13 feb. 2018

El nacimiento de una ciencia: Saussure y Chomsky



(Una breve introducción a la lingüística moderna)

El interés occidental por las lenguas y por el habla puede remontarse hasta tiempos muy remotos, pero no así el enfoque actual y científico que damos al estudio del lenguaje y de sus producciones. Si observamos las obras y esfuerzos de la filología alejandrina, de los gramáticos romanos y medievales y de los humanistas italianos del Renacimiento, veremos un interés por la lengua que va muy ligado a la escritura y a los textos, a la prescripción estilística y que se incluye siempre dentro del ámbito de las disciplinas humanísticas. Es posible que la única excepción a esta tendencia pueda encontrarse, tal vez, en las disquisiciones epistemológicas de Aristóteles y en la idea griega del habla como característica definitoria del ser humano. Si así fuera, entre la época de Aristóteles, el siglo IV a.C., y hasta la llegada de los gramáticos alemanes en el siglo XIX, todos aquellos que estudiaron el lenguaje y las lenguas se ocuparon siempre de asuntos muy distintos (estilo, corrección, ortografía) de los que preocupan actualmente a los lingüistas.

En efecto, la lingüística como ciencia es una invención relativamente reciente. Aunque no haya unanimidad al respecto, podemos considerar como el primer lingüista moderno a Sir William Jones. Orientalista y voraz políglota, Jones empieza a observar patrones en varias lenguas y a sistematizarlos ya en 1788. Por ejemplo, observa que palabras como los numerales o los términos familiares (madre, padre, abuelo...) son sospechosamente similares en su fonética en varias lenguas europeas y asiáticas. Sirva de ejemplo la palabra para el numeral cardinal siete:

Latín: septem
Persa: hafta
Griego antiguo: heptá
Inglés: seven
Antiguo indio: saptá
Alemán: sieben
Avéstico: hapta
Irlandés: seacht

Jones aplica ésta y otras comparaciones al latín, al griego antiguo, al gótico, al celta y al sánscrito (antiguo indio), lenguas que ha aprendido previamente, y deduce que estas similitudes no pueden ser fruto de la casualidad. Poco después, en 1816, Franz Bopp compara sánscrito, griego, latín, germánico y persa y observa una estructura y unos patrones idénticos en todas estas lenguas. Se propone entonces que la mayor parte de las lenguas europeas y algunas lenguas de Oriente Próximo provienen de una lengua anterior no documentada que llamamos proto-indoeuropeo.

Lo interesante ahora no es la caracterización del proto-indoeuropeo como tal –sus fonemas, estructura, evolución, etc.-, sino qué supuso para los gramáticos un descubrimiento de tal magnitud.
Franz Bopp
En primer lugar, situó la lingüística dentro de las llamadas “ciencias comparadas”, y, añadiría yo, también diacrónicas: el estudio de las lenguas se vuelve enciclopédico, enormemente descriptivo y por lo general empírico. Su objetivo es detallar una evolución histórica, con sus etapas y procesos. A su vez, conceptos como la ley fonética se asientan y estos gramáticos alemanes se reivindican como positivistas y científicos. Los primeros lingüistas modernos son todos indoeuropeístas en su origen y formación. Es decir, conocen perfectamente no sólo el latín y el griego sino también el sánscrito, el persa o el gótico, y estudian las relaciones y la evolución de todas estas lenguas a lo largo de los años.

Éste es el caso de Ferdinand de Saussure, sanscritista suizo cuyo Curso de lingüística general (1916) marcaría un antes y un después en la historia de nuestra ciencia. Las contribuciones de Saussure siguen vigentes actualmente en campos como la antropología, la sociología o la filosofía, aunque en el ámbito estrictamente lingüístico la mayoría de sus propuestas y su método fueron barridos con la llegada del Generativismo a mediados de los años cincuenta del siglo pasado. No obstante, Saussure marcó un antes y un después al dar preferencia al estudio sincrónico de las lenguas por encima del diacrónico o histórico. El lingüista suizo, además, dejó constancia de la arbitrariedad del signo lingüístico, una contribución elemental pero no por ello poco interesante. Con ella nos referimos al hecho de que no hay una relación real entre el signo lingüístico (la palabra en sí) y lo que éste significa: llamamos mesa a la mesa como podríamos llamarla de otra forma.

