El hombre –de todas las épocas y de todas las culturas- se enfrenta con la solución de un problema que es siempre el mismo: la cuestión sobre cómo vencer su isolamiento, de qué manera conseguir la unión, de qué manera trascender la propia vida individual y obtener un equilibrio. El mismo problema se presenta al hombre primitivo que habitaba en las cuevas, al nómada que vigila sus rebaños, al pastor egipcio, al mercader fenicio, al soldado romano, al monje medieval, al samurai japonés, al empleado y al obrero modernos. El problema es el mismo porque surge del mismo lugar: la situación humana, las condiciones de la existencia humana. La respuesta cambia: la solución puede ser buscada en la adoración de animales, en el sacrificio humano o en la conquista militar, en la complacencia en la lujuria, la renuncia ascética, el trabajo obsesivo, la creación artística, el amor a Dios y el amor al hombre. Aunque existen muchas respuestas –su recapitulación constituye la historia humana- no son, a pesar de todo, infinitas. (...) La historia de la religión y de la filosofía es la historia de estas respuestas, de su diversidad, y de su limitación en cuanto al número.
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| Retrato de un monje benedictino, Anthony van Dyck |

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