17 de des. 2017

Estudiar sin Apolo (o la rutina de la lectura)


En uno de los edificios más antiguos de la Universidad de Bolonia, el Palacio del Archiginnasio, se encuentra un teatro anatómico impresionante. Durante el siglo XVI los estudiantes de anatomía humana y animal hicieron clase en él rodeados por las estatuas de Galeno e Hipócrates, entre otros, además de un colosal Apolo colgado en el techo. La escultura del dios de la medicina, se cuenta, señalaba con su mano al profesor como si de su intercesor más próximo se tratase.

Estudiar ahí debió de ser impresionante. Personalmente, yo hice la carrera en una universidad construida a mediados del siglo XX, y por ello su arquitectura era muy funcional. Me imagino que todas las universidades ‘jóvenes’ se han edificado ya de acuerdo con el cánon arquitectónico de nuestra época.

Sin embargo, la diferencia más notable entre ambos estilos está en el trasfondo que había cuando se construyeron. En el siglo XVI debía de ser impresionante presenciar una autopsia. Nadie tenía internet ni televisión, y el concepto de ‘cultura general’ era más que inexistente. Dudo que hubiese ‘libros de texto’ en nuestro sentido moderno. El profesor, debidamente instalado en su alta tarima, era una autoridad hija de una tradición milenaria de médicos.

Hay algo mágico en entroncar con una tradición milenaria. Los arquitectos, profesores y estudiantes del Renacimiento lo sabían, pero nosotros lo hemos olvidado. Las ciencias están hoy al alcance de cualquier interesado en ellas. También la literatura. Se consume en los trenes, en las estaciones de metro. Para un renacentista, acercarse a la ciencia y a la cultura suponía un momento de comunión con algo casi divino.

Desde luego, no es así para nosotros. La imprenta, la era digital, la alfabetización, etcétera, han sido avances cruciales para la sociedad moderna, pero a cambio hemos perdido algo muy valioso. Me refiero a esta ‘magia’ de acercarse a la cultura y a la ciencia. ¿Por qué nadie lee en las estaciones de metro a Platón o a Sófocles? Porque estos autores presuponían, cuando Occidente los hizo canónicos, un contexto hoy en día ya inexistente.

La literatura clásica –como la anatomía- exige un esfuerzo de comprensión y apreciación notable. Este esfuerzo se ve recompensado con creces una vez hecho, pero ni los lectores más ávidos no saben, en muchos casos, cómo hacerlo. Es el esfuerzo de reconstruir la magia de la que hablaba. De saber que estamos al unísono con una tradición milenaria. Un colega me dijo una vez que se lavaba las manos antes de tocar ciertos libros. Es curioso, pienso ahora: exactamente igual que un cirujano.

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