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| El Dr. Jacoby de Twin Peaks con sus míticas gafas |
Confieso que me hubiese
encantado poder enseñar lingüística, especialmente a los niveles más bajos. No
tanto por enseñar conceptos básicos (que en lingüística suelen ser los más
difíciles), sino por obligarme a adaptar los contenidos de la lingüística a
estudiantes que nunca la han cursado. Cuando a uno le preguntan qué es el
lenguaje, qué es un sustantivo o qué es el modo subjuntivo se cuestiona todo
cuanto sabía. De la misma manera, explicar en si mismo qué es la lingüística a
personas ajenas a ella es todo un reto.
En este sentido, me
gusta pensar en la lingüística como en unas gafas de colores, que tiñen la
realidad (lingüística) de naranja o de azul, o del color que sea. Todo depende
de qué nos preguntemos, de qué esperemos encontrar. En lingüística, sin una
teoría previa no vas a ninguna parte.
En efecto, una de las
primeras ideas que hay que combatir en lingüística, a mi juicio, es que ya conocemos todas las lenguas del
mundo.
Bajo una óptica lingüística
esto es totalmente falso. Y con ello no me refiero a lenguas como el suahili,
el !kung o el zapoteca de San Louis. Me refiero a que no conocemos del todo ni
siquiera el inglés, o ni siquiera el español. Vamos a ello.
Una de las distinciones
que suelo tratar en mis clases de griego y de latín es saber diferenciar entre
una familia y una tipología. Una familia lingüística exige vínculos de sangre. El latín es el padre del francés. El alemán
y el inglés son hermanos. Una(s) lengua(s) da lugar a otras, una lengua nace de otra. Una tipología es un
concepto distinto y, posiblemente, más productivo todavía: una agrupación o
división de lenguas siguiendo un criterio concreto.
Esto lo suelo
ejemplificar con los alumnos de mi grupo. Puedo tomar dos hermanos gemelos que
asistan juntos a clase, y son de la misma familia. Pero también puedo dividir a
mis alumnos entre quienes llevan el pelo largo y quienes lo llevan corto; entre
quienes son zurdos y quienes no; entre quienes tienen un apellido que empieza
por vocal y quienes tienen un apellido que empieza por consonante. Esto son tipologías, para entendernos, y nos
demuestran que todo cuanto encuentras viene determinado por lo que ibas
buscando a priori.
Naturalmente, conocemos
cómo funcionan el inglés o el español a nivel usuario con gran precisión. Pero
sólo en el mismo sentido en que todos tenemos en mente a nuestro mejor amigo.
Supongamos que es bajo, rubio, ojos marrones, piel clara, que su plato favorito
son los macarrones, que tiene asma y que viste muy informal. Pero ahora unos
investigadores han descubierto una nueva enfermedad congénita. Y pasamos a
clasificar, de nuevo, a nuestro mejor amigo en el grupo de los que o tienen
esta enfermedad o no la tienen. Lo redescubrimos,
lo volvemos a clasificar. La lingüística funciona igual.
Lo curioso de las
tipologías lingüísticas es que muchas veces establecen vínculos muy fuertes y separados
de las agrupaciones familiares. El inglés se parece más al francés, en algunos
puntos, que al alemán, aunque esto nos rompa
la lógica familiar. El inglés y el francés tienen ambos pronombres expletivos (There is / Il y a), ponen siempre el
sujeto en sus oraciones y no se declinan. El alemán cumple las dos primeras características,
pero no la tercera. Se declina, y además tiene un orden muy marcado en sus
oraciones, a diferencia del inglés. El latín, el chino, el ruso, el alemán o el
inglés tienen todos phrasal verbs o
algo muy parecido a ellos. El castellano, el francés, el italiano y el japonés,
no. Exactamente de la misma manera que, por ejemplo, tu hermano lleva tatuajes
y tú no, y en eso te pareces más al
vecino del séptimo que a él.
Mi hermano, por cierto,
es arqueólogo y suele repetirme de vez en cuando una frase de uno de sus
profesores de arqueología: “sólo se
encuentra lo que se busca y sólo se busca lo que se conoce”. Y, por
supuesto, me parece cien por cien aplicable a la lingüística.

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