La otra gran contribución de Saussure, y que nos interesa mucho más aquí, es la distinción entre langue y parole. Para Saussure, la langue es la abstracción de un idioma, sus reglas y convenciones como sistema independiente, mientras que la parole son sus producciones concretas, sus frases, las derivaciones regidas por el sistema de la langue. Siguiendo una comparación del propio Saussure, si langue son las reglas del ajedrez, parole son los movimientos de los jugadores.

Saussure inaugura, en los años veinte del siglo pasado, la corriente lingüística del Estructuralismo, que acabaría por adaptarse al estudio de la literatura, de la antropología, de la mitología, etc. en casi todas las universidades europeas. Podemos considerar el Estructuralismo como la última gran tentativa del pensamiento occidental de sustentar distintas ciencias humanísticas bajo unos mismos principios teóricos. El fracaso definitivo de esta corriente, como mínimo en el ámbito lingüístico, tardaría unos treinta años en llegar.

Ferdinand de Saussure
Hay, sin embargo, tres aspectos del Estructuralismo que vale la pena comentar muy brevemente. Uno de ellos es la preferencia ya comentada por el estudio sincrónico de las lenguas por encima del diacrónico o histórico. Éste es un primer paso fundamental para poder comparar y observar afinidades entre lenguas más allá de si tienen o no una filiación histórica – cabe decir que hasta el momento, las lenguas sólo se comparaban si eran de la misma familia-. Las tipologías lingüísticas modernas –agrupaciones de lenguas por características comunes, sin importar su filiación histórica- deben su existencia a este primer paso metodológico de los estructuralistas.

Otro aspecto a destacar del Estructuralismo es que entiende el lenguaje como un sistema de unidades interconectadas, como una red de elementos que tienen sentido en la medida en que forman una estructura.

Finalmente, el Estructuralismo distingue distintos niveles lingüísticos heredados de la gramática tradicional, y que siguen siendo bastante operativos en la actualidad: fonemas, morfemas, categorías léxicas, sintagmas, oraciones y sintaxis oracional. Estos niveles son estudiados por la fonética, la fonología, la semántica y la sintaxis, disciplinas más o menos relacionadas en algunos puntos.

Para mediados de los años treinta del siglo pasado, las distintas aproximaciones de la lingüística entienden las lenguas humanas de las siguientes formas:

(i) Como una abstracción regulada de una serie de producciones
(ii) Como un fenómeno histórico, social y/o cultural
(iii) Como una herramienta de comunicación

Algunas concepciones, como (ii) y (iii), son compatibles entre ellas, pero en otros casos es más complicado conciliar las dos o más visiones. En cualquier caso, es interesante remarcar que tanto la Gramática comparada como el Estructuralismo operan en un nivel descriptivo, y son teorías altamente taxonómicas o clasificatorias. Con esto nos referimos a que se limitan a describir las producciones lingüísticas y algunos de sus patrones de funcionamiento.

Para encontrar una teoría que, además de describir las lenguas humanas, ofrezca una explicación en términos cognitivos del lenguaje humano, nos tendríamos que esperar a las aportaciones de Zellig Harris y especialmente Noam Chomsky a mediados del siglo pasado. Hasta ese momento, las relaciones entre la mente humana y nuestra facultad para hablar parecieron no interesar a la lingüística; de hecho, quienes se ocuparon de esto habían sido filósofos como Wilhelm von Humboldt en el siglo XIX. Quizás la única excepción a esto fueron las sugerencias sobre Relativismo lingüístico (hipótesis Whorfiana) hechas por algunos antropólogos y estructuralistas americanos, en las que se defendía que cada lenguaje humano comporta una forma propia de pensar y ver el mundo.

La gran crítica de Chomsky a los estructuralistas saussurianos fue su falta de una teoría explicativa en un sentido propio del término. Las teorías lingüísticas del momento se limitaban a describir algunas
Noam Chomsky
pautas y hábitos de un corpus cerrado de datos lingüísticos. Chomsky insiste en la idea de que la lingüística no debe describir primordialmente un conjunto finito de producciones (frases escritas en libros, grabadas en cintas, etc.), sino tratar de explicar y predecir todas las posibles (e ilimitadas) oraciones bien formadas de una lengua. Para Chomsky, el problema fundamental del lenguaje humano radica en que unos medios finitos dan lugar a un número potencialmente infinito de oraciones, un problema que nunca preocupó a los estructuralistas.

