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| Amo te, ama me, de Alma Tadema |
quid leges sine moribus?
¿De qué sirven las leyes sin un cambio en las costumbres?
Horacio, Odas, III, 24, v. 35
Horacio se ha
convertido en mi poeta latino favorito. Recuerdo haber leído en más de una
ocasión cómo algunos latinistas lo tienen cruzado. Para ellos, el latín es la
cosa más solemne e importante del mundo. Por eso prefieren siempre a Virgilio,
un poeta serio, cristiano avant la lettre
y de tema épico y guerrero. Ovidio, por otro lado, se ocupa de la mitologia y de
los amores (temas sin duda mucho menos importantes al juicio de los latinistas),
y Horacio... Horacio es irónico, es fino, delicado y ambiguo en ocasiones. Esto
pone muy nerviosos a algunos profesores de latín. Quidquid latine dicitur altius esse videtur, decían los medievales:
“cualquier cosa que digas en latín parece más solemne”. Horacio “rebaja” el latín
y su seriedad. Hay gente que no puede con esto. Sin duda, ellos se lo pierden:
Horacio es sensacional.
En tercero de carrera
lo traduje. Es un autor complicadísimo, como ilustra la cita que encabeza esta
entrada. Horacio es sintético, conciso y parco en las palabras: hay que
interpretarlo constantemente. Literalmente, quid
leges sine moribus? significa “¿Por qué (hay) leyes sin costumbres?”, pero
la traducción castellana debe especificar el sentido de la frase. El latín de
Horacio –el buen latín- es siempre seco, como ya dije tiempo ha. El griego, en
cambio, es más fluctuante y disuelto. Si el griego es un vino o una cerveza, el
latín es puro licor. Es intenso por definición. Preguntad a Tácito, si no.
Además de la dificultad
formal, Horacio presenta otros problemas. Me refiero aquí a los referentes que
cita constantemente, y que hemos perdido por completo. Todos tenemos en mente,
más o menos, los dioses grecolatinos y sus nombres y atributos, pero ¿y los
nombres de los vientos romanos, de los vinos, de las fuentes, de los peces?
Horacio se nutre de todas estas cosas. Es complicado de entender incluso en
traducción. Yo diría que necesitas un filólogo al lado para comprender bien
Horacio.
Un buen colega mío me
dijo hace unos años que los romanos reconocían a sus tres grandes poetas –Virgilio,
Horacio, Ovidio- por la musicalidad de sus versos. Los filólogos clásicos
estamos a años luz de conseguir esto. Nos dedicamos a analizar la métrica latina, cuando esto es algo que debería entrar
por el oído mientras comprendemos el poema. Sé de sobras que Horacio ya era difícil para los romanos (¡cómo
no va a serlo para nosotros!), pero, citándole a él mismo, post equitem sedet atra Cura: “tras el jinete cabalga la negra
Disciplina”. Es decir, vale la pena esforzarnos para entender a Horacio. Yo
llevo un tiempo haciéndolo y la recompensa no tiene precio. Es más relajante
que una clase de yoga, y, ante todo, es precioso. Es una pura delicia.

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