Una de las costumbres
más extendidas entre filólogos y no filólogos consiste en deducir rasgos
culturales a partir de las etimologías de algunos conceptos. Por ejemplo, afirmar
firmemente que en inglés y en alemán, una obra de teatro es un juego porque la palabra para decir “obra
de teatro” es la misma para “juego” (play
en inglés, spiel en alemán).
Cuando este tipo de comentarios se refieren puramente al origen de las voces,
resultan enriquecedores. No así cuando se crean auténticos castillos flotantes
en base a estas “asociaciones conceptuales” de las lenguas.
Uno de los casos más
sonados circula entre los indoeuropeístas con bastante ligereza. Se basa en
observar la raíz común entre la palabra latina felix, “feliz”, y la palabra griega θῆλυς, thelís, “hembra”.
A partir de este hecho lingüístico se explica que, en tiempos indoeuropeos, el
hombre feliz era aquél que poseía una hembra (sic). Razonamientos similares
llenan páginas y páginas de todo tipo de libros y de manuales.
Afirmar tales barbaridades partiendo única y exclusivamente de la semántica
es un error muy grave. Es como decir que las palabras análisis, parálisis y autólisis
esconden una profunda semejanza en castellano porque las tres derivan de
una misma raíz griega, λυσ-, lis-,
cosa que por otro lado es absolutamente cierta. Tengo la impresión de que si el
español fuese una lengua muerta, no faltaría quien la describiese relacionando íntimamente
estos tres conceptos.
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