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| El Juramento de los Horacios, de David |
Esta entrada surge
después de una serie de conversaciones con unos colegas míos. Personalmente, no
juego a videojuegos desde hace muchos años, pero encuentro muy interesante la
reflexión porque nos lleva a los cimientos de la estética, a la pregunta misma
por la esencia del arte.
Vamos a empezar con un
poco de ciencia ficción. Imaginemos que en el año 2021 estalla la Tercera
Guerra Mundial. Las armas nucleares destruyen todo el mundo civilizado, que
tarda un siglo en recuperarse. Así, en el siglo XXII, los historiadores
empiezan a investigar sobre la guerra, sobre sus causas y, ante todo, a
investigar sobre cómo era aquella sociedad antes
del conflicto.
Ayudados por los
arqueólogos, los historiadores reconstruyen las costumbres de aquella sociedad
del siglo XXI, la nuestra. Supongamos que entre los objetos personales de esa
cultura encuentran los siguientes: objetos de higiene personal; muebles;
coches; cuadros y discos de música, por ejemplo.
Objetos todos ellos que
conocen bien, y que también tienen en el siglo XXII. Pero entre las ruinas
aparecen unos objetos extraños y desconocidos: los videojuegos. Más aún:
a) se encuentran los mismos videojuegos en Europa, América, Rusia o Japón.
b) parece evidente, además, que hay una progresión técnica en ellos (los gráficos, que van mejorando).
c) además, los individuos interactuaban con estos objetos sin buscar ninguna finalidad práctica inmediata y externa a ellos.
Del primer dato,
deducen que existe una ‘cultura del videojuego’; del segundo, que pasan por
‘distintas fases’; y del tercero, deducen que pertenecen al campo del ‘ocio’ o del ‘placer’.
La única condición para
que estos arqueólogos puedan clasificar estos objetos como arte es la siguiente: que ellos mismos tengan algo similar que
también sea considerado arte. Con esto quiero decir que, en el fondo, uno de
los problemas de clasificar a los videjuegos es que son una absoluta novedad,
una excepción en el campo del ocio o
del arte hasta el momento. Voy a desarrollar un poco esta idea en las líneas
que siguen.
Se encuentran los
mismos objetos en distintos... ¡continentes!. Esto es debido a la
globalización, deducen los arqueólogos de inmediato. La globalización es
esencialmente un fenómeno económico: los productos viajan, y viajan para
venderse. No es ‘comercio’ en un sentido tradicional del término, sino que hay
unos centros de producción muy bien localizados (Estados Unidos, Japón) que
distribuyen estos objetos por todo el mundo. Estos centros de producción son empresas.
¿Hay una intención
artística en una empresa, o sólo se busca el beneficio? ¿Son cosas incompatibles?
Dalí autorizaba él mismo falsificaciones de sus cuadros con tal de ganar más
dinero. ¿Deducimos de ello que Dalí no es arte, entonces? Si ponemos dos
cuadros juntos, uno de Dalí a la izquierda y otro falsificado a la derecha, ¿diremos
que el primero es arte y el segundo no?
Hay, además, una
‘progresión técnica’ evidente en estos productos (gráficos, sonido). Esto se
puede equiparar con los avances en perspectiva del Renacimiento, con el sfumato de da Vinci o los claroscuros
neoclásicos, innovaciones todas ellas con las que se conseguía un efecto mucho
más realista que antes. Es evidente que muchas artes progresan técnicamente con
el tiempo. El problema, no obstante, es si la calidad técnica determina si algo
es arte. ¿Es arte el Empire State, entonces? ¿Y un portaviones militar? Seguro
que los ingenieros se rompieron el coco haciéndolo. O, por ejemplo, podemos
preguntarnos también si los pintores realistas son arte, pero las pinturas
cavernícolas no.
Pero lo más
interesante, para mí, es el tercer punto: los individuos interactuaban con
estos objetos sin más finalidad que pasar un buen rato. Todas las artes
canónicas (literatura, pintura, cine, escultura, etc.) presuponen una actitud
contemplativa ante sus obras. El espectador es pasivo, es un puro receptor que
no entra en el juego. Y desde luego, esto no es así en los videojuegos. ¿Es
éste el obstáculo insalvable? Lo dejo
en el aire.

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