La filología –el dominio
de una lengua y su literatura- se aposenta con la edad y necesita su reposo. El
criterio filológico y la auténtica sabiduría emergen mucho después de los
arduos esfuerzos de estudiante. Por eso la juventud del filólogo es reconfortante
si uno tiene paciencia: él sabe que lo mejor está por venir. A diferencia de la
explosividad de un matemático, el filólogo no aspira a revolucionar nada. Su
camino es el de las lentas hormigas, y su horizonte, lejano pero reconfortante
a la vista, porque lo puede vislumbrar a pesar de todo. No es un horizonte
imposible, sino un horizonte que fabricamos día a día, con cada lectura y su
comentario correspondiente. Caminante no hay camino.
Mi blog nace de una
voluntad por recoger mis impresiones y poder volverlas a leer a largo plazo. Es
una obra honesta porque pretende funcionarme como un archivo personal, que
evite las distorsiones del futuro al contemplar el pasado. Sin embargo, uno
también hace camino con él. Recomendaría a mucha gente abrir un blog, pero ante
todo, lo recomendaría a los filólogos. O, al menos, a quien encuentre en la
filología un refugio interior, un espacio de felicidad y una morada contra la
intemperie de estos tiempos. Creo que le ayuda a uno a recoger los frutos de la
vida filológica, si se me permite la expresión, y a saber ver que hoy somos
buenos filólogos, pero mañana seremos mejores incluso.
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| Richard Porson pintado por Thomas Kirkby |

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