18 mar. 2019

Las tres heridas al latín

Si nos preguntamos por qué a día de hoy se estudian el latín y el griego en secundaria, tendremos que buscar la respuesta en el pasado: por pura tradición. Las leyes educativas españolas anteriores a las actuales contemplaban siempre el latín y el griego en su currículum; con las nuevas leyes, las asignaturas se han mantenido perdiendo, eso sí, muchas horas. En resumen, si estudiamos latín hoy es porque estudiábamos latín ayer.

Naturalmente, esto es un recurso si no al infinito, por lo menos a un pasado muy remoto. La idea inicial de introducir el latín clásico en los planes de estudio deriva, en última instancia, de una idea muy renacentista. Una idea que ha desaparecido por completo, si es que las ideas pueden desaparecer. Se trata de uno de los puntos clave de la doctrina erasmista: que el estudio de los textos clásicos nos edifica y educa para la vida moderna.

Insisto en que esta idea es, como mínimo, risible para la inmensa mayoría de la población europea de la actualidad. Pero es la idea que suscitó inicialmente el estudio del latín clásico en los planes de estudio. Si esta premisa, este supuesto inicial ya no nos convence, ¿por qué seguimos estudiando las lenguas clásicas, aunque sólo sea agónicamente? La respuesta a ello es la “historia del camaleón”. Es decir, de cómo los profesores de clásicas han ido mudando de pieles según soplaban los vientos, por una pura cuestión de supervivencia. Me explico.

El siglo XIX marca un antes y un después en la historia de los estudios clásicos, y además por muchos motivos. Uno de ellos, muy comentado y lamentado, es la incipiente primacía del francés como lengua franca en sustitución del latín. Pero hay otros tres motivos que me parecen más notables todavía; son lo que he llamado ‘las tres heridas al latín’. Se pueden resumir en: uno, un cambio sustancial en el concepto de literatura hecho por los románticos; dos, la aparición y divulgación más o menos masiva de traducciones de autores clásicos a lenguas como el inglés, el francés o el alemán; y tres, el giro historicista que toma la filología clásica en las universidades, primero alemanas y después de todo el continente.

Todos estos cambios se mantienen hasta el día de hoy, y todos han entorpecido, hasta la actualidad, la idea erasmista de la literatura clásica como maestra de la vida. Vayamos por partes.

Tomar como lengua franca de Occidente una lengua viva –ya sea el francés, el inglés o el chino- es algo incitado, ante todo, por una serie de intereses económicos y nacionales. Pero más allá de esta
Erasmo de Rotterdam
crítica más materialista, cabe señalar que sus consecuencias pueden ser mucho peores de lo que pensamos. Las lenguas vivas cambian y evolucionan. En cuatrocientos años, el inglés del siglo XXI será difícil de entender. El latín de Cicerón o el latín de Newton, no: son el mismo latín. Los renacentistas lo congelaron para hacer inteligible toda la producción intelectual de Occidente, y para hacerla inteligible para siempre. Sin embargo, este destronamiento del latín como lengua franca no me parece una desgracia tan profunda. El resto de cambios que voy a comentar, las tres heridas, son, a mi entender, infinitamente más letales. En la Edad Media, por ejemplo, la literatura en latín convivía con la literatura en las lenguas romances. Si esto ya no ocurre hoy en día es por todo lo que voy a comentar seguidamente, y no porque el latín haya perdido el estatus de única lengua franca admisible.

La literatura occidental, desde la Grecia clásica hasta la Ilustración, y con pocas excepciones, solía tener una función extraliteraria. La literatura clásica o es literatura técnica o va muy ligada a la vida diaria y al humanismo. Docere delectando (‘enseñar haciendo disfrutar’), decía Horacio. Esta idea es central para el erasmismo. Pero la literatura entendida como pura evasión de la realidad, o como ficción entretenida, es una idea que cobra mucha fuerza a partir del siglo XIX. Para un romano, igual que para un ilustrado, literatura también son los tratados médicos de Hipócrates o el diario de campaña de Julio César. Para un romántico del XIX esto deja de ser así. Es entonces cuando se pierde gran parte de la función extraliteraria de la literatura, y con ello el erasmismo recibe su primera herida y queda cojo.

