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| Saturno |
Los dioses grecorromanos
han pervivido en nuestro imaginario. Y con ellos, sus nombres, representaciones
artísticas y atributos. Por ejemplo, el dios guerrero Marte, el dios del trueno
Júpiter o la diosa del amor Venus. Cuando les hablo de ellos, mis alumnos
sonríen siempre. “Esto ya nos lo sabemos”,
me vienen a decir. Sin embargo, es remarcable cómo obvian, y cómo solemos
obviar también nosotros, al dios Saturno y a sus atributos.
Saturno es un dios
viejo. Simboliza la perseverancia, la constancia ante las adversidades, una comprensión
madura del paso y los efectos del tiempo. Cualidades todas ellas que no son
especialmente llamativas. Marte o Apolo ganan, y por goleada, a Saturno en cuanto
a popularidad, por lo menos en mis clases con adolescentes.
La adolescencia es un
producto cultural. No todas las sociedades tienen adolescencia. La pubertad es
un hecho biológico que coincide con la adolescencia, pero que acaba siendo muy
sobrepasada por ésta otra. Hoy en día hay adolescentes de cuarenta años. En la
antigua Grecia, en cambio, dejabas de ser niño para ser adulto mediante un rito
de paso. Actualmente la adolescencia cubre este intervalo, alargándose ad libitum según la persona.
Los atributos de
Saturno resultan extraños, pasados de moda y desconocidos para un adolescente.
Saturno es el viejo sabio en el que no se quieren convertir. Y el latín,
empiezan a sospechar, es su Saturno particular. Es un vehículo hacia una
verdadera comprensión de su propia lengua, de su propia historia, tradición y
referentes. Dominar el latín exige varios años y mucha dedicación. Abrir el smartphone para consultar los mensajes
instantáneos del chat, no.
La adolescencia
prioriza el momento presente y la inmediatez. Es lo más natural del mundo,
porque es una etapa pasajera e irrepetible. Su egocentrismo inherente, bien
llevado, puede ser de lo más excitante. Por eso es la mejor edad para empezar a
estudiar latín. Es casi una pura cuestión de contrastes.
Todos hemos oído
conversaciones adolescentes. Dos chavales que llevan un año saliendo juntos
ante la admiración absoluta de sus compañeros. ¡Un año! Cuando tienes quince
años, un año es una eternidad. Cuando tienes cincuenta, un año no es ni una décima
parte de tu vida.
Estudiar latín durante tres
años para darte cuenta (por ejemplo, leyendo a Virgilio) de que a duras penas
sabes nada de latín es una sensación inconcebible para ellos. Y quizás por esto
es muy interesante que la empiecen a concebir. Se habla mucho de ‘cultura del
esfuerzo’ –una expresión de lo más saturniana, por cierto-, y muy poco de lo
recompensante y enriquecedor de ésta, de los horizontes mentales que puede
llegar a abrirte. La sola idea de que haya conocimientos, ciencias y artes de
una inconmensurabilidad indiscutible les asusta. Es como saltar al vacío. Pero
hacerse adulto también lo es, y tendrán que hacerlo tarde o temprano. El latín,
bien explicado y llevado, puede ser el puente que les ayude en ello.

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