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| Slim Dusty |
Cada vez que la RAE
decide incluir una palabra nueva en su diccionario saltan voces que claman al
cielo. Desde la RAE misma insisten en que su diccionario se limita a recoger el uso que los hablantes dan al
castellano, pero el hecho de que se trate de la principal institución que
regula la lengua en España y Latinoamérica les da una carga prescriptiva y
reguladora difícilmente obviable. Pasa lo mismo en catalán, mi lengua materna,
en la que recientemente la normativa ha decidido suprimir los acentos
diacríticos, es decir, aquellos que sirven para distinguir palabras distintas que
se escriben igual.
Lo mejor es observar
las reacciones de los hablantes, escritores y ‘entendidos’ en cada caso. Todos
somos muy conservadores cuando nos tocan la lengua. Pero ahora vamos a
desplazarnos a Grecia por un momento.
El griego clásico tenía
seis signos ortográficos (ὰ, ά, ᾶ, ἀ, ἁ, ᾳ) que,
además, se podían combinar (ᾆ). Esto respondía al hecho de que el griego
antiguo era una lengua tonal, similar al chino de la actualidad.
El
griego dejó de ser tonal para ser tónico muy rápidamente. No obstante, por
tradición, se seguía escribiendo el griego moderno con el viejo sistema
politónico, obsoleto y francamente complicado.
Los
griegos abandonaron esos seis signos... ¡en el año 1981!, gracias a las
reformas del socialista Papandreu. El griego pasó a tener un solo acento (ά), y
así sigue hasta el día de hoy.
El
griego tiene el triple de años que el castellano o el catalán. Es una lengua que
desafía nuestra percepción temporal, es enormemente antigua.
La única lengua viva que puede compararse con el griego en cuanto a longevidad
es el chino, que yo sepa.
Los griegos actuales
están muy orgullosos de su historia, y saben que haber simplificado su
ortografía no es ninguna traición, como tampoco lo es tomar préstamos del
francés, del inglés o del turco.
Más bien al contrario:
es una proyección hacia el futuro y hacia los futuros interesados en acercarse
a su lengua y a su cultura. ¿Tenemos esto los catalanohablantes? Creo que no. La
normativa ortográfica de Pompeu Fabra, que ya ha cumplido el siglo, también
suscitó mucho revuelo en su momento. Escritoras modernistas como Víctor Català
(Caterina Albert) la criticaban porque con ella se perdía la ‘riqueza’ del
catalán. Hoy en día, en cambio, sin la reforma fabriana el catalán sería una
triste anécdota del pasado.
Los países más o menos
pequeños conservan su cultura con uñas y dientes. Cuando nos tocan el
patrimonio inmaterial sacamos las garras en seguida. Por poner un ejemplo bastante
lejano, en Australia la adopción del sistema métrico también tuvo sus detractores. El revuelo originado
inspiró una canción de Slim Dusty, uno de los mejores cantantes de
country del país: Kilometers are still Miles
to me. Tan curiosa como reveladora, porque viene a decirnos que tengamos
cuidado con tocar nuestro patrimonio inmaterial.

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