Últimamente me ha
venido a la cabeza una de las clases de lingüística teórica que tuvimos en el
Máster. Un reputado lingüista nos advirtió que lo que entendemos por lenguaje humano
en la actualidad es el resultado, biológicamente hablando, de una serie de
coincidencias evolutivas. A saber: tenemos un aparato fonétrico (como los
primates); tenemos capacidad de simbolismo y abstracción (como los
neardentales); tenemos una facultad recursiva o sintáctica para encadenar y
combinar unidades (como los pájaros), etcétera. La idea darwiniana del tinkering encaja con esto: la naturaleza
es ahorradora, y el lenguaje es producto de una serie de factores preexistentes
que se combinaron para dar lugar a algo nuevo.
Con esto quisiera hacer
hincapié en el hecho de que nuestra facultad para hablar no debería estudiarse
de forma aislada. La lengua hablada es casi un accidente en la historia de la evolución humana. Ésta es una idea
reciente que choca con una percepción histórica que podríamos remontar hasta
los griegos, para quienes el rasgo distintivo del ser humano era, ante todo,
que podía hablar – por cierto, The
Talking Greeks: Speech, Animals, and the Other in Homer, Aeschylus, and Plato,
John Heath, Cambridge University Press, 2005, explica esto a la perfección.
Partiendo de esta
óptica más moderna, resulta curioso observar el papel histórico que se ha dado
a la palabra para interactuar con la
realidad –y me refiero aquí a la realidad inerte,
no a otros seres humanos o animales-. Éste papel mágico puede ser observado en
fenómenos como el ritual (una boda, por ejemplo, con sus fórmulas
preestablecidas y fijas), la maldición, la blasfemia, la ‘palabra mágica’ (Ábrete sésamo), la plegaria... Pero
también en prácticas como el psicoanálisis o la autosugestión. Por cierto,
recuerdo haber leído de algún antropólogo que los seres humanos “somos los
únicos que construyen historias sobre su dolor y lo explican”, facilitando así
la tarea para los médicos –si un ser humano no hablara, saber de qué padece sería
bastante complicado-.
Una de mis películas
favoritas, basada en una obra de teatro, ilustra esta fuerza de la palabra a la
perfección. Se trata de Ordet (1955),
“La palabra”, de Carl Theodor Dreyer. Esencialmente es la historia de dos
familias enfrentadas por motivos religiosos. Al final, y tras la prematura
muerte de un personaje, la palabra de quien cree de verdad acaba por hacer lo
imposible, por obrar el milagro.
El evangelio de Juan
empieza, precisamente, equiparando a Dios con la palabra. La palabra para decir
palabra, valga la redundancia,
también es curiosa: λόγος, lógos. Este
vocablo griego significa muchas más cosas: tratado,
ciencia, razón... A los helenistas se nos suele explicar que Homero usa
indistintamente tres palabras para decir palabra:
λόγος, lógos, ἔπος, epos y μῦθος, mythos. Con el tiempo, en griego antiguo cada uno de estos vocablos
se especializaría para designar distintos tipos de discurso: el racional (lógos), el épico (épos) y el mítico (mythos).
De nuevo, me resulta curioso que Juan elija lógos
en su evangelio.
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| Ordet (1955) |
εὖ γὰρ ἴσθι, ἦ δ᾽ ὅς, ὦ ἄριστε Κρίτων, τὸ μὴ καλῶς λέγειν οὐ μόνον εἰς αὐτὸ τοῦτο πλημμελές, ἀλλὰ καὶ κακόν τι ἐμποιεῖ ταῖς ψυχαῖς.
Ya sabes bien, querido Critón, que la impropiedad en el uso de las palabras no sólo perjudica la expresión de las ideas, sino que también conlleva un daño a las almas.
Platón, Fedón, 115e
Como siempre, hay opiniones para todo. La palabra puede ser un accidente
biológico (sin duda, de los más útiles) o una ventana hacia uno mismo o,
incluso, el más allá. Es posible, al fin y al cabo, que ambas visiones no sean
tan contradictorias.

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