16 de des. 2018

Equilibrar lecturas

Gran parte de las cosas que nos afectan están en los periódicos, y gran parte están en los clásicos universales de la literatura. Por desgracia, poca gente procura equilibrar las lecturas. Supongo que se trata, ante todo, de una cuestión de inmediatez: el periódico, digital o en papel, pide poco esfuerzo y comunica de forma directa su mensaje. Se nutre, además, de la memoria de pez que tiene nuestra sociedad, de la ilusión de que todo cuanto nos concierne ha pasado en los últimos diez años, como mucho.

En la literatura, en cambio, el mensaje debe ser exprimido y nace siempre de un esfuerzo lector. Un esfuerzo que se ve recompensado con creces una vez hecho, pero que abruma a muchas personas. También nace del supuesto de que algo que varias generaciones han conservado y admirado debe tener algún valor. Más aún: de que nos afecta por el hecho de ser producto de un homo sapiens y de su mundo. La idea tras estudiar literatura universal es ésta: centrarse en las similitudes, en el sustrato común a toda la humanidad que despega de las limitaciones y caracterizaciones culturales concretas de cada obra.

Curiosamente, esta visión es directamente opuesta a la que me formó como filólogo: ahí se nos enseñaba a centrar la atención en las diferencias entre culturas y literaturas, pero realmente, el valor humano de los clásicos –griegos, latinos o de cualquier otra civilización- arraiga en observar las similitudes entre ellos y nosotros. En desprendernos de nuestra prepotencia y altivez, de la idea de ser los mejores y saberlo todo como cultura. Unas ideas, naturalmente, que van en contra de todo cuanto se nos inculca en la esfera social de nuestras vidas. Pero nadar a contracorriente es también uno de los mayores placeres que uno puede experimentar en esta época que nos ha tocado vivir. Palabra.


Mad Men

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