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| Piero di Cosimo, Incendio en el bosque |
La crítica al latín por
su nula utilidad es ya un clásico más consagrado que la propia lengua latina. Entre
nuestras mentalidades, estudiar una lengua muerta
siempre pierde la partida de la utilidad ante estudiar una lengua viva, sea
cual sea. Creo que uno de los problemas de este enfoque es, precisamente,
plantear el estudio del latín como un idioma.
Cualquier persona que
haya ido a una academia de inglés o de francés habrá comprobado el nulo papel
de la literatura que hay en estas clases. Se prioriza la comunicación, escrita
u oral, dejando totalmente de lado la herencia a la que accedemos mediante el
conocimiento de estas lenguas. Se trata a las lenguas vivas como idiomas al
cien por cien, es decir, puramente como vehículos para la comunicación
interpersonal.
Una lengua, a mi
entender, es otra cosa. Es el alma de una cultura, de unos textos o de una
música. El estudio del latín nos pone en contacto con nuestra alma en un sentido cultural. Con una herencia que va desde
los romanos hasta la Ilustración, como poco. Y aquí me gustaría resaltar que
nosotros y nuestra cultura no nació de la nada, y desde luego no nació ayer.
El título de esta
entrada plantea una argumentación que se suele formular de forma inconsciente y
subrepticia. Las críticas al latín suelen partir, precisamente, de este
planteamiento erróneo: de creer que nuestro mundo es un hongo que ha nacido en
medio del vacío. Es la falacia de la isla desierta: tras un accidente de avión,
diez supervivientes tienen que apañárselas en una isla remota a la espera del
rescate. En ese contexto, quien haya estudiado medicina, por ejemplo, es
realmente útil al grupo. Quien haya estudiado lenguas clásicas, no.
La extrapolación falaz e
inconsciente de esta situación hacia nuestro mundo presente se hace con
frecuencia. Pero nuestra herencia, nuestro entorno y nuestra mente hablan en
latín, y es infinitamente más probable que nos pasemos la vida con ellos a que
vivamos en una isla desierta.
Un último apunte: la
filología clásica se inventó, en el Renacimiento, como una forma de prevenir situaciones
de este tipo. De evitar una nueva Edad Media mediante el estudio, la depuración
y conservación de nuestro legado cultural más preciado: los textos que nos
precedieron, y de hacerlo mediante los profesionales de la lengua latina y, por
extensión, de nuestra cultura.

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