El primer lingüista en
llamar la atención sobre este segundo componente fue Noam Chomsky. Antes de él,
los lingüistas estudiaban el inglés, el francés o el italiano y obviaban, en
cambio, qué hace posible que podamos hablar en todas estas lenguas. Este
‘sustrato’ biológico es a lo que normalmente se refieren los lingüistas cuando
hablan de ‘lenguaje’.
Para la mayoría de
lingüistas actuales, el sustrato biológico es el que deja ‘huellas’ en el
sustrato cultural. Se espera, a priori,
que estas huellas sean visibles en todas
las lenguas de mundo, puesto que todas las lenguas del mundo son habladas y
entendidas por homines sapientes.
Buscar, caracterizar y detallar estas ‘huellas’ ha sido la tarea principal de
la lingüística en los últimos sesenta años.
Sin embargo, poco antes
de Chomsky, se propuso una hipótesis que invertía este orden: me refiero a la
‘hipótesis Whorfiana’, o a la idea de que el sustrato cultural influye en el
sustrato biológico. La idea, repetida muchas veces, de que nuestra lengua
influye en nuestra mente.
La pregunta es de lo
más interesante y, de hecho, quienes le han sacado más jugo han sido escritores
de ciencia ficción como George Orwell o Yevgueni Zamiatin. Por ejemplo, en 1984, donde la idea de que borrando ciertas
palabras se eliminarían esos conceptos en la sociedad tuvo un gran filón.
Entre los lingüistas,
quienes más se han acercado a esta idea han sido quienes se dedican a la
lingüística histórica. Por ejemplo, haciendo isoglosas léxicas, o deduciendo
características sociales en base al léxico de una sociedad.
Vamos a ello con un
poco de léxico epistemológico. En griego clásico, el verbo saber (οἶδα, óida) es el
pretérito perfecto del verbo ver (ὁράω,
horáo). Así, en griego clásico, decir
Sé que llueve significaría,
literalmente, He visto que llueve.
También la palabra para decir verdad
(ἀλήθεια, alétheia) tiene una curiosa
formación: literalmente, significa ‘cosas
que no me pasan desapercibidas’ (se forma
con el prefijo privativo ἀ- y una raíz, λήθ, que significa ‘no tener constancia
de’).
Si Sócrates dice Platón sabe la verdad, ¿está pensando, culturalmente, que Platón ha visto cosas que no le pasan desapercibidas? Uno puede objetar
que las palabras y su semántica ‘cristalizan’ en seguida. Todos usamos palabras
sin saber su etimología, con el único fin de comunicarnos, porque a un nivel
práctico es evidente lo que queremos decir en ese momento. Esto es típico en
los términos técnicos. Pero ‘saber’ y ‘verdad’ no son términos especialmente
técnicos. Más bien me parecen palabras de primerísima necesidad. Palabras que
siempre deben de haber estado ahí, que difícilmente se han creado expresamente.
Puede que para los
griegos no lo fuesen. Pero también sabemos, por otros datos, que la cultura
griega antigua asociaba muy directamente el saber con el sentido de la vista.
Hay un verso de Sófocles en el que el adivino Tiresias dice que Edipo es ‘ciego de oídos, de pensamiento y de ojos’
(Edipo Rey, v. 371). También nos lo
muestra la palabra ‘idea’, que viene directamente del griego y significa,
etimológicamente, ‘apariencia externa’.
Vista y conocimiento no pueden ir más de la mano de lo que van en Grecia.
Precisamente, era
Platón quien se pasaba gran parte de sus diálogos socráticos preguntando
definiciones a sus interlocutores. Y el filósofo griego da miles de vueltas para
pedirlas: ¿qué es en esencia....? ¿cuál
es, en verdad, la abstracción de....?. Los griegos de época clásica no
entendían qué era una definición –y,
desde luego, en griego no había palabra para ello-.
Puede que Sócrates
pensase, culturalmente, si Platón ‘había visto cosas que no le pasasen
desapercibidas’. Pero es mucho más probable que Sócrates usara conceptos
físicos, tangibles y concretos para elevarlos, hacer su abstracción y
aplicarlos sobre temas vaporosos y abstractos. Si el lenguaje es innato (como
cree Chomsky), también podrían serlo algunos conceptos (como creía Platón). Uno
no entiende la palabra ‘verdad’
buscándola en el diccionario. Pero para expresarla lingüísticamente, y sobre
todo para expresarla lingüísticamente por primera vez, uno debe referirse a
algo concreto y físico. Lo hizo Sócrates y lo seguimos haciendo nosotros.
Sin embargo, todos
somos capces de despegar desde
nuestras limitaciones culturales. En efecto, la hipótesis de Whorf lleva
implícita una suposición letal: si nuestra lengua influye en nuestra mente, la
comunicación o la comprensión (inter-)
culturales son imposibles. Y como simpatizante
de Platón, yo pienso que esto es totalmente falso. Simplemente, basta con traducir ciertos conceptos, innatos o
no, a los demás. ¿Cómo? Recurriendo, por supuesto, a lo que hizo Sócrates con
el ‘saber’ y la ‘verdad’, a mi entender.
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