12 de jul. 2019

Un helenista en Grecia

Hoy, día 12 de julio de 2019, acabo de cumplir uno de los ritos iniciáticos para cualquier filólogo clásico: volver de un viaje a Grecia. Un viaje por placer, intensísimo, que he hecho con mi familia y mi pareja. Acabado de llegar a casa, comento un par de cosas antes de que se me vayan de la cabeza.

Atenas. La ciudad. Es sorprendente, esperes lo que te esperes. Es caótica, viva, auténtica y muy, muy oriental. Las señales de tránsito son orientativas: la gente cruza por donde puede. Aunque tiene algún
Atenas
rincón con aires de capital europea, por lo general Atenas se entiende mucho mejor si la englobas dentro del mundo de Oriente Próximo. Volviendo del aeropuerto, que está francamente lejos de la ciudad, tomamos un bus que no nos pudo dejar en plaza Syntagma –lo esperado-, porque había un mitin político celebrándose ahí. Así pues, tomamos metro y bajamos en Omonia. Desde ahí, en pleno barrio de Psirrí, anduvimos hasta el hotel por unos callejones medio abandonados, llenos de pintadas, mercadillos a plena calle, inmigrantes, miseria, un asfalto desgastadísimo, y un cierto aire imperante de caos ordenado. Como primera impresión fue única. Vimos la otra cara de Europa, la cara de la crisis y de unos ciudadanos que tiran como pueden. Las caras que vimos los siguientes días matizaron esa primera impresión: Atenas es una ciudad que respira, con un mercado y unos cafés preciosos, librerías bellísimas y selváticas, gatos por todas partes e historia en cada calle.

La subida y visita a la Acrópolis fue algo chamánico. Llegamos a las ocho de la mañana y todavía se nos comportó el sol. Había poca gente... hasta que transcurrieron unos cuarenta minutos. Pero ver en persona el Partenón a primeras horas de la mañana fue algo asombroso. Ahí, y sólo ahí, imperaba un silencio muy peculiar entre los turistas. En mi cabeza resonaba una frase: cuántas cosas empezaron justo aquí...

El Museo de la Acrópolis, igual que el Arqueológico, contienen piezas de un valor incalculable que son un gozo de contemplar. Como museos, eso sí, distan de cumplir bien su función. Hay tantísimo material que al final el recinto se trata más de un mero depósito que de una presentación didáctica de éste. Aún así, hay que verlos.

En los días siguientes estuve en Navplia y en la isla de Hydra. Esta primera ciudad tiene también un museo arqueológico con menos material pero mejor expuesto. Gran parte del material proviene de Micenas, bastante cerca, y de Epidauro, también cercano y donde pudimos ir a hacer una excursión. Su impresionante teatro y su santuario de Asclepio son dignos de mencionar.

De Hydra ya hablaré con calma otro día, si encuentro el momento. Es una antigua isla de pescadores que hoy en día vive de y para el turismo. Cuando nos alejamos de su turístico puerto pudimos ver la isla en sí, blanca, seca y soleada, hacer algunos amigos griegos la mar de agradecidos y visitar un convento ortodoxo. Es una cara más reciente en la historia de Grecia pero igual de interesante...

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