Uno de los libros que
más me impresionó leer en la carrera fue Prefacio
a Platón (1963) de Eric Alfred Havelock. Un ensayo maldito por muchos
filólogos y alabado por los críticos literarios, los antropólogos y los
filósofos. Creo que sólo por esto ya merece la pena tenerlo en cuenta.
Havelock era profesor
de griego clásico en Harvard y desarrolló la idea de que la escritura y la
paulatina alfabetización de la Grecia clásica dieron lugar a un cambio radical
en el pensamiento griego. Este cambio llegaría a su máximo esplendor con
Platón, el gran prosista griego de época clásica cuyo pensamiento se opondría
diametralmente al modus vivendi de
los griegos de la época arcaica. Si Platón escribe, los griegos arcaicos
memorizaban. Su cultura era mayormente oral y la
escritura era una tecnología
usada sobre todo por especialistas, para ellos. La época clásica cambiaría eso
extendiendo la escritura a más gente, y en ello Havelock encontró la razón de
que Platón quisiera expulsar a los poetas homéricos de su ciudad-estado ideal. Platón
defendía el ejercicio de la filosofía y de la razón, y los poetas homéricos
hacían... bueno, vayamos por partes.
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| Havelock |
Havelock no partía de
cero. Su universidad se especializó rápidamente y desde principios de siglo XX
en estudiar la poesía oral griega, es decir, los poemas homéricos. Helenistas
como Millman Parry o Albert Lord dieron un giro copernicano a la llamada
“cuestión homérica” – esencialmente, la pregunta por la autoría de la Ilíada y la Odisea- al argumentar que dicha cuestión estaba mal formulada.
Veamos.
En una sociedad oral,
que considera la escritura y el alfabeto como algo propio de los especialistas,
el concepto de autoría es discutible. Nada tiene copyright. El copyright se
hace en base a un solo texto. Varios textos conllevan varios derechos de autor.
Lord y Parry argumentaron que la Ilíada
que nos ha llegado actualmente es tan sólo una de las posibles ilíadas. Que los
poemas épicos se cantaban distintamente a cada momento de recitación. Los
esquemas rítmicos y los contenidos, el argumento, se mantenían, pero no así las
palabras concretas con las que se iba tejiendo el texto. En una sociedad oral,
con obras literarias orales, no tiene ningún sentido preguntar por la autoría
de un texto. El texto o no existe o cambia cada vez que se pronuncia.
La alfabetización y la
popularización de la escritura cambiarían eso. Un texto escrito es un texto
fijado, instaurado y, en principio, no modificable. Para entendernos, es como
una canción grabada en estudio.
Como decía, los poemas
homéricos se improvisaban a cada momento de recitación teniendo en cuenta dos
cosas: el ritmo (el hexámetro dactílico) y el contenido de cada canto. Parry
documentó bardos en directo en Yugoslavia que también hacían exactamente esto.
Lord demostró analíticamente que las repeticiones en Homero (adjetivos,
fórmulas preestablecidas, conectores...) eran una especie de coletilla que el poeta –fuese quien
fuese- usaba para encadenar el ritmo. Un rapero o un músico de jazz hacen
exactamente eso: improvisan, pero nunca se improvisa desde cero. Hay una base
que respetar y hay que tener ases en la manga, coletillas que te saquen del apuro.
A mi entender, la idea
nuclear de Havelock es que Platón criticaba a los rapsodas porque se limitaban
a imitar, a reproducir –con variaciones- una obra. En cambio, el filósofo
griego pedía pensar y usar la razón a sus compañeros atenienses. La escritura
le ayudó muchísimo, hasta el punto que nos ha moldeado a todos dos mil años
después. Tanto que nos cuesta mucho desprendernos de nuestros conceptos
alfabetizados para entender la Grecia arcaica. Menos mal que Havelock nos ayuda
siempre...

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