Nos transmite Jenofonte
en su Simposio que Sócrates, habiendo
contemplado a una bailarina moverse en medio de un banquete, afirmaba que las
mujeres eran iguales a los hombres excepto en fuerza y vigor, y animaba a los
comensales a enseñar a sus esposas
cualquier tipo de arte. Al oír estas palabras, Antístenes le pregunta a
Sócrates por qué siendo de esta opinión está casado con una mujer, Jantipa, de
tan mal genio. A lo que Sócrates responde:
ὅτι, ἔφη, ὁρῶ καὶ τοὺς ἱππικοὺς βουλομένους γενέσθαι οὐ τοὺς εὐπειθεστάτους ἀλλὰ τοὺς θυμοειδεῖς ἵππους κτωμένους. νομίζουσι γάρ, ἂν τοὺς τοιούτους δύνωνται κατέχειν, ῥᾳδίως τοῖς γε ἄλλοις ἵπποις χρήσεσθαι. κἀγὼ δὴ βουλόμενος ἀνθρώποις χρῆσθαι καὶ ὁμιλεῖν ταύτην κέκτημαι, εὖ εἰδὼς ὅτι εἰ ταύτην ὑποίσω, ῥᾳδίως τοῖς γε ἄλλοις ἅπασιν ἀνθρώποις συνέσομαι.
El caso, dijo Sócrates, es que veo que quienes quieren convertirse en buenos jinetes se compran no los caballos dóciles, sino los salvajes, porque piensan que, pudiendo dominar éstos, fácilmente manejarán los demás caballos. Así yo, que quiero tratar con los hombres y vivir en sociedad, la he tomado a ella, buen conocedor de que si la soporto, fácilmente conviviré con los demás hombres.
Xen. Sym. 2.10
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