En sexto de primaria mi
promoción y yo tuvimos que aprendernos los tiempos verbales castellanos y
catalanes. Es decir, saber qué era exactamente el imperfecto de subjuntivo
activo (amase o amara, amases o amaras...) o el futuro perfecto de
indicativo pasivo (habré sido amado,
habrás sido amado...). Una auténtica tortura que, sin embargo, agradecí
enormemente cuando me tocó estudiar latín en bachillerato.
Precisamente, hace poco
charlaba de esto con mis alumnos. Les dije lo afortunados que eran de estudiar
latín, y no griego, para la selectividad. Y se lo dije con los tiempos verbales
en mente: el pluscuamperfecto de indicativo activo latino se traduce por el pluscuamperfecto de indicativo activo castellano
o catalán; el pretérito perfecto de subjuntivo activo latino se traduce por el pretérito perfecto de
subjuntivo activo castellano o catalán. Y así con todos.
Aunque la morfología de
los tiempos haya cambiado, nuestros tiempos verbales son los del latín, ni más
ni menos. Pero, ¡ah, el griego clásico!
El presente griego
denota un hecho o una acción repetida en el tiempo –similar al present continuous inglés-; el perfecto
griego denota una acción resultativa, es decir, que ha ocurrido en el pasado
pero que tiene consecuencias en el presente; el aoristo griego, una acción
puntual en el tiempo o una acción pasada. Por eso el pluscuamperfecto griego a penas
era utilizado: su función (indicar el
plus-quam-perfecto, es decir, el pasado del pasado) la absorbió el aoristo.
Consideremos las
siguientes frases:
1) Prometeo muere.
2) Sócrates murió.
3) Péricles ha muerto.
En griego clásico, el verbo de la frase 1) estaría
en presente –el mito de Prometeo nos cuenta que fue castigado a morir
eternamente por una águila que le devoraba su hígado regenerador-; el verbo de
la frase 2) estaría en aoristo –Sócrates murió una sola vez hace 2.500 años-;
el verbo de la frase 3), dentro de un discurso fúnebre donde un orador lamentase
la derrota de los atenienses ante los espartanos, estaría en perfecto –es decir,
Péricles ha muerto y eso tiene una consecuencia en el presente-.
Si tú y yo vamos a visitar a un amigo y te pido, en
griego clásico, que llames al timbre de su casa, será mejor que use un
imperativo de aoristo para que llames una sola vez. Si uso un imperativo de presente,
te estoy pidiendo que vayas llamando contínuamente al timbre. Si ayer hiciste
los deberes de geografía y el profesor te los pide hoy, debes decirle, en
griego clásico, que he hecho los deberes
y conjugar el verbo en perfecto (los hiciste ayer, y los tienes hoy). Si has
tomado hoy el té a las cinco de la tarde, debes especificar, en griego clásico,
si es una costumbre tuya hacer esto (en cuyo caso usarías el presente) o si lo
has hecho puntualmente hoy (en cuyo caso usarías el aoristo). Etcétera.
Lamento no dominar más lenguas ‘exóticas’ del estilo
del griego clásico para contrarrestar ejemplos. Hasta el momento, he llamado la
atención sobre el “imperfecto” reflejo del tiempo real que tenemos en cualquier
lengua mediante el tiempo verbal.
La pregunta es obligada: ¿la lengua que hables
condiciona o moldea tu percepción temporal? Y la respuesta –palabra de
lingüista- es inmediata: no. La pragmática –el discurso en su contexto social e
interpersonal- lo desmiente. Digamos que, aunque nuestros tiempos verbales
heredados del latín puedan parecernos poco prácticos, nos entendemos sobradamente.
Hay, sin embargo, un detalle que a veces me corroe
por dentro. No he leído bibliografía al respecto, y de hecho creo que no hay
ningún artículo sobre esto. Lo haría yo mismo pero no tengo los medios para
documentarlo en una variedad suficientemente amplia de lenguas. Me refiero a la
centralidad del tiempo verbal dentro
de la morfología de cualquier lengua. Me explico.
En castellano tenemos los llamados ‘verbos
defectivos’. Son verbos que carecen de algunos tiempos: por ejemplo, el verbo aboler. Se conjuga siempre en pasado. No
puedes decir yo abolo, así, en
presente de indicativo. Lo sorprendente, a nivel morfológico, es que este tipo
de características estructurales de los verbos suelen depender de su tiempo
verbal, no de su modo (indicativo, subjuntivo), persona (primera, segunda o
tercera), número (singular o plural) o voz (activa o pasiva).
También en otras cuestiones morfológicas, el tiempo suele ser el que manda. En
inglés, la alternancia de raíces verbales (sing-sang-sung)
está condicionada por el tiempo, y no por el modo, la persona, el número o la
voz. En griego clásico existen los temidos ‘verbos polirrizos’, es decir, verbos
con cuatro raíces distintas, una para cada tiempo. Y volvemos a lo mismo: una
para cada tiempo. No una para cada persona, modo, voz o número. El por qué de
esto nos lo tendría que aclarar algún neurobiólogo. ¿Voluntarios en la sala?

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