En uno de los edificios
más antiguos de la Universidad de Bolonia, el Palacio del Archiginnasio, se
encuentra un teatro anatómico impresionante. Durante el siglo XVI los
estudiantes de anatomía humana y animal hicieron clase en él rodeados por las
estatuas de Galeno e Hipócrates, entre otros, además de un colosal Apolo colgado
en el techo. La escultura del dios de la medicina, se cuenta, señalaba con su
mano al profesor como si de su intercesor más próximo se tratase.
Estudiar ahí debió de
ser impresionante. Personalmente, yo hice la carrera en una universidad construida
a mediados del siglo XX, y por ello su arquitectura era muy funcional. Me
imagino que todas las universidades ‘jóvenes’ se han edificado ya de acuerdo
con el cánon arquitectónico de nuestra época.
Sin embargo, la
diferencia más notable entre ambos estilos está en el trasfondo que había
cuando se construyeron. En el siglo XVI debía de ser impresionante presenciar
una autopsia. Nadie tenía internet ni televisión, y el concepto de ‘cultura
general’ era más que inexistente. Dudo que hubiese ‘libros de texto’ en nuestro
sentido moderno. El profesor, debidamente instalado en su alta tarima, era una
autoridad hija de una tradición milenaria de médicos.
Hay algo mágico en
entroncar con una tradición milenaria. Los arquitectos, profesores y
estudiantes del Renacimiento lo sabían, pero nosotros lo hemos olvidado. Las
ciencias están hoy al alcance de cualquier interesado en ellas. También la
literatura. Se consume en los trenes, en las estaciones de metro. Para un
renacentista, acercarse a la ciencia y a la cultura suponía un momento de
comunión con algo casi divino.
Desde luego, no es así
para nosotros. La imprenta, la era digital, la alfabetización, etcétera, han
sido avances cruciales para la sociedad moderna, pero a cambio hemos perdido
algo muy valioso. Me refiero a esta ‘magia’ de acercarse a la cultura y a la
ciencia. ¿Por qué nadie lee en las estaciones de metro a Platón o a Sófocles?
Porque estos autores presuponían, cuando Occidente los hizo canónicos, un
contexto hoy en día ya inexistente.
La literatura clásica –como
la anatomía- exige un esfuerzo de comprensión y apreciación notable. Este
esfuerzo se ve recompensado con creces una vez hecho, pero ni los lectores más
ávidos no saben, en muchos casos, cómo hacerlo. Es el esfuerzo de reconstruir
la magia de la que hablaba. De saber que estamos al unísono con una tradición
milenaria. Un colega me dijo una vez que se lavaba las manos antes de tocar
ciertos libros. Es curioso, pienso ahora: exactamente igual que un cirujano.

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