Friedrich Nietzsche, El origen de la tragedia, 1872 (ed. Austral,
Madrid, 1964, pgs. 24-25):
Repitiendo la frase de Lucrecio, podemos decir que en el ensueño se manifestaron por primera vez al alma de los hombres las espléndidas imágenes de los dioses; en el ensueño, el gran escultor percibió las proporciones divinas de las criaturas sobrehumanas, y el poeta helénico, interrogado sobre los secretos creadores de su arte, evocó también el recuerdo del ensueño y respondió como Hans Sachs en “Los maestros cantores”:Amigo mío, la verdadera obra del poetaes cifrar y traducir sus ensueños.Creedme: la más verdadera ilusión del hombrese le concede en sueños.Todo arte del verso y del poetano es más que la expresión de la verdad del ensueño.(...)El hombre dotado de un espíritu filosófico tiene el presentimiento de que detrás de la realidad en que existimos y vivimos hay otra completamente distinta, y que, por consiguiente, la primera no es más que una apariencia; y Schopenhauer define formalmente como el signo distintivo de la aptitud filosófica, la facultad que algunos tienen de representarse a veces los hombres y las cosas como puros fantasmas, como imágenes de ensueño. Pues bien, el hombre dotado de una sensibilidad artística se comporta respecto de la realidad del ensueño de la misma manera que el filósofo enfrente de la realidad de la existencia: la examina minuciosa y voluntariamente, pues en esos cuadros descubre una interpretación de la vida, y con ayuda de esos ejemplos, se ejercita en la vida.
He abandonado mi
lectura de El origen de la tragedia.
El tono de la primera obra de Nietzsche me resulta excesivamente solemne y
entusiasta, poco claro, repetitivo y más centrado en hacer una lluvia de ideas
que en argumentarlas debidamente. Sin embargo, este pasaje me resulta
interesante leído junto con el ensayo La
historicidad de los sueños (1983) de George Steiner.
En este artículo, traducido
y recogido en Pasión Intacta (ed.
Siruela, 1997), Steiner intenta trazar el giro que ha sufrido la percepción de
los sueños en Occidente a partir de Freud y de Wittgenstein. Por lo que
recuerdo, la idea fundamental es que se ha pasado de concebir los sueños como
pertenecientes al futuro (oraculares, premonitorios, etc.) para concebirlos
como enraizados en un pasado borrado (la visión del psicoanálisis). Así, desde
finales del siglo XIX, en Occidente un sueño ya no nos habla del futuro sino de
nuestras experiencias vividas. De ahí que Freud encuentre revelador el Edipo Rey de Sófocles, donde los sueños
incestuosos se refieren al pasado, y no al futuro, como sería esperable por su
contexto histórico.
Creo que la gracia de
leer el ensayo de Steiner junto con estas líneas de Nietzsche radica en que
Nietzsche propone una tercera vía de interpretar los sueños, una vía casi
platónica: como pertenecientes a una realidad superior y paralela. Nietzsche no
se detiene mucho en esto, sino que lo relaciona con la vertiente oracular del
dios Apolo, de quien derivarían los “ensueños” por oposición a la “embriaguez”
dionisíaca. Sin embargo, su “tercera vía” de lectura onírica encaja muy bien
con las ideas de psicólogos posteriores como Jung, por ejemplo.
En su ensayo, Steiner
habla de una “lingüística” o una “poética” de los sueños, término este último a
mi parecer más acertado. Es decir, de la sintaxis, de la semántica, del código
de los sueños. Él mismo admite que es difícil descodificarlos a todos con el
mismo patrón. Jung y sus discípulos lo intentaron, pero personalmente yo dudo
del éxito de su empresa. Steiner acaba citando al escritor Luigi Malerba y su
fábula El serpiente:
Todos los sueños son siempre un poco misteriosos y en esto consiste su belleza; pero algunos son muy misteriosos, es decir, uno no entiende nada; son como acertijos. No obstante, mientras los acertijos tienen soluciones, los sueños no las tienen. Puedes darles cien significados diferentes, y uno es tan bueno como otro.
Lo que no me queda
claro, en el párrafo de Malerba, es si el sueño al que se refiere va dirigido
al pasado, al futuro o a otra realidad.
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