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| Ramon Casas, Ramon Casas i Pere Romeu en un tàndem |
Recuerdo haber ido al festival romano Tarraco Viva hace ya unos cuantos años. Pude asistir a las luchas de gladiadores y a un mercado romano. Vi a abogados con toga y a legionarios con un casco Gálico-imperial. Había un centurión, caballos y garum. Me impresionó, igual que a todos, ver hasta qué punto era distinto y exótico para mí aquel mundo de hace dos mil años.
Exótico es la palabra.
El mundo clásico es exótico para
nosotros cuando lo vemos representado. Las armas de hierro, los vestidos, los
peinados, la comida o la bebida no son los de nuestra época. Tampoco sus
edificios, su escultura o sus costumbres. Quizás, en parte, por eso nos fascina
tanto. En otro sentido, sin embargo, el mundo clásico es de lo menos exótico
que hay.
Me refiero aquí al
aspecto intangible de nuestra cultura. Hoy en día nadie que viva en Francia,
España o Estados Unidos diría que es romano
o griego, en gran parte porque la
Edad Media y los nacionalismos del siglo XIX supusieron un corte en nuestra percepción identitaria. Y, no obstante, tengo la
impresión de que somos herederos directos de aquel mundo en todo cuanto no sea
material.
En general, se perciben
las lenguas clásicas como unos artefactos anticuados. Saber latín y griego clásico
es como saber manejar un submarino de 1930, o el avión de los hermanos Wright,
o, para enlazar con el título de esta entrada, como saber manejar una bicicleta
del siglo XIX. Nosotros ya no hablamos latín ni griego, se opina, del mismo
modo en que tampoco viajamos en submarinos, aviones o bicicletas anticuados.
Yo tengo la impresión
de que hay algo que falla en esta comparación. Saber latín y griego no es
equiparable a saber manejar un velocípedo de 1830. Es más equiparable a saber
explicar el modelo de las bicicletas actuales. Y es que, en efecto, la lengua,
la ciencia, la cultura, el pensamiento y la política –nuestra bicicleta, en
definitiva- están impregnados de una serie de cuestiones hereditarias.
Problemas ‘actuales’
como la justa repartición de la tierra son, realmente, milenarios - en época
romana, los hermanos Graco perdieron la vida intentando solucionarlos; las
humanidades no tenían futuro ni siquiera en la Roma imperial, nos advierte
Juvenal en su sátira séptima; la difusa frontera entre el arte y la pornografía
ya fue advertida por Augusto, quien censuró los poemas de Ovidio; el hecho de
que siempre se absuelva al acusado en caso de duda es una idea genuinamente
romana; saber que la naturaleza no siempre es amiga nuestra es una noción
griega que los médicos de hoy en día tienen clarísima. Etcétera y más etcétera.
Nuestro calendario,
alfabeto, lengua, derecho, religión, costumbres y moral son romanos. Todos
hablamos un mal latín la mayor parte del tiempo, y los científicos, cuando
quieren hablar y pensar de forma más específica, se pasan siempre al griego. Y
es que por más curioso que nos parezca su mundo material, yo creo que la
bicicleta de Platón es nuestra bicicleta,
porque no hemos dejado de ser ni griegos ni romanos en muchos sentidos.

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