5 de juny 2018

Nuestro léxico, nuestra mente

Cuando los lingüistas hablan de lenguaje humano se refieren a un concepto de dos caras. Por un lado, el lenguaje tiene un componente variable -las distintas lenguas del mundo y sus notables diferencias- que se transmite por los principios de la herencia cultural. Por el otro, el lenguaje tiene un componente biológico que ha emergido en nuestra especie, está implantado en el cerebro humano y se desarrolla siguiendo los principios y mecanismos de la biología del desarrollo.

El primer lingüista en llamar la atención sobre este segundo componente fue Noam Chomsky. Antes de él, los lingüistas estudiaban el inglés, el francés o el italiano y obviaban, en cambio, qué hace posible que podamos hablar en todas estas lenguas. Este ‘sustrato’ biológico es a lo que normalmente se refieren los lingüistas cuando hablan de ‘lenguaje’.

Para la mayoría de lingüistas actuales, el sustrato biológico es el que deja ‘huellas’ en el sustrato cultural. Se espera, a priori, que estas huellas sean visibles en todas las lenguas de mundo, puesto que todas las lenguas del mundo son habladas y entendidas por homines sapientes. Buscar, caracterizar y detallar estas ‘huellas’ ha sido la tarea principal de la lingüística en los últimos sesenta años.

Sin embargo, poco antes de Chomsky, se propuso una hipótesis que invertía este orden: me refiero a la ‘hipótesis Whorfiana’, o a la idea de que el sustrato cultural influye en el sustrato biológico. La idea, repetida muchas veces, de que nuestra lengua influye en nuestra mente.

La pregunta es de lo más interesante y, de hecho, quienes le han sacado más jugo han sido escritores de ciencia ficción como George Orwell o Yevgueni Zamiatin. Por ejemplo, en 1984, donde la idea de que borrando ciertas palabras se eliminarían esos conceptos en la sociedad tuvo un gran filón.

Entre los lingüistas, quienes más se han acercado a esta idea han sido quienes se dedican a la lingüística histórica. Por ejemplo, haciendo isoglosas léxicas, o deduciendo características sociales en base al léxico de una sociedad.

Vamos a ello con un poco de léxico epistemológico. En griego clásico, el verbo saber (οἶδα, óida) es el pretérito perfecto del verbo ver (ὁράω, horáo). Así, en griego clásico, decir Sé que llueve significaría, literalmente, He visto que llueve. También la palabra para decir verdad (ἀλήθεια, alétheia) tiene una curiosa formación: literalmente, significa ‘cosas que no me pasan desapercibidas (se forma con el prefijo privativo ἀ- y una raíz, λήθ, que significa ‘no tener constancia de’).

Si Sócrates dice Platón sabe la verdad, ¿está pensando, culturalmente, que Platón ha visto cosas que no le pasan desapercibidas? Uno puede objetar que las palabras y su semántica ‘cristalizan’ en seguida. Todos usamos palabras sin saber su etimología, con el único fin de comunicarnos, porque a un nivel práctico es evidente lo que queremos decir en ese momento. Esto es típico en los términos técnicos. Pero ‘saber’ y ‘verdad’ no son términos especialmente técnicos. Más bien me parecen palabras de primerísima necesidad. Palabras que siempre deben de haber estado ahí, que difícilmente se han creado expresamente.

Puede que para los griegos no lo fuesen. Pero también sabemos, por otros datos, que la cultura griega antigua asociaba muy directamente el saber con el sentido de la vista. Hay un verso de Sófocles en el que el adivino Tiresias dice que Edipo es ‘ciego de oídos, de pensamiento y de ojos’ (Edipo Rey, v. 371). También nos lo muestra la palabra ‘idea’, que viene directamente del griego y significa, etimológicamente, ‘apariencia externa’. Vista y conocimiento no pueden ir más de la mano de lo que van en Grecia.

Precisamente, era Platón quien se pasaba gran parte de sus diálogos socráticos preguntando definiciones a sus interlocutores. Y el filósofo griego da miles de vueltas para pedirlas: ¿qué es en esencia....? ¿cuál es, en verdad, la abstracción de....?. Los griegos de época clásica no entendían qué era una definición –y, desde luego, en griego no había palabra para ello-.

Puede que Sócrates pensase, culturalmente, si Platón ‘había visto cosas que no le pasasen desapercibidas’. Pero es mucho más probable que Sócrates usara conceptos físicos, tangibles y concretos para elevarlos, hacer su abstracción y aplicarlos sobre temas vaporosos y abstractos. Si el lenguaje es innato (como cree Chomsky), también podrían serlo algunos conceptos (como creía Platón). Uno no entiende la palabra ‘verdad’ buscándola en el diccionario. Pero para expresarla lingüísticamente, y sobre todo para expresarla lingüísticamente por primera vez, uno debe referirse a algo concreto y físico. Lo hizo Sócrates y lo seguimos haciendo nosotros.

Sin embargo, todos somos capces de despegar desde nuestras limitaciones culturales. En efecto, la hipótesis de Whorf lleva implícita una suposición letal: si nuestra lengua influye en nuestra mente, la comunicación o la comprensión  (inter-) culturales son imposibles. Y como simpatizante de Platón, yo pienso que esto es totalmente falso. Simplemente, basta con traducir ciertos conceptos, innatos o no, a los demás. ¿Cómo? Recurriendo, por supuesto, a lo que hizo Sócrates con el ‘saber’ y la ‘verdad’, a mi entender.

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