Hay una barbaridad de
implicaciones filosóficas bajo esa presunción que no voy a discutir. Sólo diré
que, para mí, dominar una lengua extranjera, más que una transmigración
anímica, lo que nos proporciona es un segundo corazón, en un sentido emocional.
Poder llorar, reír, aprender o reflexionar en griego no tiene precio. Poder sentir en griego es algo que acaba en
otro corazón distinto del habitual, con el que siento cada día y en mi lengua
materna.
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