21 de des. 2018

La falacia de la isla desierta (o por qué estudiar latín)

Piero di Cosimo, Incendio en el bosque

La crítica al latín por su nula utilidad es ya un clásico más consagrado que la propia lengua latina. Entre nuestras mentalidades, estudiar una lengua muerta siempre pierde la partida de la utilidad ante estudiar una lengua viva, sea cual sea. Creo que uno de los problemas de este enfoque es, precisamente, plantear el estudio del latín como un idioma.

Cualquier persona que haya ido a una academia de inglés o de francés habrá comprobado el nulo papel de la literatura que hay en estas clases. Se prioriza la comunicación, escrita u oral, dejando totalmente de lado la herencia a la que accedemos mediante el conocimiento de estas lenguas. Se trata a las lenguas vivas como idiomas al cien por cien, es decir, puramente como vehículos para la comunicación interpersonal.

Una lengua, a mi entender, es otra cosa. Es el alma de una cultura, de unos textos o de una música. El estudio del latín nos pone en contacto con nuestra alma en un sentido cultural. Con una herencia que va desde los romanos hasta la Ilustración, como poco. Y aquí me gustaría resaltar que nosotros y nuestra cultura no nació de la nada, y desde luego no nació ayer.

El título de esta entrada plantea una argumentación que se suele formular de forma inconsciente y subrepticia. Las críticas al latín suelen partir, precisamente, de este planteamiento erróneo: de creer que nuestro mundo es un hongo que ha nacido en medio del vacío. Es la falacia de la isla desierta: tras un accidente de avión, diez supervivientes tienen que apañárselas en una isla remota a la espera del rescate. En ese contexto, quien haya estudiado medicina, por ejemplo, es realmente útil al grupo. Quien haya estudiado lenguas clásicas, no.

La extrapolación falaz e inconsciente de esta situación hacia nuestro mundo presente se hace con frecuencia. Pero nuestra herencia, nuestro entorno y nuestra mente hablan en latín, y es infinitamente más probable que nos pasemos la vida con ellos a que vivamos en una isla desierta.

Un último apunte: la filología clásica se inventó, en el Renacimiento, como una forma de prevenir situaciones de este tipo. De evitar una nueva Edad Media mediante el estudio, la depuración y conservación de nuestro legado cultural más preciado: los textos que nos precedieron, y de hacerlo mediante los profesionales de la lengua latina y, por extensión, de nuestra cultura.

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