En la literatura, en
cambio, el mensaje debe ser exprimido y nace siempre de un esfuerzo lector. Un
esfuerzo que se ve recompensado con creces una vez hecho, pero que abruma a
muchas personas. También nace del supuesto de que algo que varias generaciones
han conservado y admirado debe tener algún valor. Más aún: de que nos afecta por
el hecho de ser producto de un homo
sapiens y de su mundo. La idea tras estudiar literatura universal es ésta:
centrarse en las similitudes, en el sustrato común a toda la humanidad que despega de las limitaciones y
caracterizaciones culturales concretas de cada obra.
Curiosamente, esta
visión es directamente opuesta a la que me formó como filólogo: ahí se nos
enseñaba a centrar la atención en las diferencias
entre culturas y literaturas, pero realmente, el valor humano de los clásicos –griegos,
latinos o de cualquier otra civilización- arraiga en observar las similitudes
entre ellos y nosotros. En desprendernos de nuestra prepotencia y altivez, de
la idea de ser los mejores y saberlo todo como cultura. Unas ideas,
naturalmente, que van en contra de todo cuanto se nos inculca en la esfera
social de nuestras vidas. Pero nadar a contracorriente es también uno de los
mayores placeres que uno puede experimentar en esta época que nos ha tocado
vivir. Palabra.
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