Oscar Wilde, Epistola: In Carcere et Vinculis (“De
Profundis”), 1897 (trad. José Emilio Pacheco, Seix Barral, 1975, Barcelona, pg. 139):
En Navidad conseguí un Nuevo Testamento en griego: cada mañana, cuando termino la limpieza de mi celda y acabo de lustrar mis utensilios, leo una parte de los Evangelios, una docena de versículos tomados al azar. Es una manera deliciosa de comenzar el día. Para ti, con la vida indisciplinada y turbulenta que llevas, sería de vital importancia hacer lo mismo. Te beneficiaría infinitamente. Además, el griego es muy sencillo. Interminables repeticiones, oportunas e inoportunas, han marchitado para nosotros la frescura, la sencillez, el encanto romántico de los Evangelios. Los escuchamos leer con demasiada frecuencia y pésimamente, y toda repetición es antiespiritual. Cuando uno vuelve a leerlos en griego siente como si entrara en un jardín de azucenas al salir de una casa asfixiante y sombría.
Me es francamente
difícil elegir un solo fragmento del colosal opúsculo que es De Profundis. Es un libro que debería
recetarse. Pero como yo también suelo leer los evangelios en griego siempre
que puedo -y el gozo que proporciona hacerlo es difícilmente transmitible con
palabras-, me he decidido por este pasaje donde un Wilde encarcelado
descubre su espiritualidad tras años de divertimentos y ligereza.
A continuación, una foto de mi edición bilingüe griego-latín del Nuevo Testamento.
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