17 de jul. 2019

Las edades del filólogo

A mi edad, Nietzsche ya era profesor titular de griego clásico en una reputada universidad alemana, y Michael Ventris estaba descifrando el griego micénico. Sin embargo, éstas son dos excepciones notables al decurrir habitual de la vida de un filólogo: los frutos de ésta maduran tarde y se recogen en la edad avanzada.

La filología –el dominio de una lengua y su literatura- se aposenta con la edad y necesita su reposo. El criterio filológico y la auténtica sabiduría emergen mucho después de los arduos esfuerzos de estudiante. Por eso la juventud del filólogo es reconfortante si uno tiene paciencia: él sabe que lo mejor está por venir. A diferencia de la explosividad de un matemático, el filólogo no aspira a revolucionar nada. Su camino es el de las lentas hormigas, y su horizonte, lejano pero reconfortante a la vista, porque lo puede vislumbrar a pesar de todo. No es un horizonte imposible, sino un horizonte que fabricamos día a día, con cada lectura y su comentario correspondiente. Caminante no hay camino.

Mi blog nace de una voluntad por recoger mis impresiones y poder volverlas a leer a largo plazo. Es una obra honesta porque pretende funcionarme como un archivo personal, que evite las distorsiones del futuro al contemplar el pasado. Sin embargo, uno también hace camino con él. Recomendaría a mucha gente abrir un blog, pero ante todo, lo recomendaría a los filólogos. O, al menos, a quien encuentre en la filología un refugio interior, un espacio de felicidad y una morada contra la intemperie de estos tiempos. Creo que le ayuda a uno a recoger los frutos de la vida filológica, si se me permite la expresión, y a saber ver que hoy somos buenos filólogos, pero mañana seremos mejores incluso.

Richard Porson pintado por Thomas Kirkby

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