Uno de los capítulos
del libro, en el que se nos desgrana el arte de saber ser feliz, trata del
aburrimieno. Se defiende la sensacional idea de que un cierto grado de tedio es
necesario para disfrutar de las cosas. También para que nuestros biorritmos
sigan con naturalidad su curso. Y en un momento, Russell hace una comparación
con una novela. Es de las cosas más lúcidas que he leído nunca.
Russell dice que para
que una novela sea buena debe tener momentos aburridos. Una novela trepidante
en la que cada línea es puro vértigo cansará al lector, nos dice. Una opinión
discutible pero enriquecedora, en todo caso.
Personalmente, el
aburrimiento, o mejor dicho, las fases de aburrimiento, me parecen una conditio sine qua non para que algo sea
completo. Podemos hablar de un año (y su tedioso mes de agosto), de una vida,
de una novela o de una película. Todos los Moisés deben pasar por sus cuarenta
años de desierto para que la historia siga su curso. ¿Es éste un biorritmo
natural? Me temo que sí. Estamos predestinados a aburrirnos, aunque sólo sea un poco.
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