Me resulta curioso leer
las críticas a los dirigentes políticos extranjeros. Nos escandalizaba
Berlusconi, nos escandalizan Trump, Putin o Macron, porque muy posiblemente
nunca los votaríamos en nuestro país. A veces creo que nuestro sentir político
interior se nutre de una ilusión muy concreta y definida. Una ilusión tribal, digamos. Me explico.
Pensamos en los cargos
políticos como en nuestros líderes, no como en nuestros servidores. Pero,
además, los valoramos más simbólicamente que políticamente. Vemos en ellos el
carácter nacional de cada país. Para nosotros son casi como la representación
humana y terrenal de la idea del pueblo francés, americano o catalán. Su
política, decisiones y hechos importan poco, a la hora de juzgarlos.
Hay quien opina que hay
que votar siempre en base a la ideología. De otro modo, argumentan, se caería
en la tecnocracia. En mi opinión ya vivimos en ella, pero nos ilusiona –literalmente-
pensar en nuestros políticos como en nuestros jefes de tribu. El ser humano ha
cambiado poquísimo, interiormente, y desde luego nuestro sentir político no se
ha adaptado a las instituciones modernas. De hecho, es muy posible que ni
siquiera nos interese hacerlo. Acabo, y cito a Demóstenes:
ῥᾷστον ἁπάντων ἐστὶν αὑτὸν ἐξαπατῆσαι: ὃ γὰρ βούλεται, τοῦθ᾽ ἕκαστος καὶ οἴεται.
La cosa más fácil de todas es el autoengaño: cada cual cree en aquello que desea.
Demóstenes, 3.19
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