16 de set. 2019

Metempsicosis lingüística

Un profesor de historia de la universidad me dijo una vez que él podía estudiar a los griegos, pero nosotros –los estudiantes que sabíamos griego- podíamos pensar como un griego. Meternos en la cabeza de un jónico del siglo V a.C. era algo posible, en su opinión, dominando el código que empleaban y que les moldeaba el pensamiento: su lenguaje.

Hay una barbaridad de implicaciones filosóficas bajo esa presunción que no voy a discutir. Sólo diré que, para mí, dominar una lengua extranjera, más que una transmigración anímica, lo que nos proporciona es un segundo corazón, en un sentido emocional. Poder llorar, reír, aprender o reflexionar en griego no tiene precio. Poder sentir en griego es algo que acaba en otro corazón distinto del habitual, con el que siento cada día y en mi lengua materna.

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