Recuerdo una
conversación que tuve con un lingüista de la universidad. Me dijo que muchos
alumnos acababan por escoger un itinerario de lingüística, y no de literatura,
tras observar cómo se estudia la literatura en la academia. En general, el
perfil de alumno interesado en los estudios literarios es alguien a quien le
encanta leer. Un devorador de novelas, por ejemplo, quien espera que le hagan
leer a Shakespeare o a Joyce y así poder convertir su ocio en su trabajo.
Los estudios literarios
van por otra senda, naturalmente. Discuten el concepto de autoría, de
intertextualidad, discuten cuestiones de género, raza o clase, y se preguntan
por la esencia de los géneros literarios o de la cultura popular. Leen a los
formalistas rusos, por quienes tengo simpatía, y leen también a los postestructuralistas,
a quienes no soporto. La literatura es un mero soporte, un modo de ejemplificar
su discurso que, además, no suele limitarse a las obras literarias, sino que
también abarca el cine, las series o los cómics.
Personalmente, a mí me
resultaría curioso, cuanto menos, que un amante de los animales se apuntara a
biología con la idea de convertir el amor por su gato en su ocupación
académica. O que un voraz políglota se apuntara a cursar lingüística teórica,
como si saber muchas lenguas extranjeras fuera interesante para estudiar el
cerebro humano y su relación con el habla. O que una mujer embarazada se
dispusiera a ser ginecóloga suponiendo que su estado le dará ventaja sobre sus
colegas.
Las ciencias son un
producto cultural, aunque esto no significa que no puedan hallar verdades
objetivas, reglas y hechos. Pero representan un enfoque muy concreto sobre su
campo de trabajo, un enfoque convenido y heredado, en algunos casos, desde el
Renacimiento. Cambiar o modificar este enfoque convenido es traumático. (En filología
clásica lo será, pero es mejor esto que morir como disciplina – véase El ocaso de la filología).
Más traumático es aún,
para algunos estudiantes, entender que deben cambiar sus mentalidades. Que en clase
de literatura no van a discutir por qué les gusta Tolstoi. Sin embargo, hay que
estar atentos a la justicia poética: cuando hayan acabado sus estudios, podrán
volver a leer y a gozar con esas obras. Yo tardé tres años en desintoxicarme de
la academia, pero lo conseguí. Ahora dispongo de las herramientas que ella me
dio, y he recuperado la curiosidad que tenía antes de entrar en ella. Es ideal.
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