentos’ de la sociedad griega arcaica. ¿Merecen esta categoría? Véase David Hackett Fischer, Historians’ Fallacies: Towards a Logic of Historical Thought, 1970, Harper Perennial (pg. 43, mi traducción):
La falacia de la pseudo-prueba se comete en un enunciado con pretensiones verificadoras y que parece, a primera vista, ser una representación precisa y específica de una realidad, pero que acaba siendo literalmente insignificante observado con detalle.
Aunque estemos de acuerdo en que un mito es sólo un mito, ciertas referencias directas a una realidad -una realidad además presente en otras culturas ‘primitivas’- acaba por encender las sospechas. Puede que todos los retornos (nóstoi) de los héroes griegos sean alegóricos, metafóricos o inventados. Pero un sacrificio humano es algo real y concreto, al fin y al cabo.

Nietzsche
Realmente, y en mi opinión, este argumento podría usarse para hablar, por ejemplo, de la alegoría de la caverna de Platón. Una teoría epistemológica es sólo una teoría epistemológica, pero si una caverna es algo real y concreto (y, desde luego, muchas culturas viven literalmente en cavernas), ¿por qué no pensar que los hombres ignorantes de Grecia habían vivido en cavernas?

La cosa es descabellada, como se puede observar. En mi opinión, aunque el mito del sacrifico de Ifigenia no pruebe nada de nada, sí que suscita otra pregunta: ¿por qué nos molesta tanto que hubiese podido haber sacrificios humanos en Grecia?


Naturalmente, porque seguimos viendo a los griegos como referentes para Occidente a pesar de querer retratar su sociedad de forma histórica y rigurosa. El historicismo se apoderó de la filología clásica en el siglo XIX, pero quedó todavía un resquicio del humanismo renacentista: considerar la antigüedad como referente. Este cruce de perspectivas ha provocado que se busque una respuesta histórica a un hecho mítico. En el fondo, aunque se demostrara que hubo sacrificios humanos en Grecia, la esencia del humanismo seguiría intacta: los autores de Grecia (también Eurípides), y no tanto la historia de Grecia,  siguen siendo un modelo y un referente para las personas cultivadas.

El origen de las guerras

Dos aproximaciones. La primera, introspectiva, y la segunda, materialista. Huizinga, filósofo holandés, propone que las guerras (antes de la aparición de las armas de fuego letales) eran una excusa para resolver conflictos de forma lúdica. Esta palabra tiene un sentido muy concreto, aquí: la puesta en escena de una situación que debe ser resuelta mediante unos protocolos preestablecidos. Harris, en cambio, habla de la guerra como una manera de controlar la demografía y como causante del machismo. Veamos:

Johan Huizinga, Homo Ludens, 1938 (trad. Eugenio Imaz, 1972, Alianza Editorial, pg. 110):
La lucha como función cultural supone siempre reglas limitadoras, y exige, en cierto grado, el reconocimiento de su carácter lúdico. (...) Hasta hace poco la guerra podía ser considerada en el aspecto de una función cultural, puesto que una comunidad reconocía a otra como humana, y con derechos y pretensiones a ser tratada humanamete, y se separaba claramente y de manera expresa –mediante una declaración- la guerra de la paz, por un lado, y de la violencia criminal, por otro.
pg. 122:
Las reglas de la guerra de igualdad jurídica recíproca, sus formas diplomáticas, la obligación recíproca de mantener los tratados y de declarar la guerra solemnemente, se equiparan, formalmente, a una regla de juego en la medida en que es reconocido el juego mismo, es decir, la necesidad de una convivencia humana ordenada.

