En su famosa novela, Marguerite Yourcenar decía, en boca del emperador romano Adriano, que «lo mejor que han escrito los hombres se ha escrito en griego». Ésta es una frase con la que muy poca gente simpatizaría en la actualidad, incluso dentro del ámbito cultural o del académico. La proliferación de las filologías modernas –por oposición a la clásica-, la relativización del cánon literario o el auge de los Cultural Studies son factores externos a los Estudios Clásicos que han contribuido al desplazamiento progresivo del latín y del griego de la enseñanza no ya obligatoria, sino también avanzada y universitaria. La misma filología clásica se ha adaptado a sus circunstancias o, incluso, puede que haya influido en ellas.
Me explico. La
filología (clásica) es una ciencia con nacimiento en Alejandría, con
continuidad en el mundo romano y cristiano, y en menor medida en el medieval.
Pero nuestra filología tal y como la entendemos hoy es, ante todo, heredera de dos
países: en orden cronológico, de Italia primero y de Alemania después. El
Humanismo renacentista con sede en Italia consideraba la literatura clásica
como la más alta expresión de los valores culturales y estéticos del ser humano:
podemos sintetizar su perspectiva humanista diciendo que se consideraba a las
obras clásicas como “monumentos”. Todo lo opuesto a la refundación alemana de
la filología hecha en el siglo XIX, de carácter historicista y para la cual las
obras de la antigüedad eran “documentos”; el estudio de las fuentes, la Altertumwissenchaft (“ciencias de la
antigüedad”), el redescubrimiento del sánscrito... todo ello propició un cambio
de perspectivas notable en el cual la filología –el estudio de los textos- pasa
de ser aquella ciencia autónoma del Renacimiento para ser una rama de la
historia. Una rama fundamental y básica, pero una rama.
Lo que entendemos por
filología o estudios clásicos en la actualidad es, grosso modo, hijo de estas dos tradiciones, primero la italiana y
luego la alemana, que –curiosamente- resultan ser casi opuestas en algunos
aspectos. La segunda escuela, la historicista, es, sin embargo, la clara
predominante. Esencialmente a ella debemos la distinción entre crítica textual,
epigrafía, lingüística, arqueología clásica, etcétera. Es decir, con ella vino la
especialización de nuestra ciencia.
En última instancia, esta especialización de
las clásicas, como escribiría John Chadwick para el Times en 1998, condujo a unos avances científicos incuestionables,
pero también a la fragmentación de las clásicas y, lo que es peor, a que
pasasen de ocupar el primer puesto en la educación de cualquier persona cultivada
a luchar por sobrevivir tanto en las aulas de secundaria como en las
universitarias. Resulta triste comprobar cómo, en poco más de un siglo europeo,
las matemáticas ya no se enseñan con los Elementa
de Euclides; cómo las nuevas enfermedades ya no se bautizan con cultismos
griegos; cómo el derecho civil pasa a enseñarse separado de la docencia del
latín; etcétera y más etcétera.
Por un lado, los
clasicistas se lamentan de este desplazamiento, pero por el otro, en la mayoría
de los casos se ocupan exclusivamente de la antigüedad. Cabe destacar también
que el método histórico tal y como lo entendemos hoy bebe de la metodología positivista
de Leopold von Ranke, para quien el pasado debería estudiarse “tal y como sucedió”, sin importar si
tiene alguna repercusión en el presente. La filología es, sin duda, una especie
de primer motor aristotélico para las ciencias históricas, pero la filología
clásica, más concretamente, había sido, siglos antes de su giro historicista,
mucho más que eso.
Como decía, la frase de
Yourcenar nos ha quedado desfasada. Personalmente, desconozco si la filología
clásica de corte historicista tiene demasiada cabida en un mundo que ha relegado
las humanidades al puro divertimento,
en el mejor de los casos. Tampoco sé si una vuelta al cánon estético
renacentista es posible a estas alturas. Lo que sí que pienso, a título
personal, es que una combinación entre una ciencia histórica, que se ocupa de
la antigüedad, y otra de más propedéutica, que se ocupa de desarrollar las
competencias del alumnado sin importar si es de ciencias o de letras, es
posible y necesaria. El latín y el griego son las únicas disciplinas en las que
el estudiante ejerce la memorización (morfología), el pensamiento abstracto
(sintaxis) o la inteligencia lingüística (traducción) mediante el acceso a las
obras fundacionales de Occidente. En el fondo, son disciplinas muy equilibradas
y “sanas” si se plantean bien. Creo que éste es precisamente nuestro gran reto:
volver a plantearlas en medio de unas circunstancias adversas. Per aspera ad
astra y χαλεπά τά καλά, que decían.
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