24 d’oct. 2017

La mentalidad académica

Recuerdo una conversación que tuve con un lingüista de la universidad. Me dijo que muchos alumnos acababan por escoger un itinerario de lingüística, y no de literatura, tras observar cómo se estudia la literatura en la academia. En general, el perfil de alumno interesado en los estudios literarios es alguien a quien le encanta leer. Un devorador de novelas, por ejemplo, quien espera que le hagan leer a Shakespeare o a Joyce y así poder convertir su ocio en su trabajo.

Los estudios literarios van por otra senda, naturalmente. Discuten el concepto de autoría, de intertextualidad, discuten cuestiones de género, raza o clase, y se preguntan por la esencia de los géneros literarios o de la cultura popular. Leen a los formalistas rusos, por quienes tengo simpatía, y leen también a los postestructuralistas, a quienes no soporto. La literatura es un mero soporte, un modo de ejemplificar su discurso que, además, no suele limitarse a las obras literarias, sino que también abarca el cine, las series o los cómics.

Personalmente, a mí me resultaría curioso, cuanto menos, que un amante de los animales se apuntara a biología con la idea de convertir el amor por su gato en su ocupación académica. O que un voraz políglota se apuntara a cursar lingüística teórica, como si saber muchas lenguas extranjeras fuera interesante para estudiar el cerebro humano y su relación con el habla. O que una mujer embarazada se dispusiera a ser ginecóloga suponiendo que su estado le dará ventaja sobre sus colegas.

Las ciencias son un producto cultural, aunque esto no significa que no puedan hallar verdades objetivas, reglas y hechos. Pero representan un enfoque muy concreto sobre su campo de trabajo, un enfoque convenido y heredado, en algunos casos, desde el Renacimiento. Cambiar o modificar este enfoque convenido es traumático. (En filología clásica lo será, pero es mejor esto que morir como disciplina – véase El ocaso de la filología).

Más traumático es aún, para algunos estudiantes, entender que deben cambiar sus mentalidades. Que en clase de literatura no van a discutir por qué les gusta Tolstoi. Sin embargo, hay que estar atentos a la justicia poética: cuando hayan acabado sus estudios, podrán volver a leer y a gozar con esas obras. Yo tardé tres años en desintoxicarme de la academia, pero lo conseguí. Ahora dispongo de las herramientas que ella me dio, y he recuperado la curiosidad que tenía antes de entrar en ella. Es ideal.

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