Buscando términos como ‘azul’,
‘amarillo’, ‘nación’ o ‘muerte’ uno ve con claridad que un diccionario es un
autoretrato de una cultura. Hemos hecho un catálogo con todo lo que sabemos y
decimos, lo hemos puesto alfabéticamente y lo hemos definido de forma muy
sucinta, procurando la objetividad. Una herramienta ortográfico-conceptual para
los del presente, y un documento de valor incalculable para los del futuro.
El mismo hecho de que
se procure la objetividad ya es sintomático de nuestra época. En este sentido,
somos hijos de la Ilustración y del enciclopedismo. Pero además, la pretensión
de objetividad es, a mi entender, una concesión. Puesto que un diccionario
tiene autoridad, se molesta en ser objetivo, y no al revés. Noblesse oblige.
El orden alfabético y
la disposición en entradas también forman parte de esta pretendida frialdad y
objetividad con que se redactan. Estas son características esenciales de un
diccionario, porque, si no estuviesen, y basándonos estrictamente en su
propósito, no podríamos distinguirlos de otros documentos culturalmente
identitarios. La Ilíada, por ejemplo,
también fue un diccionario a su manera. O, mejor dicho, los diccionarios
modernos son nuestra ilíada
particular.
El diccionario, este
catálogo total y completo de un IKEA entero, explica, además, cómo montar cada
mueble. Ortografía, morfología y sintaxis correctivas se han ido incluyendo
poco a poco. Porque esta selfie de
una lengua, este álbum de fotos antiguas que se congelan con su publicación,
tiene pretensiones de influir en el presente. La transmisión cultural,
identitaria (nacional, incluso), pasa por la lengua, y preferimos conservarla a
cambiar. Encontramos placer en hablar como nuestros antepasados. O, por lo menos,
nos obligan a encontrarlo, y nos hablan de las maravillas de que todos lo hagamos. O tempora, o mores.
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