[En el desierto] te animas; te vuelves franco y cordial, hospitalario y resuelto; la cortesía hipócrita y las otras servidumbres de la civilización quedan atrás, en la ciudad. Los sentidos se agudizan; no les hacen falta otros estimulantes que el aire libre y el ejercicio (en el desierto, la bebidas espirituosas no provocan más que malestar). Te deleitas en los aspectos puramente animales de la vida. El hambre te hace ingerir los platos más indigestos; encuentras la arena más blanda que una cama de plumas, y la pureza del aire ahuyenta un buen puñado de enfermedades malsanas. (...) ¿Hemos oído alguna vez que algún viajero se sintiera decepcionado? Es una muestra más de la antigua verdad que dice que la naturaleza recompensa siempre al hombre, por muy indignamente que éste la haya tratado.
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| Charles Theodore Frere, Una caravana cruzando el desierto |

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