Cf. Marvin Harris, Caníbales y reyes, 1977 (trad. Horacio González Trejo, Alianza Editorial, 1987, Madrid, pg. 52):
Cualquier antropólogo puede nombrar una serie de pueblos “primitivos” que, según se informa, nunca hicieron la guerra. (...) Pero la mayoría de los cazadores-recolectores conocidos por los investigadores modernos llevan a cabo alguna forma de combate intergrupal en el cual los equipos de guerreros tentan deliberadamente matarse entre sí.
pgs. 53-4:
En mi opinión, la guerra es una práctica muy antigua (...). (En el paleolítico superior) los grupos generalmente inician el combate como consecuencia de una acumulación de agravios personales entre individuos influyentes.
pg. 63:
Como demostraré, la guerra afecta drásticamente a la cantidad de mujeres y, en consecuencia, ejerce un poderoso efecto en la reproducción humana.
pg. 66:
Se necesitaba una fuerza cultural muy potente para inducir a los padres a que descuidaran o mataran a sus propios hijos y una fuerza peculiarmente poderosa para lograr que mataran más a las niñas que a los niños. La guerra ofrece esta fuerza y esta motivación, en tanto que hizo depender  la superviviencia del grupo de la crianza de varones preparados para las contiendas. (...) Los hombres se hicieron socialmente más valiosos que las mujeres y tanto unos como otras colaboraron en “eliminar” a las hijas con el fin de criar un máximo número de hijos.

7 feb. 2018

El blog y el simposio

Vuelvo al blog tras un mes de inactividad. Mis disculpas, pero mi vida interior va en círculos. Y hasta hace bien poco, tocaba dejar reposar esto. ¿La alternativa? Mirar las redes sociales. Hastiado, cómo no, vuelvo aquí a hablar de lo que realmente me interesa, a sabiendas de que estas cosas interesan a muy poca gente a parte de a mí.

Internet tiene estos problemas. Era una herramienta estupenda hasta que el capital, ayudado por la estupidez de la gente, lo echó a perder. Si en vez de cuentas en instagram, facebook o twitter tuviésemos blogs, nos ahorraríamos una barbaridad de estupideces. Como ya he dicho alguna vez, el blog es para ti. La foto con filtros de instagram, para los demás.

Entiendo que el blog es una herramienta que me permite cultivar mis intereses, y en menor medida compartirlos. No es ningún altavoz. Personalmente, yo huyo de la gente que usa internet (o las redes, su sinónimo) como altavoz. Igual que huyo de los escritores que “tienen muchas cosas que decir”, y además lo hago por los mismos motivos.

Creo que lo interesante de las redes, y especialmente de los blogs, es ejercer nuestro criterio a la hora de elegir los contenidos. (Naturalmente, poquísimos lo hacen. Incluso yo, haciéndolo, he acabado tan intoxicado que vuelvo a éste, mi refugio). Qué menos que recordar para ello aquel pasaje de las Noctes Atticae de Aulo Gelio donde Varrón discute cómo celebrar un simposio con éxito:
“Nec loquaces autem,” inquit, “convivas nec mutos legere oportet, quia eloquentia in foro et aput subsellia, silentium vero non in convivio, set in cubiculo esse debet.” Sermones igitur id temporis habendos censet non super rebus anxiis aut tortuosis, sed iucundos atque invitabiles et cum quadam inlecebra et voluptate utiles, ex quibus ingenium nostrum venustius fiat et amoenius. 
(Varrón) dice : “no invites a los charlatanes, ni tampoco conviene elegir a los mudos, porque la elocuencia debe estar en el foro y en los tribunales, y el silencio no en tu banquete, sino en la cama”. Por lo tanto, (Varrón) juzga que las conversaciones en el banquete no deben tratar sobre temas angustiosos o complicados, sino divertidos y sugerentes, con cierto gancho y placer, a partir de los cuales nuestro ingenio se vuelva más agudo y agradable. 
Aulo Gelio, Noches áticas, XIII, 11.

Mutatis mutandis, estas palabras retratan el (correcto) uso de internet. No vamos a cambiar el mundo ni sus injusticias delante de una pantalla. Pero quizás podamos sublimarnos un poco a nosotros mismos. A mí nunca se me ocurriría tomarme una cerveza o un licor nada más despertarme por la mañana. Es descabellado contaminar tu cuerpo de esta forma tan temprano. Sin embargo, casi cada mañana ojeo las redes, y eso es contaminar el alma de una forma muy peor. He decidido acabar con eso; puede que yo sea un platónico acabado... o puede que tenga razón.

6 feb. 2018