“Karl Marx no había visto nada aún”, afirmaban Calvin y Hobbes sobre
el ‘opio del pueblo’ y refiriéndose a
la televisión. Yo añado: Calvin y Hobbes tampoco no habían visto nada aún. Que
se hubiesen esperado a ver instagram o youtube.
A mí me encanta Marx.
Es de los autores que más me han hecho pensar a lo largo de la vida. Quienes
simpatizan con él suelen decirme que yo no soy marxista, pero quienes lo
detestan me llaman marxista en seguida. En este sentido no sé cómo situarme.
Digamos que compro el análisis materialista con la certeza in mente de que el materialismo no lo explica todo.
Hace poco leía una
reflexión interesante. El marxismo es una de las corrientes teóricas con más
tendencia a generalizar y a abstraer los grupos sociales y, por extensión,
humanos. Se habla de ‘la burguesía’ o ‘del proletariado’ como entidades
autónomas. Pero yo tiendo a pensar que a un nivel ético no tiene sentido hablar
del Hombre (tampoco de la Burguesía o del Proletariado). De lo único que tiene
sentido hablar es de los hombres, de los burgueses o de los proletarios, insisto,
siempre que nos refiramos a la ética. Me
resulta difícil atribuir cualidades volitivas o responsables a una entidad
abstracta.
Los analistas marxistas
lo hacen con frecuencia. Por eso son deterministas. Yo creo en la libertad de los
hombres –coartada en gran parte, eso sí, por las condiciones materiales-, y
sobre todo creo en que debe cultivarse dicha libertad. No me refiero a las
acciones, sino a un a prori para
poder actuar. Me refiero a pensar, a la libertad de pensamiento.
Un concepto que nadie
defiende, pero que es obligatorio para defender luego, por ejemplo, la libertad
de expresión. La Universidad de Salamanca tiene un lema en latín: ‘Quod natura non dat, Salamantica non praestat’
(“Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo ofrece”). Y Gómez Dávila tenía
aquella sensacional frase que decía “Hay
un analfabetismo del alma que ningún diploma cura” (Escolios a un Texto Implicito, 1977, II, 469). Las dos frases van
en la misma dirección y son muy poco materialistas. Nos hablan del deber a
ejercer el pensamiento, seas de la clase social que seas.
Un materialista (no
tiene por qué ser marxista) puede hablar de conceptos como ‘capital cultural’ y
relacionarlo con el ‘capital económico’. Y puede que estadísticamente tenga
razón: los ricos estudian más, tienen más acceso a la cultura, más conocimientos
técnicos, etcétera. Pero el siguiente paso (¡ay!) es erróneo: atribuyendo
cualidades humanas a una entidad abstracta, generalizar y obviar , por ejemplo, cuántas
personas de este grupo ejercen realmente su pensamiento o su criterio.
Insisto: existen
hombres, no el Hombre. Salamanca y Gómez Dávila lo vieron con claridad: por más
dinero, medios, recursos, padres educados y títulos de Máster que ostentes,
tienes el deber de cultivarte. Si no, la diferencia entre tú y una oveja se
limitará a dos factores: la biología y el capital económico. Y quien piense que
estos dos factores lo explican todo y no hace falta ir más allá, o bien no me
ha entendido o bien no será bien recibido en Salamanca.

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