El erasmismo acabará más herido aún con la siguiente innovación del siglo XIX: traducir sistemáticamente a los autores clásicos. Thoreau, por cierto, ya decía en su Walden (1854) que esta nueva moda era matar a la literatura clásica. ¿Por qué supone un problema esto? En mi opinión, gran parte de la gracia de la literatura clásica está, precisamente, en que está escrita en una lengua muerta. En que se nos pide un esfuerzo (aprender una lengua muerta) para acceder a ella, y que esto nos da una sensación de comunión con el pasado y de estar ante el momento especial y lujoso de leer literatura antigua. Si la lees en tu lengua materna, toda esta magia se desvanece. En un plano más práctico, justificar el latín y el griego es difícil si la gente cree que hay traducciones de todos los autores clásicos, y además ignoran cómo de imperfectas son por el mero hecho de ser traducciones modernas de autores antiguos.

Finalmente, el giro historicista de la filología en las universidades alemanas atestó un golpe definitivo al erasmismo y al estudio del latín, cuyas consecuencias e impacto se verían más a la larga. Estudiar el pasado por el pasado, la máxima de los historiadores del XIX, e inscribir la filología como una ciencia auxiliar de la historia, supone despedirse del humanismo renacentista y de su central idea erasmista: que los clásicos del ayer nos hablan del hoy. Para los filólogos alemanes del XIX, los clásicos del ayer nos hablan del ayer –y en eso radica su interés. El mundo clásico se concibe, a partir de entonces, como un mundo cerrado sin continuidad con el actual. Este ‘giro historicista’ salió bien mientras las letras y la historia gozaban de prestigio y suscitaban fascinación; cuando esto dejó de ser así, las consecuencias de habernos desvinculado de los clásicos se vieron con claridad: el latín y el griego pasaron a ser inútiles artefactos de museo.

Los docentes de lenguas clásicas han ido haciendo mutaciones camaleónicas, desde entonces, para seguir dando sus materias: desde incluir contenidos de cultura greco-latina que no fuesen puramente lingüísticos, hasta incorporar nuevas tecnologías o trabajar conjuntamente con otras materias. Pero sin la idea central de los renacentistas, el latín se ha vuelto muy complicado de justificar... quizás demasiado.

3 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  2. Tres heridas que merecerían que el latín fuese borrado del currículo... ¿no es esa la conclusión? Soy un amante del método humanista de aprendizaje del latín (y su versión Orberg), pero sigo pensando que si para algo puede servir saber algo de latín a los alumnos-futuros-ciudadanos es para conocer la propia lengua y reflexionar sobre política, ciencia, etc. Por eso, aunque pienso que un profesor debería saber tanto latín como para ser un traductor, pienso que la asignatura perseguiría más honestamente sus (neo)finalidades si se enseñase la lengua no para traducir frases (sobretodo porque son la antesala de los textos que nunca se llegarán a leer en original, si somos sinceros... además, los textos podrían leerse en castellano ayudándonos del comentario a los conceptos y palabra intraducibles) sino para entender cómo se forman las palabras del romance, cómo se forma el lenguaje, en fin, cómo pensamos... una mezcla entre filosofía, lengua e historia. Se podrían dar vocabulario, por ejemplo, por conceptos clave de varias ramas: en política imperium, senatus, dignitas, cursus honorum... en filosofía mos, philosophia, etc., y así

    ResponderEliminar
  3. À parte isso, felicidades por el texto, tienes una mezcla de lucidez, claridad y elegancia que me gusta mucho, y que me impresiona cuando pienso eres más nuevo (un par de meses dice el Facebook) que yo!

    ResponderEliminar