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| Doctor en Alaska |
Con mi nota de
selectividad podría haberme matriculado en derecho cómodamente. Y con mi nota
de expediente en la carrera podría haber hecho el doctorado, también
cómodamente. Pero las decisiones que tomamos, y que nos van dando una sustancia
muy personal a cada uno, me empujaron a la vía docente de las lenguas clásicas.
Al principio yo partía de una premisa equivocada: que en esta esfera también se
me valoraría, ante todo, académicamente. Y que, como podría haber hecho derecho
y como podría haber hecho el doctorado cómodamente, en este otro mundo esto se me tendría en cuenta. Aunque no sabía
cómo ni por qué.
Naturalmente, el mundo
laboral va por otros derroteros. Adaptarse a él, y al inevitable trato con
seres humanos que conlleva, es lo que he llamado “la vía humana”. Es un proceso
de bajar desde las altas esferas académicas en las que uno ha sido formado
hacia un sustrato más terrenal. Es aprender a valorar otras cosas aparte del conocimiento per se o del éxito reconocido. Me refiero sobre todo a valorar el
trato humano, aún cuando no salga siempre del todo bien.
Hace poco me he hecho
con la serie completa de ‘Doctor en Alaska’ (Northern Exposure). Los primeros capítulos, que estoy visualizando
estos días, ilustran bien este camino: el de recuperar los motivos, humanizantes
y originales, que nos motivaron a estudiar. El protagonista de la serie es un
médico judío de Nueva York que acaba destinado a lo que él considera ser un
pueblucho perdido de la mano de Dios. Y parte de la serie es la historia de su
adaptación a este medio rural. Al final, tanto la historia de la serie, como la
mía, como probablemente la de mi médico de cabecera, es una historia de apreciar
y cultivar la propia humildad.

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