Esto es el árabe kaif: saborear nuestra existencia animal; gozar pasivamente de los sentidos y nada más; una languidez placiente, una tranquilidad ensoñadora, hacer castillos de viento, que en Asia ocupan el lugar de la vida agitada, intensa y apasionada de Europa. Es consecuencia de una naturaleza alegre, impresionable y excitable, y de una exquisita sensibilidad temperamental; demuestra una tendencia a la voluptuosidad totalmente desconocida en las regiones septentrionales, donde la felicidad se encuentra ejerciendo tanto las facultades mentales como las físicas; donde Ernst ist das Leben; donde la tierra avariciosa te hace sudar la cara constantemente, mientras que el aire gélido y húmedo te pide una excitación contínua, o ejercicio, o cambios, o aventuras, o disipación, si no hay nada mejor. En Asia, el hombre no quiere otra cosa que reposo y sombra; en los márgenes de un riachuelo susurrante, o bajo el fresco cobijo de un árbol fragante, es absolutamente feliz, fumando una pipa, o sorbiendo una taza de café, o tomando un vaso de leche helada, pero por encima de todo turbando el cuerpo y la mente cuanto menos mejor; el tumulto de la conversación, el enojo de los recuerdos y la vanidad de los pensamientos son las interrupciones más desplacientes de este kaif. ¡No es estraño que kaif nos sea una palabra intraducible!
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| Winslow Homer, Jugando a pescar, 1875. |

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