13 oct. 2020

Compartir el mundo

No sé exactamente por qué ni de qué manera últimamente me ha vuelto a llamar la atención un viejo juego de rol que tenía muy olvidado. Se trata de Warhammer Fantasy, del que me enteré hace poco que dejó de fabricarse definitivamente hace cinco años. Cuando yo era un crío me etretenía con mi hermano pintando sus miniaturas. Incluso me enseñaron a jugar una partida, algo francamente complicado y fuera del alcance de alguien con poco presupuesto, como era yo en aquél entonces. Quizás llevaba, tranquilamente, doce años sin ni siquiera recordar ese juego. Pero hace unos días incluso soñé con que me compraba unas cajas del mismo.

Su estética era lo más fascinante. Yo coleccionaba miniaturas del imperio, una facción inspirada en la estética del Renacimiento germánico. Mi hermano tenía hombres lagarto, una especie de indios americanos reptiles. Pero la mayoría de razas que poblaban aquello se inspiraban directamente en Tolkien y su Tierra Media: altos elfos, elfos oscuros, enanos, orcos, etcétera.

Creo que a Tolkien no le hubiera hecho ni pizca de gracia todo esto. Un juego bélico inspirado en su mundo, en su segundo mundo en palabras de su hijo y factótum Christopher Tolkien. El segundo mundo donde se refugiaba y que fue creando y llenando de detalles, paisajes, lenguas, criaturas maravillosas y leyendas pretéritas. Un santuario para la imaginación.

También he visualizado un excelente documental sobre el autor inglés. En él su hijo nos explica cómo era el autor y qué había tras este universo que creó. Una innegable melancolía por un pasado sin tanta tecnología, mucho más naturalizado, y la amargura de haber tenido que combatir en una guerra que no sirvió para nada, entre otras cosas. También una necesaria incredulidad hacia la muerte, que tantísima gente querida le arrebató de forma temprana. Y la fe, y el amor por las lenguas. Creo entenderle bien.

Imagino que abrir su mundo, su Tierra Media, y ver cómo otros hacen negocios con ella y la usan de trasfondo no le hubiera gustado. También imagino que es un riesgo y un gaje de la fama y del éxito. Llega un punto en que compartir el propio mundo interior –debidamente sublimado, moldeado y adaptado- es casi una obligación, algo tan necesario como el mismo respirar. Pero no creo que el resultado acabe gustándonos nunca.


Tolkien y su alfabeto inventado

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