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| The Joy of Painting, programa americano |
Describir los colores
es un viejo e interesante problema. El diccionario de la Real Academia Española
en su última versión opta por definir los colores indicando elementos, en su
mayoría sacados de la naturaleza, que tengan ese color. Así, se nos define el
marrón como un color “semejante al de la
cáscara de la castaña o el pelaje de la ardilla”, y el verde como un color “semejante al de la hierba fresca o al de la
esmeralda”.
Es remarcable observar
cómo, si cambiamos de lengua, las asociaciones entre colores y elementos que
los tengan también pueden cambiar. Por ejemplo, en la Ilíada se nos define numerosas veces el mar como “color de vino” (οἶνοψ,
óinops), y existe un adjetivo en
griego clásico, οἰνωπός, oinopós, cuya
definición en los diccionarios ingleses es “black
mixed with bright light”. ¿Negro mezclado con luz brillante? Es difícil de
imaginar, pero seguramente las notables diferencias culturales nos den algunas
pistas aquí.
Hay un ejemplo clásico
al respecto, el de las lenguas esquimales que tienen una cantidad considerable
de adjetivos para referirse al color blanco. Naturalmente, porque la necesidad
de distinguir entre distintos tipos de nieve creó estas sutiles distinciones.
Personalmente, creo que el “espectro crómatico” que es capaz de distinguir una
cultura puede determinar su vocabulario. Quizás por eso las sociedades urbanas
e industrializadas, que han perdido contacto con la naturaleza y sus
inacabables tonos de verdes o amarillos, también han perdido las palabras para
designarlos.
Naturalmente, esto es
sólo mi opinión. Hoy quisiera llamar la atención sobre algunos puntos que pasan
desapercibidos cuando hablamos de los colores y de su reflejo lingüístico.
El primero, que siempre
hablamos de los colores como adjetivos. Para explicar frases en las que actúen
como nombres (por ejemplo, en El rojo es
mi color favorito), hablamos de una sustantivización adjetival. Es decir,
damos al color la categoría de atributo, de complemento, de propiedad de alguna
otra cosa. El lingüista Leonard Talmy ha hablado de ello en más de una ocasión:
el color –igual que el tamaño, por ejemplo- no es una cualidad estructural de
los nombres. Talmy ha argumentado que las cualidades estructurales no se
expresan mediante adjetivos, sino mediante marcas morfológicas: por ejemplo, el
número o el género sí que son cualidades estructurales, y por eso tienen un
reflejo morfológico –por ejemplo, poniendo una –s para indicar plural o una –a para
indicar femenino, en castellano-. No hay ninguna lengua en el mundo en que el
color tenga una desinencia propia. Siempre se expresa con adjetivos.
Es muy posible que las
cualidades no estructurales sean más subjetivas que el número (singular o
plural) o el género. Más aún: es muy posible que sean graduales. La barrera entre el naranja y el amarillo está sujeta a
interpretación, a veces. O, por lo menos, ésta es nuestra percepción al respecto.
Al fin y al cabo, los fenómenos lingüísticos vienen determinados por nuestras
capacidades y estructuras cognitivas.
En este sentido, lo
esperable es que las diferencias entre lenguas al respecto tengan un arraigo
cultural –y no biológico- muy fuerte. Hay un célebre poema de Safo en que la
autora nos dice que cuando ve a su amado se queda “más verde que la hierba”. ¿Puede una persona estar verde? La
mayoría de traducciones del poema optan por decir “más pálida que la hierba”, y es que en griego clásico hay una
fuerte asociación entre el verde y el blanco – por ejemplo, en el adjetivo
γλαυκός, glaukós, que
designa un color verde muy claro-. Esta asociación (verde y blanco) seguramente
será exclusiva de la cultura griega: en castellano, asociaríamos al verde con
otros colores antes que con el blanco.
¿O quizás hemos perdido colores respecto a las lenguas clásicas? Los
romanos, siguiendo aquella famosa máxima, eran “soldados y campesinos”. Un breve apunte lingüístico al respecto: el
latín es una de las lenguas con más adjetivos para distinguir tonos de colores.
Quizás por eso ha sido siempre la lengua predilecta de los botánicos para su
nomenclatura. Por ejemplo, el latín cásico distingue once verdes:
Extracto de Colores Latini
Quienes se dedican a
pintar cuadros, por ejemplo, suelen añadir adjetivos a cada tono para
distinguir entre distintos verdes, azules o incluso blancos. En el mítico programa
de televisión americano The Joy of
Painting, los colores se nombraban con un adjetivo delante: Midnight Black, Van Dyke Brown, Prussian
Blue, Thalo Blue...Todo esto, incluso antes de mezclarlos en la paleta y
conseguir colores nuevos.
Finalmente, tengo la
impresión de que la percepción de los colores no varia mucho según la cultura o
la lengua. Lo que sí que cambia son sus “asociaciones”. El mar color de vino o
la persona pálida como la hierba son ejemplos en griego clásico de lo subjetivo
que es atribuir a un nombre una cualidad cromática. Seguramente, si pusiéramos
estos colores en una paleta no habría discusión en cuál es cuál, pero tenerlos
que relacionar con algo nos llevaría a la discrepancia asegurada. Pero, como
siempre, esto es sólo mi opinión.


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