8 de maig 2018

El horror de la memoria

Pareja leyendo, Kikugawa Eizan
Jenofonte fue discípulo de Sócrates. Él, un reconocido militar ateniense con simpatías espartanas, tuvo el privilegio de tratar con el indiscutible padre de la filosofía occidental. Más aún: tuvo el privilegio de trazar, junto con Platón, los rasgos principales de la figura literaria de su maestro. Sócrates no dejó nada escrito; todo cuanto sabemos de él lo debemos a otros autores griegos que lo conocieron. Y Jenofonte es uno de ellos.

Al comienzo de su Simposio, Jenofonte nos presenta a un Sócrates literario que charla con otros ciudadanos griegos en un banquete. Nicérato y Antístenes empiezan a hablar, y el primero afirma que su padre (“que procura que yo me convierta en un hombre de bien”) le ha hecho memorizar toda la Ilíada y toda la Odisea, y que ahora mismo sería capaz de recitarlas de memoria. La afirmación, lejos de sorprender a nadie, provoca la reacción de Antístenes: esto no tiene ningún mérito, le viene a decir. Todos los rapsodas se las saben.

La Ilíada tiene quince mil versos, y la Odisea doce mil. Para los griegos eran mucho más que unas piezas literarias: eran un pozo de sabiduría panhelénica de donde podían extraer referentes, frases y consejos para el día a día. Seguro que la mayoría de griegos que habían recibido educación se sabían, por lo menos, algunos episodios de memoria. Las citas de estas dos obras nutren absolutamente toda la literatura griega.

Poquísimos estudiantes de hoy en día son obligados a memorizar un poema de Garcilaso, o de Quevedo, o un párrafo del Quijote. El mismo sistema educativo favorece la amnesia sistemática. La diferencia entre un griego de hace 2.500 años y nosotros no es biológica: quiero pensar que el homo sapiens tiene las mismas capacidades cognitivas antes que ahora. La diferencia, evidentemente, yace en la cultura.

Y, por supuesto, las diferencias aquí sí que son abismales. Empezando por la imprenta y acabando por la sociedad digital, el mundo ha cambiado tanto que no hace falta exigir que nadie se aprenda quince mil versos de memoria. Pero tal vez estamos en el extremo opuesto. Me explico.

Desde gran parte de la pedagogía actual se defiende un concepto a priori muy interesante: el llamado “aprendizaje significativo”. Es la idea de que para aprender algo tienes que atribuirle un sentido, te tiene que conmover o gustar. Se opone al “aprendizaje memorístico”, aquel que se hace para aprobar el examen y que acaba rápidamente enterrado. Esta oposición, mal entendida, ha llevado a algunos problemas a mi entender.

George Steiner explica que las novelas de Dostoievski se conservaron durante el Estalinismo gracias a ávidos lectores que se las aprendieron de memoria. Hay un solo requisito para aprenderse satisfactoriamente una novela de memoria: que te guste, que la disfrutes palabra por palabra. De otro modo se olvida fácilmente. Yo estoy convencido de que esos lectores de Dostoievski hicieron un aprendizaje muy significativo.

Y, sin embargo, nadie lo diría. El problema de contraponer ‘significado’ con ‘memoria’ es que asociamos la segunda con una operación rutinaria... que se hace sobre las obras literarias. Obras que no deben de gustar a nadie, porque son muy largas y tienen fama de aburridas. Como si El Quijote no fuese una de las obras más divertidas jamás escritas.

La Ilíada y la Odisea se dejaron de aprender de memoria ya en la antigüedad cuando pasó un hecho muy sencillo: cuando dejaron de ser canónicas. Cuando dejaron de resonar entre los estudiantes. Y gran parte de este horror memoriae de nuestra sociedad y de nuestro sistema educativo arraiga en un problema similar. Es un problema de cánon. Se ha desvanecido.

Personalmente me cuesta encontrar obras literarias que sean un referente para cualquier persona cultivada. La Bíblia, la Odisea o El Quijote lo son tan sólo a modo de título. Poca gente se las lee. Si cito un fragmento de la Odisea en un discurso.... ¿cuánta gente sabrá reconocer la referencia?

Destruidos los modelos, la memorización pierde sentido. La relativización del cánon, muchas veces promulgada desde las mismas facultades de letras, ha hecho un daño terrible. También alguna que otra corriente pedagógica mal entendida, y aplicada muy a la ligera y rápidamente. Este daño no será fácil de reparar. A fin de cuentas, una sociedad sin una memoria fuerte es una sociedad sin identidad.

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