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| Pareja leyendo, Kikugawa Eizan |
Al comienzo de su Simposio, Jenofonte nos presenta a un
Sócrates literario que charla con otros ciudadanos griegos en un banquete.
Nicérato y Antístenes empiezan a hablar, y el primero afirma que su padre (“que procura que yo me convierta en un hombre
de bien”) le ha hecho memorizar toda la Ilíada
y toda la Odisea, y que ahora mismo
sería capaz de recitarlas de memoria. La afirmación, lejos de sorprender a
nadie, provoca la reacción de Antístenes: esto no tiene ningún mérito, le viene
a decir. Todos los rapsodas se las saben.
La Ilíada tiene quince mil versos, y la Odisea doce mil. Para los griegos eran mucho más que unas piezas
literarias: eran un pozo de sabiduría panhelénica de donde podían extraer
referentes, frases y consejos para el día a día. Seguro que la mayoría de
griegos que habían recibido educación se sabían, por lo menos, algunos
episodios de memoria. Las citas de estas dos obras nutren absolutamente toda la
literatura griega.
Poquísimos estudiantes
de hoy en día son obligados a memorizar un poema de Garcilaso, o de Quevedo, o
un párrafo del Quijote. El mismo
sistema educativo favorece la amnesia sistemática. La diferencia entre un
griego de hace 2.500 años y nosotros no es biológica: quiero pensar que el homo sapiens tiene las mismas
capacidades cognitivas antes que ahora. La diferencia, evidentemente, yace en
la cultura.
Y, por supuesto, las
diferencias aquí sí que son abismales. Empezando por la imprenta y acabando por
la sociedad digital, el mundo ha cambiado tanto que no hace falta exigir que
nadie se aprenda quince mil versos de memoria. Pero tal vez estamos en el
extremo opuesto. Me explico.
Desde gran parte de la
pedagogía actual se defiende un concepto a
priori muy interesante: el llamado “aprendizaje significativo”. Es la idea
de que para aprender algo tienes que atribuirle un sentido, te tiene que
conmover o gustar. Se opone al “aprendizaje memorístico”, aquel que se hace
para aprobar el examen y que acaba rápidamente enterrado. Esta oposición, mal
entendida, ha llevado a algunos problemas a mi entender.
George Steiner explica
que las novelas de Dostoievski se conservaron durante el Estalinismo gracias a
ávidos lectores que se las aprendieron de memoria. Hay un solo requisito para
aprenderse satisfactoriamente una novela de memoria: que te guste, que la
disfrutes palabra por palabra. De otro modo se olvida fácilmente. Yo estoy
convencido de que esos lectores de Dostoievski hicieron un aprendizaje muy
significativo.
Y, sin embargo, nadie
lo diría. El problema de contraponer ‘significado’ con ‘memoria’ es que asociamos
la segunda con una operación rutinaria... que se hace sobre las obras
literarias. Obras que no deben de gustar a nadie, porque son muy largas y
tienen fama de aburridas. Como si El
Quijote no fuese una de las obras más divertidas jamás escritas.
La Ilíada y la Odisea se
dejaron de aprender de memoria ya en la antigüedad cuando pasó un hecho muy
sencillo: cuando dejaron de ser canónicas. Cuando dejaron de resonar entre los
estudiantes. Y gran parte de este horror
memoriae de nuestra sociedad y de nuestro sistema educativo arraiga en un
problema similar. Es un problema de cánon. Se ha desvanecido.
Personalmente me cuesta
encontrar obras literarias que sean un referente para cualquier persona cultivada. La Bíblia, la Odisea o El Quijote lo
son tan sólo a modo de título. Poca gente se las lee. Si cito un fragmento de
la Odisea en un discurso.... ¿cuánta
gente sabrá reconocer la referencia?
Destruidos los modelos,
la memorización pierde sentido. La relativización del cánon, muchas veces
promulgada desde las mismas facultades de letras, ha hecho un daño terrible.
También alguna que otra corriente pedagógica mal entendida, y aplicada muy a la
ligera y rápidamente. Este daño no será fácil de reparar. A fin de cuentas, una
sociedad sin una memoria fuerte es una sociedad sin identidad.

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