25 d’oct. 2017

Tiempo verbal y tiempo real

El mítico libro de Xuriguera
En sexto de primaria mi promoción y yo tuvimos que aprendernos los tiempos verbales castellanos y catalanes. Es decir, saber qué era exactamente el imperfecto de subjuntivo activo (amase o amara, amases o amaras...) o el futuro perfecto de indicativo pasivo (habré sido amado, habrás sido amado...). Una auténtica tortura que, sin embargo, agradecí enormemente cuando me tocó estudiar latín en bachillerato.

Precisamente, hace poco charlaba de esto con mis alumnos. Les dije lo afortunados que eran de estudiar latín, y no griego, para la selectividad. Y se lo dije con los tiempos verbales en mente: el pluscuamperfecto de indicativo activo latino se traduce por el pluscuamperfecto de indicativo activo castellano o catalán; el pretérito perfecto de subjuntivo activo latino se traduce por el pretérito perfecto de subjuntivo activo castellano o catalán. Y así con todos.

Aunque la morfología de los tiempos haya cambiado, nuestros tiempos verbales son los del latín, ni más ni menos. Pero, ¡ah, el griego clásico!

El presente griego denota un hecho o una acción repetida en el tiempo –similar al present continuous inglés-; el perfecto griego denota una acción resultativa, es decir, que ha ocurrido en el pasado pero que tiene consecuencias en el presente; el aoristo griego, una acción puntual en el tiempo o una acción pasada. Por eso el pluscuamperfecto griego a penas era utilizado: su función (indicar el plus-quam-perfecto, es decir, el pasado del pasado) la absorbió el aoristo.

Consideremos las siguientes frases:
1) Prometeo muere.
2) Sócrates murió.
3) Péricles ha muerto.
En griego clásico, el verbo de la frase 1) estaría en presente –el mito de Prometeo nos cuenta que fue castigado a morir eternamente por una águila que le devoraba su hígado regenerador-; el verbo de la frase 2) estaría en aoristo –Sócrates murió una sola vez hace 2.500 años-; el verbo de la frase 3), dentro de un discurso fúnebre donde un orador lamentase la derrota de los atenienses ante los espartanos, estaría en perfecto –es decir, Péricles ha muerto y eso tiene una consecuencia en el presente-.

Si tú y yo vamos a visitar a un amigo y te pido, en griego clásico, que llames al timbre de su casa, será mejor que use un imperativo de aoristo para que llames una sola vez. Si uso un imperativo de presente, te estoy pidiendo que vayas llamando contínuamente al timbre. Si ayer hiciste los deberes de geografía y el profesor te los pide hoy, debes decirle, en griego clásico, que he hecho los deberes y conjugar el verbo en perfecto (los hiciste ayer, y los tienes hoy). Si has tomado hoy el té a las cinco de la tarde, debes especificar, en griego clásico, si es una costumbre tuya hacer esto (en cuyo caso usarías el presente) o si lo has hecho puntualmente hoy (en cuyo caso usarías el aoristo). Etcétera.

Lamento no dominar más lenguas ‘exóticas’ del estilo del griego clásico para contrarrestar ejemplos. Hasta el momento, he llamado la atención sobre el “imperfecto” reflejo del tiempo real que tenemos en cualquier lengua mediante el tiempo verbal.

La pregunta es obligada: ¿la lengua que hables condiciona o moldea tu percepción temporal? Y la respuesta –palabra de lingüista- es inmediata: no. La pragmática –el discurso en su contexto social e interpersonal- lo desmiente. Digamos que, aunque nuestros tiempos verbales heredados del latín puedan parecernos poco prácticos, nos entendemos sobradamente.

Hay, sin embargo, un detalle que a veces me corroe por dentro. No he leído bibliografía al respecto, y de hecho creo que no hay ningún artículo sobre esto. Lo haría yo mismo pero no tengo los medios para documentarlo en una variedad suficientemente amplia de lenguas. Me refiero a la centralidad del tiempo verbal dentro de la morfología de cualquier lengua. Me explico.

En castellano tenemos los llamados ‘verbos defectivos’. Son verbos que carecen de algunos tiempos: por ejemplo, el verbo aboler. Se conjuga siempre en pasado. No puedes decir yo abolo, así, en presente de indicativo. Lo sorprendente, a nivel morfológico, es que este tipo de características estructurales de los verbos suelen depender de su tiempo verbal, no de su modo (indicativo, subjuntivo), persona (primera, segunda o tercera), número (singular o plural) o voz (activa o pasiva).

También en otras cuestiones morfológicas, el tiempo suele ser el que manda. En inglés, la alternancia de raíces verbales (sing-sang-sung) está condicionada por el tiempo, y no por el modo, la persona, el número o la voz. En griego clásico existen los temidos ‘verbos polirrizos’, es decir, verbos con cuatro raíces distintas, una para cada tiempo. Y volvemos a lo mismo: una para cada tiempo. No una para cada persona, modo, voz o número. El por qué de esto nos lo tendría que aclarar algún neurobiólogo. ¿Voluntarios en la sala?

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