21 de febr. 2018

El latín en la adolescencia

Saturno

Los dioses grecorromanos han pervivido en nuestro imaginario. Y con ellos, sus nombres, representaciones artísticas y atributos. Por ejemplo, el dios guerrero Marte, el dios del trueno Júpiter o la diosa del amor Venus. Cuando les hablo de ellos, mis alumnos sonríen siempre. “Esto ya nos lo sabemos”, me vienen a decir. Sin embargo, es remarcable cómo obvian, y cómo solemos obviar también nosotros, al dios Saturno y a sus atributos.

Saturno es un dios viejo. Simboliza la perseverancia, la constancia ante las adversidades, una comprensión madura del paso y los efectos del tiempo. Cualidades todas ellas que no son especialmente llamativas. Marte o Apolo ganan, y por goleada, a Saturno en cuanto a popularidad, por lo menos en mis clases con adolescentes.

La adolescencia es un producto cultural. No todas las sociedades tienen adolescencia. La pubertad es un hecho biológico que coincide con la adolescencia, pero que acaba siendo muy sobrepasada por ésta otra. Hoy en día hay adolescentes de cuarenta años. En la antigua Grecia, en cambio, dejabas de ser niño para ser adulto mediante un rito de paso. Actualmente la adolescencia cubre este intervalo, alargándose ad libitum según la persona.

Los atributos de Saturno resultan extraños, pasados de moda y desconocidos para un adolescente. Saturno es el viejo sabio en el que no se quieren convertir. Y el latín, empiezan a sospechar, es su Saturno particular. Es un vehículo hacia una verdadera comprensión de su propia lengua, de su propia historia, tradición y referentes. Dominar el latín exige varios años y mucha dedicación. Abrir el smartphone para consultar los mensajes instantáneos del chat, no.

La adolescencia prioriza el momento presente y la inmediatez. Es lo más natural del mundo, porque es una etapa pasajera e irrepetible. Su egocentrismo inherente, bien llevado, puede ser de lo más excitante. Por eso es la mejor edad para empezar a estudiar latín. Es casi una pura cuestión de contrastes.

Todos hemos oído conversaciones adolescentes. Dos chavales que llevan un año saliendo juntos ante la admiración absoluta de sus compañeros. ¡Un año! Cuando tienes quince años, un año es una eternidad. Cuando tienes cincuenta, un año no es ni una décima parte de tu vida.

Estudiar latín durante tres años para darte cuenta (por ejemplo, leyendo a Virgilio) de que a duras penas sabes nada de latín es una sensación inconcebible para ellos. Y quizás por esto es muy interesante que la empiecen a concebir. Se habla mucho de ‘cultura del esfuerzo’ –una expresión de lo más saturniana, por cierto-, y muy poco de lo recompensante y enriquecedor de ésta, de los horizontes mentales que puede llegar a abrirte. La sola idea de que haya conocimientos, ciencias y artes de una inconmensurabilidad indiscutible les asusta. Es como saltar al vacío. Pero hacerse adulto también lo es, y tendrán que hacerlo tarde o temprano. El latín, bien explicado y llevado, puede ser el puente que les ayude en ello.

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