Pero además, aduce Chomsky, una teoría del lenguaje no puede limitarse a describir una serie de producciones lingüísticas, de la misma manera que un científico no puede limitarse a describir los fenómenos de la naturaleza, sino que busca una explicación para ellos y se sirve de éstos para experimentar. De este modo, Chomsky sitúa de lleno el lenguaje como una facultad cognitiva humana, es decir, lo naturaliza (lo hace objeto de estudio de las ciencias naturales), y al hacer esto distingue dos niveles que una teoría lingüística debe satisfacer: el nivel descriptivo y el nivel explicativo.

El nivel descriptivo se satisface cuando una gramática (es decir, una teoría de una lengua) consigue detallar la competencia de un hablante en su lengua nativa y consigue proporcionar las reglas con las que se forman las producciones (frases) de una lengua. Así, el concepto tradicional de “corrección” se sustituye por el de “gramaticalidad”: una producción ya no es correcta o incorrecta, sino posible e interpretable dentro de su gramática o no. Por ejemplo, la palabra inempleable no aparece en ningún diccionario del español, pero es gramatical porque la hemos formado siguiendo las reglas fonológicas de nuestra gramática (in-emple-able: que no puede ser empleado).

El nivel explicativo se satisface cuando una gramática consigue ofrecer una explicación del lenguaje en términos cognitivos. En una primera fase, Chomsky critica el Estructuralismo por estudiar el francés, el inglés, el italiano, etc. y obviar, en cambio, qué hace posible que podamos hablar en esas lenguas. Así, después de Chomsky, el lingüista es alguien que ha pasado de estudiar las lenguas humanas para estudiar la facultad humana del lenguaje, es decir, aquella capacidad cognitiva humana que nos permite hablar en francés, en inglés, en italiano, etc. En una primera fase, la tarea primordial de la lingüística es caracterizar el lenguaje humano a partir de las distintas lenguas del mundo.

De este modo, si comparamos dos lenguas sin filiación histórica, como el español y el zapoteca, a priori esperamos encontrar muchas diferencias en la morfología y el léxico: las palabras de ambas lenguas no tienen nada que ver en su fonética, ni tampoco sus marcas de plural, de primera persona o de femenino. No obstante, esperamos que español y zapoteca, por el mero hecho de tener un sustrato biológico común (lenguaje), por el mero hecho de ser hablados y entendidos por homines sapientes, compartan algunas características: una estructura jerárquica de los constituyentes, que presenten dependencias de larga distancia, que usen el mecanismo de la recursividad, que hagan distinciones aspectuales entre predicados, etc.

Las lenguas del mundo son muy diferentes entre sí tan sólo en algunos niveles. Como acabamos de ver, nos referimos aquí básicamente a la morfología. Pero en otros aspectos, como la sintaxis, creemos que todas las lenguas del mundo, incluidas las lenguas de signos, se rigen por unos mismos principios.

Encontrar y detallar estos principios es la tarea del Generativismo en una primera fase. El padre de esta corriente, Noam Chomsky, aboga por escalar desde el nivel descriptivo del estudio de las lenguas hacia el nivel explicativo. Así, la colosal tarea de detallar las lenguas humanas y su funcionamiento interno nos debería permitir caracterizar la facultad del lenguaje subyacente. Estos principios universales que todas las lenguas siguen son designados con el tecnicismo de Gramática Universal (GU).

El Generativismo ha ido “adelgazando” su Gramática Universal a lo largo de los años. Bajo un primer paradigma teórico del Generativismo que llamamos Rección y Ligamiento (inglés: Government & Binding, G&B), la Gramática Universal contaba con numerosas reglas y mecanismos relacionados con la asignación de caso (Rección) y la referencialidad de los constituyentes (Ligamiento). Para finales de los años ochenta del siglo pasado, Chomsky y Howard Lasnik reformularon su teoría bajo el nombre de Principios y Parámetros (inglés: Principles & Parameters, P&P), introduciendo la idea de que las lenguas humanas se pueden explicar con unos principios generales y comunes a todas las lenguas y unos parámetros específicos que pueden ser operativos o no en una lengua concreta. Los principios y los parámetros universales formarían la Gramática Universal que el Generativismo busca caracterizar.

El modelo teórico actual de los lingüistas generativistas sigue siendo Principios y Parámetros, aunque reformulado bajo las directrices del Programa Minimalista (inglés: Minimalist Program, MP), un marco de investigación que propone seguir las directrices de Principios y Parámetros pero considerando la Gramática Universal como un sistema perfecto. Para quienes siguen el Programa Minimalista, la Gramática Universal contiene tan sólo lo estrictamente necesario para que nosotros podamos comunicarnos lingüísticamente de forma satisfactoria.


(Continuará.)

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