Lo
sagrado y lo profano, Mircea Eliade, 1967, Ediciones
Guadarrama, trad. Luis Gil, pg. 136:
Un profeta indio, Smohalla, jefe de la tribu Wanapum, se negaba a trabajar la tierra. Estimaba que era un pecado herir o cortar, desgarrar o arañar a “nuestra madre común” con los trabajos agrícolas. Y añadía: “¿Me pedís que labre el suelo? ¿Voy a coger un cuchillo y a hundírselo en el seno a mi madre?”.
En la antigua Grecia
los mitos de autoctonía, es decir, sobre el origen desde la misma tierra, eran
muy frecuentes sobre todo referidos a los atenienses. Isócrates así lo
transmite en su Panegírico:
ταύτην γὰρ οἰκοῦμεν οὐχ ἑτέρους ἐκβαλόντες οὐδ᾽ ἐρήμην καταλαβόντες οὐδ᾽ ἐκ πολλῶν ἐθνῶν μιγάδες συλλεγέντες, ἀλλ᾽ οὕτω καλῶς καὶ γνησίως γεγόναμεν, ὥστ᾽ ἐξ ἧσπερ ἔφυμεν, ταύτην ἔχοντες ἅπαντα τὸν χρόνον διατελοῦμεν, αὐτόχθονες ὄντες.
En efecto, habitamos esta tierra no habiéndola arrebatado a otros, ni tampoco habiéndola encontrado desierta, ni tampoco habiendo formado una mezcla con otros pueblos, sino que hemos nacido tan bella y noblemente que aparecimos desde la misma tierra, y con ella hemos pasado todo el tiempo, siendo autóctonos.
Isoc. 4 24
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