11 de febr. 2018

Depredadores de ciencias

Cortar el limón, una tarea difícil

Estos días voy ojeando los Cuadernos azul y marrón de Wittgenstein. Digo ‘ojeando’ y no ‘leyendo’ porque son francamente ilegibles. Las dos obras, editadas conjuntamente, son un puro compendio de reflexiones muy dispares sobre el lenguaje humano basadas en las propias impresiones del filósofo austríaco. Ni una mención a los estructuralistas, a Saussure, a la biología o a la ciencia cognitiva. Todo queda entre filósofos.

Una cosa es formular una pregunta estrictamente filosófica y otra formular una pregunta corriente y responderla filosóficamente. Wittgenstein hace siempre lo segundo, ignorando todo cuanto han dicho las demás disciplinas sobre el tema. La cosa es preocupante, propia de diletantes y peca de ‘filosofocentrismo’ –perdón por la palabra-.

Digo ya de antemano que me gustan muchos filósofos modernos. Gadamer, Frege, Polanyi, Huizinga, Hume, Schopenhauer, Stuart Mill, Ortega y Gasset, Feyerabend... Pero también creo que algunos filósofos viven aislados en una burbuja. Sobre todo, aquellos que creen poder opinar sobre absolutamente todo desde la filosofía.

Insisto: una pregunta filosófica tiene una(s) respuesta(s) filosófica(s), pero una pregunta corriente no. Es estúpido preguntarle a un filósofo por las valencias del azufre, por ejemplo.

Algunos filósofos han convertido su disciplina en un depredador de otras disciplinas. Igual que lo que algunos historiadores han hecho con la (ciencia de la) historia. Un arqueólogo o un filólogo saben siempre de lo que hablan: tratan con las fuentes de primera mano y tienen conocimientos específicos. El historiador se limita a compilar, a ‘explicar’ las reglas del juego... sin haberlo jugado nunca.

El problema con ello es que cuando uno tiene conocimientos realmente específicos –por ejemplo, sobre lengua hebrea o sobre dialectos del griego- se da cuenta de lo complicado de inferir conclusiones. Sin haber tocado de primera mano los datos, esta percepción no existe. Todo parece más fácil de lo que realmente es. Sólo cuando has cortado el limón con la espada (véase la imagen de arriba), sabes qué esperar de la caballería. Es una pena que Wittgenstein nunca lo hiciera.

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