4 de juny 2019

Aburrimiento y compleción

Estos días intento disfrutar de mis vacaciones forzadas. Un reciente hábito que he incorporado es llevarme un libro, preferiblemente de ensayo, y salir a leer a algún parque o bar con el móvil en casa. Y así, autoobligado a la vida sin redes del ermitaño, voy leyendo a Bertrand Russell y su libro sobre la felicidad, que de vez en cuando cito por aquí. Todo bien, por el momento.

Uno de los capítulos del libro, en el que se nos desgrana el arte de saber ser feliz, trata del aburrimieno. Se defiende la sensacional idea de que un cierto grado de tedio es necesario para disfrutar de las cosas. También para que nuestros biorritmos sigan con naturalidad su curso. Y en un momento, Russell hace una comparación con una novela. Es de las cosas más lúcidas que he leído nunca.

Russell dice que para que una novela sea buena debe tener momentos aburridos. Una novela trepidante en la que cada línea es puro vértigo cansará al lector, nos dice. Una opinión discutible pero enriquecedora, en todo caso.

Personalmente, el aburrimiento, o mejor dicho, las fases de aburrimiento, me parecen una conditio sine qua non para que algo sea completo. Podemos hablar de un año (y su tedioso mes de agosto), de una vida, de una novela o de una película. Todos los Moisés deben pasar por sus cuarenta años de desierto para que la historia siga su curso. ¿Es éste un biorritmo natural? Me temo que sí. Estamos predestinados a aburrirnos, aunque sólo sea un poco.

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