4 d’oct. 2018

Ironía para poder pensar

El hecho de que el racionalismo, la instrospección y la pura contemplación de las ideas y de la teoría hayan estado históricamente ligados a una visión dualista de la realidad ha comportado algunos desajustes, en mi opinión. Un inocente paso platónico que desvincula las ideas –sean existentes per se o no- de la realidad material, biológica y cotidiana más inmediata. Personalmente, yo soy del sentir según el cual la teoría –entendida en el sentido griego de contemplación- es totalmente vital. De la idea, no muy de moda, de que las (buenas) ideas nos ayudan a vivir (mejor).

Ortega y Gasset hablaba de ello. Tener una idea, previa y firme, sobre qué es el trabajo, el dinero o la libertad me ha ayudado, a mí, no sólo a analizar y entender mejor la actualidad política, sino incluso a tomar distancia con, por ejemplo, el hecho de estar en contratos precarios, o de no tener trabajo estable. Los marxistas hablan de ‘conciencia de clase’, un concepto fructífero y crucial que se ha ido difuminando, paradójicamente, entre quienes más lo necesitan (es decir, que la burguesía sí sigue teniendo su conciencia de clase).

Quizás para recuperarla, o para encender una pequeña llama en la misma dirección, debamos recorrer al humor. Las primeras doce temporadas de Los Simpsons retrataban la sociedad occidental con una finura y una ironía envidiables. Pero ahora, por un lado, las series que retratan nuestra sociedad de forma más o menos directa lo hacen de una forma turbia y escalofriante, y por el otro, las series de humor carecen de crítica social irónica y estructurada.

Las temporadas viejas de Los Simpsons nos muestran, con ironía y desde el humor, unas ideas muy firmes sobre los temas que he listado antes: la esencia del trabajo, del dinero o de la libertad. Homer es el trabajador alienado par excellence; el sr. Burns se da cuenta, vendiendo la central en la tercera temporada, de que el dinero le es insuficiente si no va ligado a un poder real y atemorizador; y Lisa, en la séptima temporada, al volverse vegetariana pisa los límites de la libertad ajena. Etcétera.

Una de los elementos más cruciales que han provocado el declive absoluto de Los Simpsons como serie de calidad –pues ya hay más capítulos malos que buenos- es que se ha perdido la ironía con que se comunicaban estas cosas. La ironía exige una distancia, un espacio para poder retratar la realidad. El espectador es quien toma esta distancia, quien la sabe detectar e interpretar por el hecho de ser adulto, quien sabe ver, por ejemplo en los comentarios patrióticos y recios de Homer, una crítica social de los guionistas y escritores. El personaje dice a, pero el mensaje de fondo es b. Un poco como en la vida misma, y quizás es por eso que los ejercicios estéticos nos preparan, como afirmaba Nietzsche, para el día a día. Y si van acompañados de ironía, mejor todavía.

Lionel Hutz en Los Simpsons

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