14 de des. 2018

Un arte extrovertido

Los amantes O-ume y Kumenosuke, Utamaro

Uno de los mejores recuerdos que guardo de Zaragoza fue la visita al museo municipal y a su colección de arte oriental. La “Colección Federico Torralba” contiene una cantidad enorme de arte japonés, mayormente cerámico, que uno puede ver tanto in situ como a través de un bello catálogo, de tapa dura y a todo color, que se vende en el mismo museo. Precisamente, hoy me gustaría rescatar un cuadro de este catálogo.

“Los amantes O-ume y Kumenosuke” es una pintura en papel del Edo del siglo XVIII. Una delicadeza a la que no presté demasiada atención en su momento por encontrarme abrumado ante la presencia de tantas otras obras. Como en muchas pinturas japonesas, las líneas finas y el dibujo estilizado son marca de la casa; la composición dista de ser simétrica y hay un movimiento tan sólo intuido. Pero lo más notable, a mi parecer, es el ejercicio de contrastar el título de la obra con la actitud de sus personajes; son dos amantes, se nos dice, pero ni siquiera cruzan sus miradas y a penas se tocan.

Desde luego, es de esperar que la sociedad japonesa, incluso en la actualidad, conciba el amor de una forma distinta a la de nuestros países mediterráneos. Japón y sus habitantes tienen fama de ser introvertidos, y sus pautas a la hora de relacionarse son un reflejo de esto. En muchas novelas románticas japonesas todo pasa antes de la relación, en los momentos en que ésta tan sólo empieza a cultivarse: las miradas, los gestos y las palabras son los protagonistas absolutos. Para nosotros, seres con un espíritu de sangre más caliente, todo esto nos parece una pérdida de tiempo, un cortejo inexplicablemente largo.

Occidente empezó a prestar atención a Japón, en un sentido cultural, a finales del siglo XIX, con una corriente artística dominante aquí, el Romanticismo, que ya agonizaba. Los poetas románticos y su arte eran todo lo contrario a los artistas japoneses. Con un yo omnipresente, que todo lo impregna y domina, y un tono elevado y pretenciosamente solemne, la literatura occidental del siglo XIX dejó pasó a la fascinación por los haikus y los tankas, en donde el yo poético-literario es un mero espectador que no participa de la acción. Era, supongo, el movimiento pendular del arte y de su foco.

El arte occidental –de Van Gogh a Byron, de Munch a Breton- es introvertido. El autor y sus peripecias, internas o externas, son sus protagonistas. Yo que tanto he sufrido, yo que tanto he hecho, yo que tanto he vivido. El arte japonés me ha parecido ser siempre todo lo contrario. Su yo mira hacia fuera indefectiblemente. Me gusta pensar que esto es producto de la inercia: donde hay introversión, el arte busca todo lo contrario, y donde hay extroversión, el arte sigue también el camino opuesto. Por eso los dos amantes ni se miran, y su pintor ha sabido no inmiscuir sus sensaciones en la escena.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Nota: Només un membre d'aquest blog pot publicar entrades.