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| Los amantes O-ume y Kumenosuke, Utamaro |
Uno de los mejores
recuerdos que guardo de Zaragoza fue la visita al museo municipal y a su
colección de arte oriental. La “Colección Federico Torralba” contiene una
cantidad enorme de arte japonés, mayormente cerámico, que uno puede ver tanto in situ como a través de un bello
catálogo, de tapa dura y a todo color, que se vende en el mismo museo. Precisamente,
hoy me gustaría rescatar un cuadro de este catálogo.
“Los amantes O-ume y
Kumenosuke” es una pintura en papel del Edo del siglo XVIII. Una delicadeza a
la que no presté demasiada atención en su momento por encontrarme abrumado ante
la presencia de tantas otras obras. Como en muchas pinturas japonesas, las
líneas finas y el dibujo estilizado son marca de la casa; la composición dista
de ser simétrica y hay un movimiento tan sólo intuido. Pero lo más notable, a
mi parecer, es el ejercicio de contrastar el título de la obra con la actitud
de sus personajes; son dos amantes, se nos dice, pero ni siquiera cruzan sus
miradas y a penas se tocan.
Desde luego, es de
esperar que la sociedad japonesa, incluso en la actualidad, conciba el amor de
una forma distinta a la de nuestros países mediterráneos. Japón y sus
habitantes tienen fama de ser introvertidos, y sus pautas a la hora de
relacionarse son un reflejo de esto. En muchas novelas románticas japonesas
todo pasa antes de la relación, en
los momentos en que ésta tan sólo empieza a cultivarse: las miradas, los gestos
y las palabras son los protagonistas absolutos. Para nosotros, seres con un
espíritu de sangre más caliente, todo esto nos parece una pérdida de tiempo, un
cortejo inexplicablemente largo.
Occidente empezó a
prestar atención a Japón, en un sentido cultural, a finales del siglo XIX, con
una corriente artística dominante aquí, el Romanticismo, que ya agonizaba. Los
poetas románticos y su arte eran todo lo contrario a los artistas japoneses. Con
un yo omnipresente, que todo lo impregna y domina, y un tono elevado y pretenciosamente
solemne, la literatura occidental del siglo XIX dejó pasó a la fascinación por
los haikus y los tankas, en donde el yo poético-literario es un mero espectador que
no participa de la acción. Era, supongo, el movimiento pendular del arte y de
su foco.
El arte occidental –de Van
Gogh a Byron, de Munch a Breton- es introvertido. El autor y sus peripecias,
internas o externas, son sus protagonistas. Yo
que tanto he sufrido, yo que tanto he
hecho, yo que tanto he vivido. El
arte japonés me ha parecido ser siempre todo lo contrario. Su yo mira hacia
fuera indefectiblemente. Me gusta pensar que esto es producto de la inercia:
donde hay introversión, el arte busca todo lo contrario, y donde hay
extroversión, el arte sigue también el camino opuesto. Por eso los dos amantes
ni se miran, y su pintor ha sabido no inmiscuir sus sensaciones en la escena.

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