γίγνωσκε τἀνθρώπεια μὴ σέβειν ἄγαν.
Aprende a no honrar demasiado nada humano.
Esquilo, fragmento 159.
La conexión entre ambas
frases me ha venido inmediatamente a la cabeza. Puede que las dos se refieran a
tener conciencia de la imperfección de nuestro mundo. A saber que todo se
acaba, tarde o temprano, y que las personas nos suelen fallar. En un plano más
psicológico, puede incluso que Esquilo se refiriese a saber separar la realidad
externa de la interna, a nuestras proyecciones y granos de subjetividad que
ponemos en las cosas.
Sin embargo, la frase
de Esquilo me parece inacabada. Creo que un griego la completaría diciendo “y
que sepas que todo lo honorable viene de los dioses”. A nosotros esta segunda
parte nos desconcierta un poco. La “religión” griega –aunque los griegos
carecían de esta palabra- se basa en exteriorizar, mediante las divinidades,
estados, actitudes y patrones de conducta internos y típicamente humanos. Desde
luego, las religiones semíticas y de libro han ido por otra senda.
Nuestro mundo secular
ha desplazado la religión del centro de nuestras vidas para poner un sustituto ahí
que cambia según la persona. Incluso para la inmensa mayoría de creyentes la
religión no es el centro de sus vidas, como sí que podía haberlo sido en la
Edad Media. Hace poco leía en un periódico americano que una de las alternativas
a ella podía ser el arte, aunque el tema en cuestión no se desarrollaba in extenso.
Estoy de acuerdo con
esta postura siempre que maticemos qué entendemos por arte. Precisamente, una
de las características que solemos asociar al arte es que no tiene una
finalidad, que no sirve. Ars gratia artis,
decimos en latín: el arte por el arte. Aunque la pintura y la escultura cumplan
el requisito, la literatura, el cine o el teatro no. Con ellos se pretende que
nos conozcamos mejor a nosotros mismos. La catarsis de Aristóteles sigue
operativa en estas disciplinas artísticas todavía hoy.
El foco humanista del
arte, y el arte -con el que conocerse mejor- entendido como sustituto de la religión,
son ideas que podrían acercar nuestra sociedad secular a la Grecia clásica y a
sus dioses humanos. Naturalmente, esto dista de ser así. Basta con señalar cómo
disfrutamos con la literatura o el cine: como pura (y superficial) evasión, o
también cómo lo estudiamos: ideológicamente. Los estudios de género, de clase o
de raza centran su foco en politizar las obras, no en leerlas por el placer de
conmovernos. Harold Bloom decía aquello de que poquísimos estudiantes entran
ahora en Yale con una auténtica pasión por la lectura; y Gómez Dávila, que el
buen lector es quien lee por placer libros que los demás estudian. Si vaciamos la literatura de su contenido inmaterial, nos queda sólo un esqueleto que
nos encanta clasificar o criticar según un criterio escogido a priori. Una triste sentencia para los
clásicos... y para nosotros.
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