29 de maig 2018

Las gafas de la lingüística

El Dr. Jacoby de Twin Peaks con sus míticas gafas

Confieso que me hubiese encantado poder enseñar lingüística, especialmente a los niveles más bajos. No tanto por enseñar conceptos básicos (que en lingüística suelen ser los más difíciles), sino por obligarme a adaptar los contenidos de la lingüística a estudiantes que nunca la han cursado. Cuando a uno le preguntan qué es el lenguaje, qué es un sustantivo o qué es el modo subjuntivo se cuestiona todo cuanto sabía. De la misma manera, explicar en si mismo qué es la lingüística a personas ajenas a ella es todo un reto.

En este sentido, me gusta pensar en la lingüística como en unas gafas de colores, que tiñen la realidad (lingüística) de naranja o de azul, o del color que sea. Todo depende de qué nos preguntemos, de qué esperemos encontrar. En lingüística, sin una teoría previa no vas a ninguna parte.

En efecto, una de las primeras ideas que hay que combatir en lingüística, a mi juicio, es que ya conocemos todas las lenguas del mundo.

Bajo una óptica lingüística esto es totalmente falso. Y con ello no me refiero a lenguas como el suahili, el !kung o el zapoteca de San Louis. Me refiero a que no conocemos del todo ni siquiera el inglés, o ni siquiera el español. Vamos a ello.

Una de las distinciones que suelo tratar en mis clases de griego y de latín es saber diferenciar entre una familia y una tipología. Una familia lingüística exige vínculos de sangre. El latín es el padre del francés. El alemán y el inglés son hermanos. Una(s) lengua(s) da lugar a otras, una lengua nace de otra. Una tipología es un concepto distinto y, posiblemente, más productivo todavía: una agrupación o división de lenguas siguiendo un criterio concreto.

Esto lo suelo ejemplificar con los alumnos de mi grupo. Puedo tomar dos hermanos gemelos que asistan juntos a clase, y son de la misma familia. Pero también puedo dividir a mis alumnos entre quienes llevan el pelo largo y quienes lo llevan corto; entre quienes son zurdos y quienes no; entre quienes tienen un apellido que empieza por vocal y quienes tienen un apellido que empieza por consonante. Esto son tipologías, para entendernos, y nos demuestran que todo cuanto encuentras viene determinado por lo que ibas buscando a priori.

Naturalmente, conocemos cómo funcionan el inglés o el español a nivel usuario con gran precisión. Pero sólo en el mismo sentido en que todos tenemos en mente a nuestro mejor amigo. Supongamos que es bajo, rubio, ojos marrones, piel clara, que su plato favorito son los macarrones, que tiene asma y que viste muy informal. Pero ahora unos investigadores han descubierto una nueva enfermedad congénita. Y pasamos a clasificar, de nuevo, a nuestro mejor amigo en el grupo de los que o tienen esta enfermedad o no la tienen. Lo redescubrimos, lo volvemos a clasificar. La lingüística funciona igual.

Lo curioso de las tipologías lingüísticas es que muchas veces establecen vínculos muy fuertes y separados de las agrupaciones familiares. El inglés se parece más al francés, en algunos puntos, que al alemán, aunque esto nos rompa la lógica familiar. El inglés y el francés tienen ambos pronombres expletivos (There is / Il y a), ponen siempre el sujeto en sus oraciones y no se declinan. El alemán cumple las dos primeras características, pero no la tercera. Se declina, y además tiene un orden muy marcado en sus oraciones, a diferencia del inglés. El latín, el chino, el ruso, el alemán o el inglés tienen todos phrasal verbs o algo muy parecido a ellos. El castellano, el francés, el italiano y el japonés, no. Exactamente de la misma manera que, por ejemplo, tu hermano lleva tatuajes y tú no, y en eso te pareces más al vecino del séptimo que a él.

Mi hermano, por cierto, es arqueólogo y suele repetirme de vez en cuando una frase de uno de sus profesores de arqueología: “sólo se encuentra lo que se busca y sólo se busca lo que se conoce”. Y, por supuesto, me parece cien por cien aplicable a la lingüística.

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